Nunca he tenido una camiseta del Junior de Barranquilla, pese a que soy hincha de ese equipo desde que tengo uso de razón. Lo soy, digo, y durante ese raro y largo ejercicio de serlo he pasado por todos los grados de intensidad posibles: he sido desde el fanático que se sabe la alineación del equipo de pe a pa y es capaz de recitar de memoria los resultados de todo el torneo, hasta ese tipo distraído que gracias al grupo de Whatsapp de los excompañeros del colegio se entera, de repente, de que en ese momento se está jugando una final.


Eso fue lo que me pasó hace dos noches: en una de esas rutinarias revisiones de las redes sociales que solemos hacer, me encontré con que el Junior iba ganándole uno a cero al Medellín el partido definitivo de la Copa Águila. Y pese a que mi mediocre seguimiento deportivo me da para saber que la Copa no es tan prestigiosa como la Liga (antes todo era mucho más fácil, cuando había un solo torneo al año y un solo campeón), me senté a ver el segundo tiempo.
No alcanzaron a pasar ni cinco minutos antes de que, al igual que le ocurrió a Gabriel García Márquez en 1950 cuando fue a ver jugar al Junior -el equipo de sus amores- en el Municipal de Barranquilla frente al Millonarios, me transformara en un "energúmeno, limpio de cualquier barniz que pueda ser considerado como el último rastro de civilización": en vista de que ante cualquier gol del Medellín -que estuvo bastante cerca de producirse- el campeonato tendría que definirse por la llamada 'lotería de los penales', y de que ya mi situación coronaria no está para esos trotes, empecé a regañar a los jugadores a los gritos, insultándolos sin misericordia y dándoles indicaciones a diestra y siniestra. El famoso 'Tano' Pasman me quedó en pañales. Todo esto durante un partido que media hora antes ignoraba que se iba a jugar, y en el marco de un torneo del que no tenía la menor idea de por dónde iba tabla.
El partido avanzaba y la tensión se apoderaba de mí. Un cobro de tiro libre a favor del Medellín -que pegó en el palo- estuvo a punto de mandarme a ver el resto del partido desde la sala de urgencias de la Clínica Country. En mi mente rodaban, simultáneas, dos películas que recordaban sendos partidos definitivos de los dos mejores equipos que, en mi opinión, ha tenido el Junior en los últimos 40 o 45 años.
Por un lado latía el recuerdo de aquel ya remoto 1983 cuando, en el último suspiro del partido final contra el Nacional, el gran Fernando Fiorillo se lanzó en palomita y estrelló la pelota contra el vertical derecho. Un centímetro separó del título al que fue -de lejos- el mejor equipo de ese año, en favor del dudoso América de Gabriel Ochoa.
Y paralelamente corría la cinta de el 'Pibe' Valderrama y su corte. El 'Pibe', diez años después de lo anterior y también en la jugada final del encuentro, engañó a todo el mundo con un enganche magistral al borde del área del América y sirvió un pase con tiralíneas a el 'Nene' Mackenzie, quien, después de eludir al arquero, marcó el gol de la victoria que aguó la fiesta prematuramente iniciada en el Atanasio Girardot, donde el Medellín ya celebraba un triunfo que aún no había obtenido.
¿Cuál de los dos juegos se parecería más al partido que estaba viendo y sufriendo ayer? Teófilo Gutiérrez, después de una faena asombrosa del ubicuo Chará, se encargó de despejar esa duda con un disparo tan fríamente calculado y tan sutilmente realizado, tan pegado al ángulo inferior y con un aterrizaje tan dócil del balón en la red, que me tomó más tiempo del habitual darme cuenta de que había terminado en gol. Sólo el trotecito triunfal de 'Teo' hacia las tribunas me percató de la situación , ya definitiva a esas alturas del partido: el letal 'chateo' acababa de darle al Junior su segunda Copa.
Después vino la celebración del título, que se asemejó más a un gigantesco rito religioso que a cualquier otra cosa, con los jugadores a manera de pastores o ministros agradeciéndole, todos, a Dios en el púlpito central, y la fanaticada (nunca mejor dicho) fungiendo, desde las graderías, como la multitudinaria feligresía de esa enorme iglesia en la que ha terminado convertida la -ahora más que nunca- supersticiosa y falsamente mística ciudad de Barranquilla.
Ninguno de los futbolistas opinó que el triunfo se lo debía a su propio trabajo, talento o esfuerzo. Y ni siquiera -como antaño- al "trabajo con el profe" Comesaña, a quien ni uno solo de ellos le dedicó un par de palabras de agradecimiento, a pesar del cambio radical que ha experimentado el equipo desde que está bajo su conducción técnica.
Ese es el Junior. Y esa mi relación con el equipo: una extraña y llena de altibajos. De amores e indiferencias. Con decirles que la única vez que lo he visto campeón en un estadio no fue en Barranquilla, como sería lo natural, sino en la fría Bogotá, bajo un aguacero pertinaz y después de perder 3-1 con el Santa Fe. En esa ocasión se dio la que tal vez sea la vuelta olímpica más forzada de la historia del fútbol, con un 'Pibe' Valderrama que, enfurecido por el resultado adverso, ni siquiera quiso darla.
En fin, quizás ahora, que -a diferencia de otras épocas- apenas si podría citar un par de nombres de la nómina de jugadores, sea el mejor momento para comprar por fin mi primera camiseta.