Los médicos Carlos y Francisco Sales Puccini han sido acusados de tener títulos falsos para realizar cirugías plásticas, y han terminado cometiendo, si hemos de creer a los periódicos, verdaderas carnicerías. Leo, además, que hay una madre de 42 años en Houston que en su anhelo de ser "la mujer perfecta", se ha realizado ocho cirugías: abdominoplastia, liposucción, un levantamiento de glúteos que llaman trasero brasileño, un trabajo en la nariz, mentón y otras más que no describen. No tendría nada de extraño la noticia, si no fuera por el hecho de que doña Claudia Sierra considera que “la mujer perfecta” es la europea primera dama de los EE. UU., Melania Trump, y que todas las cirugías que se ha hecho han sido realizadas para terminar pareciéndose a ella.


Tanto los médicos Sales, quizá aprovechando un vacío legal en la legislación médica (ya la ley señalará si hay delito en ello), como Doña Claudia, han explotado para su beneficio la necesidad de autoestima propia y de otros, y la idolatría a la belleza como patrón de juicio. Esta idolatría a la belleza ha terminado por producir una autentica perversión social: la necesidad de parecernos a nuestros ídolos para sentirnos plenos y realizados a través de esa imagen borroneada. Obviamente, si usted considera ídolos de belleza a Kim Kardashian, Melania Trump o George Clooney y busca parecerse lo más posible a ellos, simplemente algo no está bien. Esa es la perversión de la necesidad de belleza que todos experimentamos.
Todos necesitamos de la belleza. La tomamos de ídolos o modelos a seguir, pero, cada vez, hay más paradigmas que realidades en el mundo. Todos lo sufrimos en mayor o menor grado. Los intelectuales se creen únicos y bellos por su inteligencia; salvo excepciones, tienen un alto valor de sí mismos: sufren de un orgullo mental injustificado, fruto de una idea de superioridad intelectual que, en ocasiones, es falsa porque la mayoría de las veces solo saben un poco más sobre algún tema que el común de la gente desconoce. La inteligencia –como la belleza– a veces es muy sobrevalorada.
Lo más singular de nosotros, junto con nuestra monstruosa autoconciencia, es que nos estamos evaluando como animales. El ser humano es una criatura de necesidades y deseos interminables, surgido de connotaciones negativas: “No soy bella. No soy inteligente. Soy común y corriente. Debo destacar. Debo mejorar mi imagen como……” Ahí surgen los médicos como los Sales Puccini: se alimentan -y aprovechan- de esa necesidad. También la promueven, prometiendo el oro y el moro. Los millones de mujeres perpetuamente semidesnudas que vemos todos los días, ya sean de 13 o de 40 años, ya sea que se perciban en la calle, en Internet o en cualquier otro lugar, están diciendo al mundo, como Claudia Sierra: "Aquí estoy. Esta es mi belleza. Este es mi valor. Me parezco a Melania. Estimadme". Pero este deseo excesivo de vanidad corrompe el carácter y el juicio. Las mujeres desarrollan egos inflados y, por lo tanto, expectativas poco realistas. ¿Que esto es fruto del machismo? Puede ser, pero con tiempo, da fuerza e independencia a la mujer. Por eso Hugh Heffner era tan admirado: al desnudar a las mujeres les daba poder sobre su cuerpo y, por ende, libertad. Sin embargo, al preferir un tipo de mujer de senos grandes, pelo rubio y curvas, inoculaba un culto exagerado a un ideal de belleza limitado y esencialmente irreal. El asunto aquí es cuánto estamos dispuestos a parecernos al ideal de belleza de los demás, por encima del nuestro.
Conocí mujeres acomplejadas con el tamaño de sus senos, que les parecían demasiado pequeños, casi infantiles. Algunas de ellas se hicieron cirugías de implantes mamarios, y son felices con ellos; a mí, sin embargo, me parecían más hermosas cuando no se habían hecho nada. Nuestro juicio de valor es diverso, mutable, y en ocasiones injusto. Ellas se creían inferiores por sus senos pequeños; podríamos haberles repetido mil veces que eran bellas sin los implantes, y no lo hubiesen creído. Prisioneras de un ideal de belleza, procedieron a hacer con su cuerpo lo que consideraron apropiado para vencer ese complejo.
Hay que reconocer que somos cautivos de un perverso deseo de estima, de agradar, que al final nos lleva a discriminar, pero ante todo a copiar lo que entendemos como “bello”. En últimas, la verdad y la sabiduría están en la percepción, pues como señala el dicho popular, los ojos son la ventana del alma. Debemos confiar más en los ojos, porque revelan quiénes somos, qué elegimos ser y lo que es más importante, la voluntad moral, la disposición esencial, el yo en el sentido más profundo.  Mirarnos con sinceridad, con autoestima, es un buen comienzo. Así, todos los cirujanos plásticos volverían a su trabajo original, del cual nunca debieron salir: “La corrección y/o mejoramiento de anormalidades de origen congénito, adquirido, tumoral o involutiva que requieran reparación o reposición de la forma corporal y su función”.