Si yo afirmo que la mayoría de la gente lee para confirmar sus prejuicios en lugar de aprender algo nuevo o cambiar de opinión, posiblemente quienes me lean no estén de acuerdo. Agumentarán que cosas como la educación, los viajes, el trato con gentes de diversas culturas, son herramientas para combatirlos. Puede ser. Pero la realidad de hoy es que las redes sociales, con sus burbujas de información, parecen entregarnos más opiniones que apoyan nuestro punto de vista que aquellas que la contradicen.


Miren este ejemplo. En más de una ocasión he escrito que el Papa Francisco me parece sincero, pero a la vez un religioso profundamente superficial, y que al fin y al cabo la visita que nos hizo era importante para consolidar la paz de Colombia. Las redes (en este caso hablo de tres: Facebook, Twitter e Instagram) se llenaron de expresiones que parecían no contradecir mi punto de vista: hubo quien señalo sus limitados signos de cambio en la postura de la Iglesia frente a temas polémicos, su superficialidad, lo farandulero de su visita; no faltó el que dijo que su visita era una muestra de la doble moral de la Iglesia en estos temas.
Debo admitir que, como la mayoría de la humanidad, no soy tan honesto como quisiera y tiendo a ser renuente a renunciar a mis queridas creencias, incluso frente a hechos que las contradicen. Me cuesta; no sé si es la edad que me vuelve más proclive a la inmovilidad de acción y pensamiento. En ocasiones cambio de opinión acerca de algo, pero lentamente y muchas veces sin reconocer que lo he hecho. Prefiero pensar que la opinión que tengo ahora es la opinión que he tenido toda mi vida. Reconocer que se ha cambiado de opinión acerca de algo es admitir nuestra falibilidad y la posibilidad de que, si se estaba equivocado antes, se podría estar equivocado de nuevo. Y en nuestros corazones sabemos que siempre tenemos razón. Y una de las opiniones sobre la que, creo, no estoy dispuesto a cambiar, es que la televisión, si no es la raíz de todos los males de la sociedad, es al menos la raíz de muchos.
Hay tanto que decir contra ella (y sus ramificaciones surgidas con el internet, como Netflix) que es difícil saber por dónde empezar. En mi opinión, el entretenimiento televisivo es, con mucho, la causa más importante del aburrimiento en el mundo, y en el intento de aliviarlo, la televisión es responsable de mostrarnos una supuesta miseria en medio de la riqueza o el progreso de la sociedad. No dejaba de pensar eso mientras veía las noticias del huracán Irma con sus imágenes de calles inundadas, árboles caídos y devastación general, y cómo los periodistas fingían heroísmo en medio del desastre. La noticia como espectáculo, la falsa intrepidez de los periodistas devenida en entretenimiento. Al final, tanta información llegó a aburrirme.
Puede parecer paradójico afirmar que el entretenimiento televisivo es una causa grave de aburrimiento. Pero los niños que crecen con la televisión como parte importante de su dieta mental tienen dificultades para concentrarse durante el resto de sus vidas, y como la capacidad de concentración es esencial para encontrar algo interesante que no sea rápido y sensacional, y dado que también una gran parte de la vida no es necesariamente rápida y sensacional, los que miran televisión o sus derivaciones están destinados al aburrimiento. La degradación de la televisión alivia su tedio, al menos de forma momentánea. Mejor una vida de crisis sórdidas que una vida como un encefalograma de líneas planas. Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de escaso valor.
Como padre de una niña de seis años he llegado a la conclusión de que la televisión en exceso es mala para ella; sin embargo, en la medida que ella crece y es consciente del mundo a su alrededor, más parece interesarle, pese a los deseos de mi esposa y míos de que se dedique a otras actividades. Se ha acostumbrado a ella, como un adicto necesita su droga. Cuanto más la observo, pienso que será peor su camino a través de la vida. Debo encontrar una forma de limitarle su acceso al aparato que replica imágenes y voces. Quizá me puedan contradecir, pero es un prejuicio muy arraigado en mi mente, salpicado con mi propia experiencia: la razón de mi permanente dispersión mental es que en una época vi demasiada televisión, si he de creer lo que dice mi madre.
Pienso que la gente dedicada a la televisión puede ser insincera, inescrupulosa, superficial, cínica (sobre todo los productores interesados en vender a toda costa la basura que producen), mercenaria y falsa. Venden basura de manera constante, y frente a ellos, un político corrupto es un epítome de moralidad. Sé que exagero, que hay excepciones, que es prejuicio mío, pero no dejo de pensar que hay algo maligno en la pantalla de televisión que mancillaría a un santo y santificaría a un monstruo.
Al final, apagar, dejar de sintonizar, dejar caer por completo.

(Imagen tomada de www.conlaorejaroja.com)