Llevar un arma al cinto, a la vista de todo el mundo, es un alarde, una advertencia y un recordatorio. El portador se exhibe como alguien superior, capacitado para decidir el destino de los otros, según su criterio, su estado de ánimo o los niveles de adrenalina en su sangre; asume su papel de perro bravo que destrozará sin vacilaciones a cualquiera que se atreva a contrariarlo; reafirma la atávica noción de que cada ser humano es un asesino en potencia.

En pasado 1 de enero entró en vigencia en el estado de Texas una ley que les permite a los dueños de armas cortas legales, portarlas públicamente, al mejor estilo del salvaje oeste. El espíritu de la norma es confuso y más parece un desafío a los escasos logros de la civilización occidental. Claro que una gran parte del sur de los Estados Unidos parece ser una isla en donde sobreviven valores y maneras que para un boliviano pueden resultar retrógrados y bárbaros. Las imágenes de hombres vestidos con cartucheras en supermercados, cines, bibliotecas, parques, estacionamientos, resultan francamente asquerosas, pero no incompresibles, tratándose de una sociedad tan contradictoria y elemental como la estadounidense, en la que es intolerable que un político tenga una amante, pero que se hace la de la vista gorda ante el hecho de que en su territorio mueran 30 mil personas al año, a causa del uso de amas de fuego disparadas por civiles. Esta estadística es absurda en un país desarrollado y supera por mucho la de todos los países del mundo, exceptuando tal vez a algunos de los que padecen los rigores de algún conflicto armado.

Pero ellos se apegan a un texto escrito hace 200 años, la famosa segunda enmienda a la Constitución, que no restringe el uso de armas a los ciudadanos con el fin de que ejerzan su derecho a la legítima defensa, de que le hagan frente a un eventual gobierno tiránico y de que puedan sustituir o apoyar al ejército, en caso de una invasión extrajera. El texto habla de “milicias organizadas”, así, como nuestros detestados paramilitares. Esa enmienda es considerada la expresión popular de un derecho fundamental, a la altura de la libertad de expresión y del derecho a no declarar contra uno mismo. Se trata de la convicción profunda de una sociedad que prefiere sacrificar vidas humanas, miles de ellas, con tal de preservar el espíritu de un párrafo escrito en un momento histórico muy distinto del actual, pero que para ellos forma parte de lo que son como nación.

Por supuesto que no todo el mundo está de acuerdo, comenzando por el presidente; por supuesto que esa convicción de la que hablo ha sido exacerbada por los negociantes de armas, apadrinados por la Asociación Nacional del Rifle (NRA), una organización con un alto poder político y económico, que ha sido capaz de congelar cualquier iniciativa de control sobre el uso de armas para civiles en el país.

Los esfuerzos de la administración Obama han sido infructuosos en esta materia, y lo serán también las medidas que acaba de anunciar el presidente, bañado en lágrimas, y que tienen que ver con mayores controles a la hora de expedir licencias de venta y de verificar antecedentes de los compradores. Eso no resolverá el problema de las masacres de inocentes que todos los meses vemos en las noticias, los 30 mil muertos anuales, los 300 millones de armas que circulan en las calles y que se pueden disparar en cualquier momento y contra cualquier persona.

En Texas, el estado del petróleo y del rodeo y de la música country y de las botas y de los sombreros y del ganado y del racismo y de la pena de muerte y de la bandera confederada en la calle y de las armas, será ahora un asunto cotidiano ver a los nuevos cowboys, con la cartuchera a media pierna en pleno espacio público diciendo, con su caminar de hombre Marlboro: “Mira lo que tengo para ti, si te metes conmigo.” Son las cosas de la democracia y de la libertad del país más desarrollado de la tierra.

Twitter: @desdeelfrio, @OpinaElDiablo Facebook: Jorge Muñoz Cepeda

(Imagen tomada de http://media.telemundohouston.com/)