En 1936, el poeta surafricano Roy Campbell escribió, explicando su apoyo a los nacionalistas de Franco, lo siguiente: “Más personas han sido encarceladas por la Libertad, humilladas y torturadas por la Igualdad, y asesinadas por la Fraternidad en este siglo, que, por motivos menos hipócritas, durante toda la Edad Media.” Dichas palabras cayeron muy mal entre la inteligencia británica de esos años, que apoyaba primordialmente a la Republica española.


Las duras palabras de Campbell hacían referencia a un grupo de personas que lucharon por construir un mundo nuevo, más justo, cuyos líderes devinieron en mitos y que fueron, al final algo siniestro: carniceros de su propio pueblo. Nombres como Mao, Stalin, Lenin, Pol Pot, Fidel Castro, tienen una resonancia siniestra. La historia los ha juzgado de forma negativa, en mayor o menor grado. Se puede dudar de la severidad del juicio histórico de algunos, pero hay un mito parece resistir, pese a toda la historia de horror que tiene detrás: Ernesto Rafael Guevara De la Serna, el Che.
“No disparen. Soy el Che Guevara, valgo más vivo que muerto”, dijo en la Quebrada del Yuro cuando fue capturado. Eso fue el 8 de octubre de 1.967. Se equivocaba. Valía más muerto. Al día siguiente, con la complicidad de la CIA, sería ejecutado por el Ejército de Bolivia. Comenzaba el mito, que 50 años después de su muerte, aún continúa. De cuentos y leyendas sobre su figura se han alimentado académicos, familias, amigos, la izquierda, farsantes, demagogos y principalmente los revolucionarios. Claro, también los capitalistas: proliferan libros, camisas, tatuajes, fotografías, películas, canciones y es hasta protagonista accidental de una ópera contemporánea: Evita, de Andrew Lloyd Webber. Cuentan las historias que durante la preparación de la ópera en Madrid, se hicieron los castings para el personaje del Che, y todos llegaban de uniforme, barba y boina, imitando la célebre fotografía de Alberto Korda. Los productores sabían que Lloyd Webber imaginó al Che como la estampa de un ciudadano de a pie argentino (cosa que se respetó en la película protagonizada por Madonna), pero la idea de ese Che desfreñado en la España posfranquista era irresistible. La imagen lo es todo: bien señalaba un amigo mío que América Latina solo había producido dos grandes fotografías: La de Eva Perón y la esa del Che de Alberto Korda.
La figura del Che es polémica, y a 50 años de su muerte, la vida y contradicciones de Ernesto Guevara De La Serna se han ido difuminando en el mito del héroe revolucionario defensor de los pobres y desvalidos, dispuesto hasta el máximo sacrificio. En su construcción intervienen el más puro idealismo revolucionario, el crimen, la imaginería religiosa y la más vil política. Y, por supuesto, dado que es una imagen, la propaganda.
El mito nace en La Habana, cuando Fidel Castro hizo pública en 1965 la carta que Guevara le escribiera al inicio de la aventura africana. En ella un Guevara sentimental escribía: “Que, si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento, será para este pueblo y especialmente para ti. Que te doy las gracias por tus enseñanzas y tu ejemplo y que trataré de ser fiel hasta las últimas consecuencias de mis actos. Que he estado identificado siempre con la política exterior de nuestra revolución y lo sigo estando.  Que en dondequiera que me pare sentiré la responsabilidad de ser revolucionario cubano y como tal actuaré. Que no dejo a mis hijos y mi mujer nada material y no me apena; me alegro de que así sea. Que no pido nada para ellos, pues el Estado les dará lo suficiente para vivir y educarse.” Eran bonitas frases que ocultaban serias diferencias sobre el curso de la Revolución. Mientras Fidel era consciente de la necesidad de ajustarla y buscar aliados en la URSS, Guevara quería la revolución mundial. Quizá por esas ideas, Pier Paolo Pasolini se horrorizó al conocerlo: era un hombre “drogado por la revolución” que citaba a Stalin, en tiempos donde se conocían cada vez más los crímenes soviéticos; un hombre capaz de ordenar asesinatos en La Cabaña, sin garantías procesales, solo por sospecha, sin dudas metafísicas.
El mito creció después de la fracasada experiencia “internacionalista” en Bolivia, que terminó con su captura e inmediata ejecución. Digo internacionalista, porque Bolivia no era destino, sino tránsito hacia norte de Argentina, desde donde esperaba iniciar una insurrección que derrotara a los gobiernos del Cono Sur. Fallos en el apoyo externo, malas decisiones estratégicas, el poco apoyo del Partido Comunista Boliviano, dirigido por Mario Monje (quien por ello fue obligado, bajo amenazas de muerte, a exiliarse en Moscú, donde aún vive) y el apoyo de la CIA al Ejército boliviano, llevaron a la derrota de la guerrilla y a la ejecución de Guevara.
Acercarse a la vida del Che es descubrir que entre más se conoce al personaje, menos se simpatiza con él. Era un pésimo teórico, que no acertó en los temas que trató: en economía, por ejemplo, no sus intentos no dejaron de ser una desastrosa adaptación de ideas soviéticas para lograr corporaciones exitosas en el Caribe. En una entrevista, el agente cubano de la CIA Félix Rodriguez, recordó una conversación que tuvo con él, antes de su muerte:
-Rodriguez: "comandante, usted fue presidente del Banco de la Nación y ni siquiera era economista".
-Guevara: "¿Tú sabes cómo llegué a presidente del Banco? Un día entendí que Fidel estaba pidiendo un comunista dedicado y levanté la mano. Pero estaba pidiendo un economista dedicado".
De la lucha guerrillera, los fracasos en el Congo y su muerte en Bolivia hablan por él como estratega militar. Finalmente, como ingeniero social, mucho ruido, pocas nueces.
Su vida está llena de más zonas oscuras, algunas francamente cuestionables: en La Cabaña ordenó fusilamientos a diestra y siniestra, sin garantías procesales. Los que lo apoyan hablan de “necesidad histórica”, castigo a asesinos y torturadores. La verdad, en cualquier caso, está entre esos dos extremos.
Entonces cabe preguntarse, ¿si era un criminal, un hombre drogado por la revolución, un asesino, un pésimo miembro de familia, por qué el mito?
La respuesta es una mezcla de ideales y propaganda. Guevara quería un mundo diferente, más justo y menos desigual. El éxito de la Revolución Cubana alentó sueños, y entre estos sueños, estaba hacer la revolución mundial, “Los pequeños Vietnam” que él soñaba. No se detuvo a reflexionar si sus métodos eran los adecuados. No era un pensador, era un hombre de acción que pertenció a una generación que creía que “El fin justifica los medios”. El resto, el sostén del mito es una efectiva campaña de propaganda:

En un bohío monte adentro se escuchan llantos
De una mujer con un niño que está en pañales
Con ella lloran también los pobres del mundo
Los campos lloran la muerte de Juan González
 
JUAN GONZALEZ (Rubén Blades)
 
Al final todos necesitamos ideales, estamos en constante búsqueda de esfuerzos y no de resultados, así sea tomándolos de criminales.
 
(Imagen tomada: https://informe21.com)