Cuando se trata de ofender, los adjetivos son limitados. En general se usan palabras que remiten a las conductas sexuales del insultado o su familia (con frecuencia su madre) y, en menor medida, a referencias excrementicias. La imprecación es la menos original de las expresiones.

Sin embargo, existe un insulto que se aparta de esa tendencia y busca que la humillación pretendida sea contundente, eficaz, lapidaria. Cuando alguien quiere rebajar a otro a su mínima expresión le espeta en la cara la calificación que considera más oprobiosa: loser. Sí, así, en su inglés original, para que la ofensa salga con la autoridad de los bilingües. Ser un perdedor, un fracasado, es peor que ser un criminal, un imbécil o un hijo de puta. Se trata de una condición que alude a las personas que no han sabido honrar las virtudes heredadas de la ética calvinista anglosajona y de su emanación más concreta: la sociedad de mercado. El individuo que no encaja en esos valores es asimilado por los demás como un miembro defectuoso, infectado, inepto. Así pues, decirle a alguien que es un loser supone una carga simbólica que proviene de lo más profundo de la conciencia colectiva y por eso es una ofensa tan poderosa.

En términos prácticos, un fracasado es una persona que no posee dos cosas fundamentales: resultados para exhibir y dinero para gastar. En los tiempos que corren estos dos factores suelen venir juntos, en un paquete rotulado con la palabra ‘éxito’, que es la característica más deseada, la que hace que alguien sea realmente admirable. No vale nada que un ser humano, por ejemplo, sea bondadoso o ético o tolerante o inteligente o hermoso, si esas cualidades no lo conducen a la montaña sagrada de los ganadores, de los que han logrado “algo” con sus vidas. Sabemos que ese “algo” que supuestamente se debe lograr, con el talento y el trabajo duro, está simplificado en algunos objetos de fácil consecución en los establecimientos comerciales, porque si el trabajo duro es consistente, producirá unos resultados que, a la larga recompensarán al exitoso con algunos billetes que sirven para adquirir los artículos en cuestión: inmuebles, automóviles, ropa, aparatos electrónicos, joyas, alimentos, todos armoniosamente matizados con viajes, servicios de salud pre pagados y tragos servidos por meseros egresados del Sena, lo que eufemísticamente se conoce como estatus.

El prototipo del loser es fácil de reseñar. En primer lugar, un fracasado pertenece a la clase media, esa multitud esperpéntica que atiborra las ciudades contemporáneas; los pobres no clasifican, dadas sus limitadas posibilidades de maniobra, y los ricos ya lo tienen todo; el perdedor es alguien que tiene herramientas para lograr el éxito (educación, roce social, capacidades) y las dilapida. En segundo término, este paria moderno es un hombre; en esta sociedad de machos lo peor que puede ser una mujer es puta, pero nunca será juzgada con severidad si no demuestra sus logros laborales y financieros; en cambio al varón se le exige que produzca, que provea, que posea, que responda, y los que no lo hacen son vistos con recelo. En tercer lugar, el loser es un tipo con una energía negativa, “mala vibra”, dicen los acusadores, mientras apuran el coctel que les sirvió el mesero titulado; esta actitud, a medio camino entre el escepticismo y la indolencia, es a menudo enriquecida con ciertas dosis de sarcasmo y pereza. Por último, el perfil se completa con algo que nunca falta en los fracasados: una inexplicable y constante porción de mala suerte; a estos pobres diablos todo parece salirles mal, no hay plan que realicen ni objetivo que se propongan que termine en algo positivo; es bien sabido que en nuestras mentes supersticiosas la gente desafortunada es altamente sospechosa, como los leprosos, que parecen estar pagando el precio de un acto horrible que no es de este mundo.

Así las cosas, tenemos que un loser es un hombre de clase media, con una deplorable actitud y una pésima suerte, que no ha logrado conseguir dinero y mostrar resultados. He visto cómo estos pobres personajillos soportan a menudo el agravio contenido en el epíteto que los define, he visto sus rostros desencajados por la vergüenza, he visto, incluso, sus lágrimas de rabia y de impotencia. Pero también he visto a los execradores, con el dedo índice apuntando hacia la víctima, profiriendo el insulto mayor, la peor de las ofensas, en un perfecto inglés norteamericano, calvinista, capitalista: l-o-s-e-r.

Me parece un poco exótico que muchísimos de quienes usan este adjetivo, para hacer daño a alguien que odian, no sean personas que precisamente puedan calificarse como la mata de los logros perfectos; sin sonrojarse, cajeros de banco, vendedores de baratijas, ex esposas mantenidas por sus nuevos amantes, miembros del jet set criollo, políticos corruptos, lagartos de profesión, filibusteros de la palabra, contratistas, tinterillos, encantadores de incautos, ejecutivos de pacotilla, se arrogan el derecho al insulto, poniéndose por encima del denigrado, como si se tratase de una competencia de la vida en la que ellos son los indiscutibles ganadores. Claro, ellos son los vencedores, los winners, el polo opuesto de los perdedores.

Cuando los oigo, con su aleccionadora perorata moral que predeciblemente termina con la frase: “Es que usted es un loser…”, quiero contestarles, proteger a los ofendidos, decirles: “Oye, ven acá, ¿Tú te das cuenta de la estupidez que estás diciendo? ¿Qué es lo que has hecho tú en la vida que te haga creer que eres un ganador de algo? ¿Tu plata te hace un ganador? ¿Tu carro te hace un ganador? ¿Tus uñas pulidas te hacen un ganador? ¿Ganador de qué, brother? ¿Tú acaso sabes quién coño era Calvino? ¿Tú acaso sabes que te usan para propagar unos valores que repites como un loro y que le convienen solo a un puñado de tipos mucho más hábiles que tú? ¿De qué presumes, viejo men? ¿Te enorgullece ser el empleado del mes o el embaucador del año o el más vivo del siglo? ¿Tú acaso te has leído algún libro que no sea de Og Mandino o de Walter Riso o de Paulo Coelho? ¿Tú crees que puedes meter la nariz en una conversación medianamente decente y decir algo medianamente decente? No hagas eso. Por tu bien, no lo hagas. Quédate con el insulto fácil, con el ‘hijueputa’, con el ‘malparido’, incluso con el ‘gonorrea’, pero no insultes a nadie diciéndole loser, que eso es como el cuento del conejo que se burla del burro llamándolo ‘orejón’.”

Tal vez quiero decirles eso a los insultadores para proteger a los fracasados de este mundo, o a lo mejor para defenderme a mí mismo, que debo ser el más grande de todos los losers que ha parido esta sociedad de gente tan admirable y exitosa.

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(Imagen tomada de https://www.askideas.com)