Por más paradójico que parezca, el hecho de que Trump no haya sido capaz de cumplir una de sus absurdas promesas de campaña -el tatequieto total al terrorismo- no disminuye su gobernabilidad, sino que -por el contrario- parece consolidarlo cada vez más en el poder. Es lo que acaba de pasar ahora que, a raíz de un arrollamiento masivo de ciudadanos en el bajo Manhattan, se da el lujo de hacerse el loco con el asunto, desviando la atención hacia otra de sus banderas electorales al anunciar que eliminará la llamada "lotería de visados para la diversidad", un programa creado en 1990 por el Congreso para beneficiar a inmigrantes de naciones con poca representación poblacional en Estados Unidos.


"Nos desharemos de este programa de lotería lo antes posible", vociferó Trump a su gabinete. Y así trinó a sus millones de seguidores: "The terrorist came into our country through what is called the "Diversity Visa Lottery Program," a Chuck Schumer beauty. I want merit based." Las dos cosas hechas bajo las sombrillas de la oportunidad (el autor del atentado resultó ser un inmigrante de Uzbekistán) y de su indudable habilidad para manejar a las masas apelando a la emoción -que suele derrotar a la razón, sobre todo en situaciones límite-.
El truco es quién sabe si más viejo que sencillo: el enemigo viene de afuera, y hay que impedirle la entrada. En esa trillada estratagema se basó toda la faceta xenofóbica de su campaña, la cual -a falta de atentados terroristas recientes- él concentró en el riesgo que representaban para la clase trabajadora americana los amenazantes mexicanos, a quienes había que detener a toda costa con la construcción de un muro.
Esto no quiere decir que Trump sea ningún genio: sólo es un tipo sagaz que se aprovecha de lo que pasa todos los días en su país: mientras que el suceso de hace menos de un mes, en el que un gringo blanco acribilló hasta matarlas a 60 personas e hirió a 500 más, fue apresuradamente calificado por prensa y autoridades como el acto demencial de un 'lobo solitario', el de Nueva York ("cometido por un uzbeko") fue, desde el primer momento, definido como 'consistente con terrorismo', sólamente con base en la apariencia del perpetrador y en algún grito que éste emitió cuando se bajó de la camioneta que fungió como arma homicida.
El tipo de barba que lucía este hombre de Manhattan y el idioma en que se expresó son elementos que ya no permiten verlo simplemente como un individuo que cometió un crimen, tal como el asesino de masas de Las Vegas, sino que inmediatamente llevan a ponerle una etiqueta: "este tipo es musulmán". De ahí a agregarle la etiqueta de 'terrorista' no hay sino un paso que la mayoría de occidentales hoy por hoy damos automáticamente. .
De líderes astutos, como Trump, siempre ha estado lleno el mundo: sólo hay que recordar lo que hizo Hitler con los judíos, culpables -según él- de todos los males de la Alemania de los años 20 y 30 del siglo pasado. Sin embargo, el fenómeno parece magnificarse por oleadas, y me temo que en este momento vamos rumbo a la cresta de una ola de tsunami.
Y así como en Estados Unidos se detalla la nacionalidad -o la etnia, o la religión que profesa- de los criminales cuando éstos no pertenecen al privilegiado grupo de los WASP (blancos, anglosajones y protestantes), en Colombia a los grandes medios se les ha dado ahora por hacer especial énfasis en que un delincuente es venezolano, cuando se da esa coincidencia. Todo para dar la impresión sensacionalista de que estamos siendo invadidos por hordas de antisociales, como si nosotros no produjéramos delincuentes en cantidades industriales.
Por eso le queda tan fácil a Uribe meter miedo con la venida de un grupo de militares cubanos, así con ellos también vayan a llegar, en número superior, más soldados provenientes de otras nacionalidades. O a Vargas Lleras asustar incautos valiéndose de un video en el que una señora de supuesta nacionalidad cubana les dice tres pendejadas dizque adoctrinantes a cuatro gatos sentados en un salón de alguna vereda remota.
Y por eso también Trump sigue tan campante, pese al desastre diario de su administración: no importa si el lanzamiento de la 'Madre de Todas las Bombas' no sirvió para nada de lo que él dijo que serviría; no importa si las desigualdades económicas continúan intactas en el país que gobierna; no importa que a los ignorantes que lo eligieron no les haya cambiado un ápice su situación.
Nada de eso importa, porque a él le basta con señalar a un culpable originario de allende las fronteras para que hasta sus otrora opositores lo apoyen. Uno que quizás use barba, que rece diferente, que se vista raro, que hable un idioma distinto. Uno que a la vez que haga le abatir una de sus banderas de campaña le permita agitar otra más grande, en un círculo virtuoso perfecto.
Virtuoso para él, para Trump, por supuesto, pero vicioso para el resto del mundo.