Confieso que no me cuento entre los indignados que este año pusieron el grito en el cielo por el -a todas luces- exiguo aumento del salario mínimo en Colombia. Pero además, ya entrados en gastos, debo aclarar que tampoco me cuento entre los indignados que, por el mismo motivo, se rasgaron las vestiduras el año pasado. Ni tampoco el anterior. Ni…bueno: ni ninguno de -quizás- los 30 años anteriores. ¿La razón? Fácil: desde que tengo uso de razón económica -o, dicho de otra manera, desde que manejo con relativa propiedad el concepto de salario mínimo y las implicaciones que éste tiene para tantas personas- vengo oyendo lo mismo. Y a la tercera o cuarta vez que lo oí supe que algo había detrás de todo ese consuetudinario y predecible alboroto anual.

Para empezar, ese disco rayado de que cada vez la plata alcanza para menos es falso. ¿Cómo podría ser así, si el aumento del salario mínimo siempre, desde que recuerdo, ha sido superior a la inflación? Comparemos, por ejemplo, el aumento de este año y el IPC del año anterior. Y después hagamos lo mismo con 2015 y 2014. El IPC de 2015 fue de 6,8%, mientras que el aumento en el salario mínimo para 2016 fue de 7%. Ahí hay 0.2% por encima. Y las diferencias se notan todavía más los otros años que menciono, las cuales -en el mismo orden- fueron así: 3,7% contra 4,6% y 1,9% contra 4,5% . Es un asunto de aritmética elemental.

Ahora bien, el hecho de que algunos de los aumentos referidos en el párrafo anterior, al ser traducidos a plata, correspondan a míseros $20.000 revela lo que en realidad me indigna a mí: el salario mínimo en Colombia como tal. No su aumento. Mi indignación es con ese salario de hambre por medio del cual apenas sobreviven 17 millones de colombianos (hay otro tanto que ni siquiera llega allí). Y es por eso que, artículo tras artículo, muestro mi indignación al respecto, cada vez que insisto sobre el tema de la enorme desigualdad en la repartición de la riqueza, cifra que, tiro por tiro, nos asegura un sitio en el podio de los tres primeros países del planeta campeones en esa materia.

Por lo tanto, repito, al empezar el año nunca me sumo a la coreografía de indignados que, visiblemente sorprendidos con los pocos pesos de más que se ganarán tantos colombianos de ahí en adelante -como quien se sorprende cuando descubre que su cuerpo se moja cuando está bajo una ducha-, montan en santa cólera cada enero. "Esto es inaudito" -trina uno por aquí-; "Matador lo dice todo con esta caricatura" -comparte otro una imagen por allá-; "Ahí está pintado Santos, repartiendo la plata en mermelada en vez de dársela a los pobres" -actualiza su estado de Facebook otro más acullá, demostrando su infinita ignorancia-.

Sumarme a ese rosario de reclamos sería simplemente hacer parte de una comparsa orquestada y dirigida por los medios de comunicación, que en una época de tradicional escasez de noticias, como lo son las vacaciones de cambio de año, refríen una y otra vez la misma cantaleta. Noticia sería que, a plata de hoy, el salario mínimo subiera $200.000. Son los costos de disfrutar de un sistema capitalista, en el que la competitividad exige, entre otras cosas, salarios bajos. A menos de que adoptasemos medidas económicas similares a las de los países desarrollados.

Pero claro, ¿cómo no van los columnistas y los redactores y los reporteros y los editores y los directores de la gran prensa a resucitar la chiva antediluviana del pírrico aumento, si las personas que a causa de ello escupen fuego todos los años por estas mismas fechas -y que abogan por el capitalismo salvaje- son las mismas que, incapaces de hacer un -valga el término- mínimo raciocinio, le creen a Fernando Londoño su estrambótica especie de que Noruega es un país comunista, sólo porque allá los impuestos van subiendo exponencialmente en proporción directa al salario devengado por cada ciudadano?

Son esas, de hecho, las mismas personas que en enero ponen como ejemplo a seguir el salario mínimo de Ecuador, pero que el resto del año califican a ese país de castrochavista. Las mismas cuyo único interés en las conversaciones de La Habana es el punto relativo a la venganza por los crímenes cometidos por las Farc. El cual, dicho sea de paso, parece ser el único que también interesa al grupo guerrillero, pero en el sentido inverso, en el de conseguir para sí el menor castigo posible. Pues, que yo sepa, no han mencionado nada referente a las enormes brechas salariales colombianas. Cipote país comunista el que va a resultar de ahí.

¿Cierto, Alvarito?.

(Terminando este artículo, un oyente escribe a La W, y Julito, con un tono melodramático de gran descubrimiento noticioso, lee el mensaje al aire: "Alberto, un oyente nos hace caer en cuenta de que si el nuevo salario mínimo lo comparamos en dólares, los $689.000 de este año equivalen a $490.000 del año pasado...¡es que el dólar subió 40%! Tengan en cuenta eso para cuando nos llamen para opinar sobre el tema del día".

Hombre sí, no me había dado cuenta del semejante drama adicional que, a la luz de esa comparación, le surge a esas pobres personas. Ya me imagino la descorazonadora frustración que experimentarán todas esas empleadas de "oficios varios" cuando, no bien aterricen en Miami, lleguen al Victoria's Secret de Lincoln Road, sólo para encontrarse con que apenas si les alcanza para comprar el 60% de los artículos que adquirían habitualmente en sus viajes anteriores.

Yo creo que tanto el nefelibata de Julito como el agudo observador de su oyente asesor creían que estaban transmitiendo para una imaginaria La W de Dubai.)

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