Miro hacia atrás en estos días. Es una manía. Como si el tiempo pudiera fraccionarse en las hojas de un almanaque repleto de números. Doce. Treinta. Siete. Trucos de físicos y astrólogos. Es mejor la imagen de Heráclito: el mismo río que no es el mismo nunca. Sin embargo, caigo en la convención del calendario y miro por el retrovisor, ese pequeño espejo que sirve para ver a los que pueden matarme por la espalda. Así son los recuerdos, asesinos al acecho. Pobre hombre común, condenado a recordar.

Evocando segundos, vuelvo a asumir mi vida, como si antes del último enero no hubiese sido sino sombra en el frío. Allí estoy yo, capoteando incertidumbres en enero; viendo cómo el sol desaparece en febrero; asumiendo a regañadientes las rutinas de marzo y abril; mayo y su quietud en las esquinas; un viaje al origen en junio y unos ojos de cuento; julio y la agonía de mi padre que se repite; agosto, diciendo que estoy muy joven para ser tan viejo; una fractura en el alma en septiembre y octubre, un hombre muerto y la oportunidad de renacer, sumergido en un vientre que tiembla; insomnios en noviembre y el cuerpo que se queja; diciembre mirando hacia atrás, a solas, sin el vientre y sin los ojos de criatura mítica de la mujer que tiene todas las respuestas y que no lo sabe.

Cómo pedirle a la memoria que se detenga en felicidades si la dicha desaparece enseguida, si no se instala, si su destino es irse a medianoche a otra casa para invadirla unos segundos y luego seguir, como el río de Heráclito; la felicidad se parece a veces al agua de ese río, al tiempo. La congoja, en cambio, se queda para siempre, se enquista, se hace dueña de las fosas nasales que respiran, se hace torrente en la sangre que se empecina en seguir fluyendo.

Soy injusto. Quedaron buenas cosas. Algunos párrafos; las carcajadas de los amigos frente a un almendro; este espacio para balbucear; un par de cartas que escribieron a escondidas para mí; la lluvia de la madrugada; el llanto de Nicolás sobre mi pecho; la risa de Emilio y sus manos tocando mi cabeza; la explosión de conmociones liberadas por la mujer que se deja vencer entre mis brazos y sonríe y me mira largamente con sus ojos inverosímiles, tratando de saber quién soy. Ella lo sabe más que yo, que sigo preso de los recuerdos; ella, que se empeña en arañar mis fondos para sacar del marasmo a las sonrisas extraviadas.

Con ellos, con los amigos, con mis niños que son lo que he sido, con los lectores de estos intentos y con la dueña de esos ojos de fábula, la desenterradora, quiero transitar mis días del año que se avecina, esa porción de tiempo que, si no muero -de tristeza, de placer o de amor- evocaré el próximo diciembre, cuando el calendario se acabe otra vez y yo sucumba de nuevo ante la costumbre de mirar atrás.

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(Imagen tomada de