Con seguridad, amigo lector, usted recuerda haber visto representados en el cine los sacrificios de animales que las tribus antiguas hacían para agradar a sus dioses. Sin ir más lejos, la Biblia está llena de historias que incluyen matazones de machos cabríos, con la cuales se intentaba apaciguar el explosivo temperamento del déspota e irascible Yaveh. De hecho, la mismísima muerte de Jesús en la cruz simboliza el sacrificio de un animal, si bien no de cualquier animal, sino de nada menos que el Cordero de Dios.

Y aunque lo anterior pareciera ser cosa del pasado, eso es precisamente lo que quienes celebramos la Navidad -creyentes o no en Jesucristo- haremos esta noche: los pavos y los marranos que se matarán para la cena de hoy (o cuyos apetitosos cadáveres compraremos en el supermercado) no son otra cosa que una extensión descafeínada de ese rito ancestral. Lo paradójico del asunto, sin embargo, es que ese animal sacrificado y todo ese alboroto decembrino que lo acompaña, todo ese frenesí de compras y todo el alcohol que se consume aquí y allá, a la larga no es, como creemos, por Jesús, quien sería un simple advenedizo en esta atávica pelotera, sino por el sol. Si, por El Sol, tal vez el más primitivo de los dioses en casi todas las culturas que en el mundo han sido.

Los egipcios lo adoraron con nombres distintos: Amón-Ra fue uno. Y Atón otro. De hecho, con este último el faraón Akenatón fundó la primera religión monoteísta conocida, desmontada después por los verdaderos poderes detrás del trono durante el fugaz reinado del manipulable enfermizo y debilucho Tutankamón, cuyo nombre original era Tut-anj-Atón, o "imagen viva de Atón". (Tal vez Moisés -que nació y se crió en Egipto- tomó de Akenatón la funesta idea de un dios único. Y se tiró al mundo).

Los persas, por su lado, le rendían culto al sol por medio del mitraísmo. Y lo hacían con más ahínco en esta época del año, pues es el momento en que el sol, después de terminar su descenso en el firmamento, empieza a subir (fenómeno que se conoce como solsticio de invierno). Lo cual era relacionado en la antigüedad con el triunfo de la vida sobre la muerte: el triunfo de la luz sobre las tinieblas. Es el tiempo en que los días dejan de acortarse y empiezan a alargarse. Como todos notamos (al menos en este hemisferio), en estos días de diciembre oscurece mucho más temprano. El 21 de diciembre es el día con menos luz del año (o la víspera de noche más larga, “la noche los bohemios”, como dice orgullosamente uno de mis tíos, cuyo cumpleaños coincide con ese día). El 22 empiezan otra vez a alargarse paulatinamente. Y era precisamente en esa fecha, el 22, que los persas concentraban su celebración.

Se trataba de la fiesta del sol, en la que -tal como ahora en el mundo occidental- se hacían cánticos, se entregaban regalos y la alegría estaba a la orden del día. Al parecer ellos, los persas, la transmitieron a los romanos, quienes llamaban a esas fiestas las Saturnales, en honor a Saturno, el dios romano de la agricultura, las cuales se caracterizaban por un desenfreno y un libertinaje comparables a los que se viven hoy en los carnavales de Barranquilla. Tal vez peor. Quien oficializó el 25 de diciembre como fecha de celebración fue el emperador Aureliano, en 274 dC.

Pero -volviendo a Jesús- ¿qué tiene que ver el Niño Dios, en todo esto? Bueno, todo indica que cuando Constantino adoptó el cristianismo como religión oficial del Imperio, se encontró con que esa fiesta pagana estaba demasiado arraigada en el pueblo y, vivaracho como era, resolvió hacer caso omiso de la fecha de nacimiento de Jesús (ni en la Biblia ni en ningún otro documento se registra el 25 de diciembre como la fecha de su natalicio). Decidió, entonces, ponerla a coincidir con la que había sancionado Aureliano. Y así quedaron todos contentos. Jesús, como vemos, es una referencia circunstancial en esta celebración. Lo más probable es que, con Jesús o sin él, por estas fechas aún hoy celebraríamos engullendo un suculento cerdo en salsa de ciruelas

Ahora bien, ¿por qué -se preguntará usted- si el momento del triunfo de la luz era el 22 de diciembre persas y romanos celebraban el 25? Bueno, un enredo de calendarios lo explica todo: Julio César reformó el calendario romano e introdujo uno propio, el Juliano. Pero en vista de que tenía muchos descuadres (por aquello de que en su movimiento de traslación alrededor del sol la tierra tarda un poco más de 365 días), en 1582 el papa Gregorio cambió el calendario Juliano, e implantó otro que -sin ser exacto tampoco- era más preciso. Es el calendario Gregoriano, que nos rige en la actualidad. Ahí reside todo: en el calendario Juliano la fecha en la que empezaban a alargarse los días era el 25 de diciembre, no el 22, como es hoy. Sin embargo, una vez se hizo el cambio de calendarios, por razones prácticas la celebración popular se conservó el 25 (trate usted de cambiar, por ejemplo, la fiesta de las Velitas en Barranquilla del 8 de diciembre al 11 y verá cómo le rompen un ladrillo en la cabeza).

¿Y entonces Papa Noel, el Abuelo Invierno, San Nicolás, o como quiera que se llame el payaso gordinflón ese, qué pitos toca aquí? Ningún pito: ese personaje era inicialmente San Nicolás o Saint Nikolaus, que fue un santo evangelizador de los paises nórdicos. Al parecer era muy generoso, y alguna vez dio regalos a unos niños, dando así inicio al mito. Pero el protagonista de esta historia con los siglos se fue degenerando, pervertiendo y caricaturizando, hasta convertirse en el obeso mercachifle de la actualidad (todo indica que el diminutivo de Nikolaus era "Claus". De ahí "Santa Claus"). Pasa lo mismo con el Árbol, que tampoco tiene nada que ver con Jesús, sino que corresponde a una adoración propia de los pueblos nórdicos.

La Navidad actual es entonces un sancocho de adoraciones prestadas, un mercantilista y ligeramente desfasado palimpsesto de tradiciones, un oportunista pastiche religioso que combina sin orden ni concierto sacrificios de animales, árboles cargados de frutos, gordos bufones ataviados de rojo, regalos por montón, cánticos espantosos, luces de colores, milenarias pesebreras judías, brujos orientales, fenómenos astrofísicos, nieve hasta para hacer muñecos de tamaño humano… Y licor a rodos. Todo junto para crear, como me dijo un amigo, una celebración ecléctica transnacional.

Con ánimo de lucro, por supuesto.

Twitter: @samrosacruz, @OpinaElDiablo Facebook: Pame Rosales

(Imagen tomada de Ser de Agua)