Para los latinoamericanos, Suiza, como país-nación-cultura, no existe. Quizá esté haciendo una afirmación exagerada, pero es innegable que siendo un país donde se habla alemán, italiano y francés, por esa patria que es el idioma, asociamos a los suizos con alguna de ellas: Rousseau, como Jean Luc Godard, eran suizos francófonos, y se estudian en la cultura francesa. Igual con la Suiza italiana. Grandes nombres de la literatura alemana han sido suizos: Carl Spitteler, Robert Walser, Hermann Hesse, y también quien es tema de hoy, Max Frisch.


Arquitecto de profesión, Max Frisch es uno de los grandes escritores suizos en lengua alemana después de la II Guerra mundial; escribió una serie de novelas y obras de teatro, en las cuales trató temas como la identidad, la individualidad, la responsabilidad y el compromiso moral. Una de sus obras de teatro más conocidas, que tuve oportunidad de observar en internet, fue Biedermann y los incendiarios, de 1.958, también traducido más bárbaramente como Biedermann y los arsonistas. Escrita a raíz de la Segunda Guerra Mundial en un estilo que debe al teatro de Bertolt Brecht, en un intento por explicar (y advertir) cómo un mal patente como el nazismo puede triunfar en una sociedad civilizada, esta obra hace lo que sólo la gran literatura puede hacer: sugerir lo universal mientras usa lo particular.
Su protagonista, Biedermann, es un cómodo burgués que vive en una ciudad que está acosada por misteriosos actos de incendio. Es visitado en su casa por Schmitz, un vendedor ambulante, que medio persuade, medio intimida al Sr. Biedermann, logrando una invitación a alojarse en el ático. Pronto trae un segundo vendedor ambulante, Eisenring, para permanecer en la casa.
Poco a poco queda claro que Schmitz y Eisenring son los caminantes que provocan incendios en la ciudad (arsonistas), pero Biedermann se niega a reconocerlo. Su ceguera surge de la cobardía moral y física, y de la ilusión-esperanza de que lo que ve no significa lo que obviamente significa. Schmitz y Eisenring traen barriles de gasolina a la casa y los Biedermann, pusilánimes hasta el final, les ayuda a hacer los fusibles y les dan los fósforos con los que queman su casa.
Cuando la veía, no dejaba de pensar en la forma que, como Biedermann, a veces negamos lo evidente, o por lo menos lo sospechoso de los actos que hacen nuestra vida diaria. Pensaba en ello cuando veía a un amigo hacer compras por internet, colocarlas en un contenedor en EE. UU., y esperar a que el transporte lo trajera a Colombia. ¿Y la tarifa de importación?, pregunté. “Yo no sé, eso es asunto del transportador”. Los dos sabemos que esa tarifa no se iba a cancelar, pero fingíamos desconocer el hecho. Sabíamos lo que significaba, pero lo ignorábamos, con un “no es asunto nuestro
En días pasados estuve en una construcción, y uno de los trabajadores de la empresa hizo el siguiente comentario: “Aquí doctor, los únicos colombianos somos usted y yo”. La obra, en efecto, estaba llena de venezolanos, algunos de los cuales no tenían la documentación en regla. Alguien se aprovechaba de la necesidad de ellos para obtener un beneficio. Pero por el otro, ellos eran gente necesitada, en busca de oportunidades o huyendo de una tierra sin futuro. Ley de oferta y demanda, me dirían los economistas; no dejo de pensar que había algo malo en todo esto. Aprecio demasiado a Venezuela y a su gente para hacer algo contra ellos. Opté por callar. Cobardía sentimental, en últimas.
Voy con un funcionario, con escoltas, en su Narcotoyota (afortunada definición leída al excelente escritor bogotano Manuel Mejía), y nos detenemos en una esquina; compran unos aguacates, se baja el vidrio de la puerta y una mano los recoge. Se paga y seguimos el viaje. Pregunto por qué no lo compró en un almacén de cadena. “Para ayudarlo”, me responden. “Siendo tú un funcionario público, sabiendo cómo afecta la informalidad, pensaría que lo correcto es que lo compraras en un lugar donde se pague impuestos”, le digo. “¿Tú cómo sabes que él no paga impuestos?”, me replica. “No, no lo sé, pero me permito dudarlo, igual la transacción no tiene factura”, respondo. “Por eso, la operación no existe”, me replican. No existe, pero las chazas informales inundan las calles del centro de la ciudad. Después reclamamos por el deterioro del centro, y nos indignamos con el alcalde, aquel que vive de “los impuestos que pagamos”, por ser tan tolerante como nosotros. Mientras no nos afecte, miramos para otro lado, o negamos como Biedermann.
De alguna manera, hemos enfrentado en el trabajo y la vida diaria situaciones similares; crecimos en una sociedad donde una actividad ilícita, el narcotráfico, permeó todas las capas sociales; sabíamos que el dinero del nuevo rico, aquel que pasó de taxista a empresario en pocos meses, no era del todo legal. Sabíamos el origen, lo que significaba, pero mirábamos para otro lado, o pretendíamos que aquello que veíamos no era lo que obviamente significaba. Fuimos tolerantes y no pudimos detener lo que vino después.
Sabemos que en algunos actos hay algo incorrecto, algo inmoral o nocivo, y si se extiende en una dirección, podría terminar en un desastre. ¿Hasta qué punto nos resistimos? ¿Nos resistimos a resisitirnos? ¿Llegamos a justificarlo, con algo parecido al “seguramente no estaban recogiendo café”? No me gustaría ser Biedermann, pero resistirme a cada cambio con el que no estoy de acuerdo, no es lo mío. Nada tan fastidioso, tan ineficaz y tan acertado como el opositor permanente, que encuentra en todo fenómeno algo reprobable. Nuestro juicio es falible, pero bienintencionado.
Al final no hay respuestas o certezas absolutas. Desconocer lo malo que hay en nuestros actos, por comodidad, es abrir la puerta a algo peor. El paralelismo con el desventurado protagonista de Frisch no es exacto, por supuesto, porque dos de los intrusos que dejó entrar en su casa, cuyas actividades era tan desagradables como para negarlas, eran los incendiarios; pero el que da pie para el principio de algo, no podrá evitar su final.
 
(Imagen tomada de: https://bazonline.ch)