“Yo soy muy barranquillero,

Y no puedo permitir

Que aquí venga un forastero

A echarme vainas a mi”

(Danza del Garabato)                                     

CARA: LA MÁQUINA DE HACER TONTOS….

Hace algunos años estuve en San Juan de Pasto y llegué a disfrutar su hermoso Carnaval de Blancos y Negros, una fiesta que se extiende casi una semana, y la amabilidad sin fin de su gente que te hace sentir como si fueras parte de la familia. Cuando estaba viendo el desfile de Negros un señor que estaba a mi lado me preguntó de dónde venía.

-De Barranquilla –respondí.

- Pastuso emocionado: ¿Ay, usted que sí ssabe de Carnavales, cómo le parecen los nuestros?

-Bueno, son muy hermosos, pero un tanto diferentes a los que conozco. Le digo que sus carrozas, por ejemplo, son mejores que las de Carnaval de Barranquilla. –añadí. No eran palabras amables para salir del paso. De hecho, Carnaval S.A. tuvo que traer artesanos nariñenses para que les enseñaran a construir carrozas a los artesanos de aquí.

Traigo esta conversación, como una muestra de una idea que ha arraigado mucho en el país: Barranquilla es Carnaval, fiesta, jolgorio, rumba y desorden, Junior, la Casa de la Selección.

En sí misma, la idea no tiene nada de ofensiva. Es preferible eso a que la ciudad sea percibida como una en donde los conflictos se resuelven a bala, las fiestas terminan con muertos y los festejos deben controlarse a punta de ley seca.

Cuando he tenido que viajar a otras partes y digo que soy costeño, y de Barranquilla, se me quedan mirando y viene luego la siguiente frase:

Es que no lo pareces. Al preguntar el porqué, la respuesta casi siempre es la misma:

-Porque eres muy blanco para ser costeño – me dicen. Hay costeños blancos, como Shakira o Alejandro Obregón. O es que todos los vallunos son como el Tino Asprilla, suelo responder.

-No hablas duro, ni gritas y hablas bien -Allá también hay gente que sabe hablar y su conversación tiene un timbre de voz normal- respondo.

-No te gusta el vallenato.   -Muy poco la verdad, pero conozco boyacenses que detestan la música carranguera.

-No sabes bailar. Respuesta: Conocí a varios cubanos que era incapaces de poner un pie delante del otro sin equivocarse. En todas partes hay gente que no sabe bailar

-No eres toma trago. En todas partes hay gente que no bebe, si no vaya a Alcohólicos Anónimos.

-Eres inteligente, pareces trabajad y educado –Los costeños somos como cualquiera. Hay gente bruta, floja y ordinaria en todas partes, solo que a los costeños nos lo dicen en la cara y no lo tomamos en serio.

Pero bueno, no hablo del ser costeño. Hay expertos que sueñan una identidad caribe, pretendiendo negar nuestras relaciones con el interior del país. Quiero hablar de lo que es ser Barranquillero y mi experiencia con el Carnaval.

Un amigo dijo de mí: “Lo que pasa es que tú eres un cachaco ensamblado en Barranquilla”. Me dolió el comentario. Le respondí que he vivido toda mi vida aquí, éste es el único lugar que conozco relativamente bien, estudie aquí y me siento barranquillero. Toda esta palabrería, para decir que Barranquilla es mi ciudad, el único sitio que considero mi casa, de donde vengo; lo que soy, lo que seré, se lo debo a ella. Bueno o malo. Con sus calles, sus arroyos (hoy en camino de solución), su lluvia torrencial, el calor agobiante, la visión de su gente a veces tan falta de ambición, su brisa y su Carnaval.

Crecí en una familia en la que mi padre no sabía bailar (baila más una escoba colgada) y una madre, esa si no de aquí, sino de los montes de Antioquia, que veía el Carnaval como un evento excesivo, de desorden y derroche, y que solo era digno de ser mirado en la multitud. ¿Participar? Olvídense, sus niños no iban a participar en ese desorden. Así que mis primeros Carnavales fueron vistos desde una esquina en la 43, cerca de la casa de unos parientes y, en lo posible huyendo de la Maicena. O ya con la llegada de la televisión, ver los desfiles sentado tranquilamente en la comodidad del cuarto. Obvio que conocía los disfraces, la Marimonda, el Monocuco, el Torito, las Cumbias, y entendía su significado.

Más tarde caí bajo el influjo del Prof Assa, el más currambero de mis profesores (aunque hubiera nacido en Estambul), quien denigraba como pocos del Carnaval de Barranquilla: “Es una fiesta ordinaria, donde todos beben gordolobo, llena de disfraces feos y corronchos, donde los hombres salen a beber y las mujeres se lo dan al que pasa. Al final a los nueve meses, ven los resultados” Esta diatriba, caló en mi espíritu y durante muchos años me negué a asistir a carnavales. Me encerraba en mi casa, me iba de paseo a Cartagena o donde pudiera, huyendo del Carnaval.

Vi y me convencí de muchas de las críticas que algunos repetían. Por ejemplo, formé parte de un comité científico en la universidad, y si algo nos costaba a los miembros era conseguir el apoyo para las cosas. En cambio, una reina del Carnaval, medio boba, podía conseguir a personajes y abría puertas que a nosotros nos costaba trabajo abrir. Esa experiencia me dolió como pocas y me convencí de que para fiesta y rumba sobra la plata, pero para lo que de verdad importa, no, como decía mi querido Prof Assa, que como siempre tenía razón. Una ciudad donde los niños ricos del Country Club salen borrachos a divertir a la “plebe” en el desfile del Garabato. ¿Bailan? No, caminan borrachos, mientras la gente que reúne sus pocos pesos, viene del sur, se los gasta viendo ese circo; era un síntoma de una ciudad enferma, con prioridades invertidas.

Muestra de estas prioridades invertidas es el trabajo de Luis Ernesto Arocha, La Opera del Mondongo, que en tono de ironía, muestra un baile de Carnaval mientras la voz de Marcos Pérez Caicedo denuncia los robos al erario público; la falta de interés de la sociedad por las crisis de las Empresas Publicas, la telefonía y el agua que nunca venia, mientras campeaban los bailes, las verbenas, los desfiles, al son de la elocuente canción popular de la época La maquina de hacer tontos.

Todo lo anterior, y otras cosas más, me llevaron a concluir que mi querido Profesor Assa, como siempre, o como casi siempre, tenía razón en todo, y en cuanto al Carnaval, no le faltaba ni pizca de razón, y de hecho, le sobraban los motivos.

EL CARNAVAL ES LO PEOR QUE TIENE BARRANQUILLA. LA IDENTIDAD CREADA BARRANQUILLA= CARNAVAL ES UN ERROR Y ES UNA IDEA MUY REDUCIDA DE LA VISION DE CIUDAD QUE SE QUIERE PUBLICITAR.

Estamos en mora los Barranquilleros de acabar con eso, como muchas frases que nos hemos creído. Mi favorita es una que dice “Barranquilla no tiene mar”, como si vivir a 20 minutos de la playa no fuera tener cerca el mar. Vayan a Cancún, ciudad turística por excelencia, y pregunten a qué distancia está el mar. La otra es esa dicotomía Barranquilla y Carnaval, funesta unión, que debe terminar. Barranquilla es mucho más que eso, como bien dice su himno, que a veces me parece una cruel ironía:

Da su voz y su músculo al progreso

Barranquilla, Procera e inmortal.”

¿A dónde se fue el progreso? Como alguien me dijo burlonamente, “el progreso entró por Barranquilla. Por el muelle de Puerto Colombia, lo que pasa es que no se quedó y se fue para el interior.” Y el muelle, por cierto, se cae a pedazos. “Entre todos lo mataron y él solito se murió” (Assa, otra vez). ¿Dónde están los barranquilleros o aquellos dicen amar a a ciudad?. Bien, gracias, discutiendo que la reina del Carnaval baila todos los ritmos como si bailara reggaetón, y haciendo burla de ello.

Los barranquilleros no nos hemos dado cuenta, pero nos hemos quedado con mucho de lo peor de nosotros mismos: El Carnaval. No tenemos ni el orgullo de decir que es el mejor del mundo, nos conformamos con indicar “El segundo mejor del mundo, después del de Río de Janeiro”, algo muy parecido a esa frase que hizo carrera: “El segundo mejor himno es de Colombia, después de la Marsellesa”.

Más de una vez me pregunto eso, por qué el Carnaval, esa atroz fiesta, que no deja mayor cosa a la ciudad, goza de tan buena salud. En otro texto, les doy un intento de respuesta.

Twitter: @swhelpley, @OpinaElDiablo Facebook: Samuel Whelpley

(Imagen tomada de http://www.hojobarranquilla.com/)