Quienes me siguen en Facebook saben de sobra que mi opinión sobre James Rodríguez nunca ha sido la mejor, y que lo que diré aquí no se basa en las circunstancias actuales. Para quienes no me siguen, o me leen hoy por primera vez sobre este tema, aclaro en qué consiste esa opinión: James para mi nunca, ni antes, ni durante, ni después del Mundial de Brasil, ni tampoco antes, ni después de ser fichado por el Real Madrid, nunca -repito- ha sido el jugador excepcional que el común de la gente cree que es, sino uno sobresaliente contadas veces y del montón el resto del tiempo.
No obstante, estoy de acuerdo, como casi todo el mundo, en que James es, además de un buen pasador de balones, dueño de una zurda prodigiosa que deja viendo un chispero a los rivales. También estoy de acuerdo en que ofrece a la tribuna un juego elegante, y en que con alguna frecuencia anota golazos espectaculares.

Sí, eso es cierto, pero también lo es que James hace todas esas cosas buenas casi exclusivamente cuando juega contra equipos chicos, o de mitad de tabla hacia abajo. Y la mayoría de las veces, por no decir que siempre, suceden durante el desarrollo de partidos irrelevantes, que no definen nada. Aunque no todo, algo de eso ocurrió en el Mundial de Brasil. Primero James arrasó en la fase de grupos, aprovechando que Colombia estaba en el más flojo de todos. ¿Y después no metió dos golazos nada menos que contra Uruguay?, me dirá alguien. Sí, pero recordemos que el equipo charrúa venía con la moral en el suelo por cuenta del embrollo en que se vió envuelto su máximo crack, Luis Suárez, en el partido contra Italia. Ese Uruguay era un fantasma del poderoso conjunto que derrotó a Inglaterra en la primera vuelta. En contraste, cuando Colombia enfrentó a la peor versión de Brasil de la historia -pero Brasil al fin y al cabo- James fue borrado del partido, y sólo apareció para convertir un poco meritorio gol de penalty.

Y así, como ocurrió en Brasil, también ocurre en los múltiples y simultáneos torneos que juega James Rodríguez en Europa. A diferencia de lo que hacen en sus equipos otros jugadores en verdad desequilibrantes, como Neymar, Messi o Cristiano Ronaldo, el James que le zampa un golazo de antología al Almería, el tigre colombiano que se baila a medio Rayo Vallecano, el león cucuteño que humilla a un anónimo defensa del Espanyol, luego se convierte en un inofensivo gatito cuando enfrenta al Barcelona, o incluso al Atlético de Madrid. Se vuelve un 'pecho frío', como dicen en Argentina; o un 'amarillo', como se decía antes en Colombia.

Siempre he dicho que a algunos de los pertenecientes a la constelación de estrellas de la que siempre se jacta el Real Madrid hay que cogerlos con pinzas. No niego que en esa plantilla estén muchos de los mejores jugadores del mundo, pero tampoco necesito ser un genio para advertir que allí se cuelan de cuando en cuando otros cuyo valor es más mediático que futbolístico, y que justifican su presencia en esa nómina fajándose contra un adversario frágil uno que otro partidazo en esa aburrida liga, en la que, año tras año, los mismos dos equipos se disputan el torneo a costa de golear, fecha tras fecha, a un rosario de equipitos astronómicamente más débiles. Eso para no hablar de la todavía más sosa Copa del Rey.

También he dicho que el anterior es, justamente, el caso de James, que es más un jugador con tremenda taquilla entre el público femenino que otra cosa; o máximo un futbolista ideal para vender carísimas camisetas de marca con su nombre estampado en la espalda (el dinero que se mueve alrededor de esa industria alcanza dimensiones escalofriantes). De lo anterior es fácil inferir que a partir del boom publicitario que le significó a James el gol que le anotó a Uruguay, el colombiano quedó inmediatamente situado en el radio del radar olfativo de ese buitre de los negocios que es Florentino Pérez. Él, Florentino, sabía que podía darse el lujo sobrepagar a James pues, pese a no ser un futbolista extraordinario, estaría rodeado de grandes jugadores, e inevitablemente metería algunos goles: contra Bilbao, contra Elche, contra Granada. El resto del trabajo lo haría el departamento de mercadeo de Adidas. Y la prensa española. También la colombiana, por supuesto, que le celebra hasta los goles que mete en los entrenamientos.

Ha pasado el tiempo y los hechos me han dado la razón. El tal James no sólo resultó un verdadero fiasco en la última Copa América, sino que además fue banqueado por Rafa Benitez en el Madrid. Y por su sucesor, Zidane, quien con ese acto demuestra que son ciertos los rumores que timidamente intenta desmentir: que no quiere ver a James ni en pintura. Y que prefiere alinear al español Isco, por considerarlo un jugador mucho mejor preparado, de más categoría y más estructurado que James, pese a que aquel no es ninguna estrella fulgurante en el firmamento futbolístico mundial. Y aún si dejamos de lado que, según algunas versiones, James está gordo, o que es adicto a las rumbas, a la noche madrileña, y nos concentramos en lo meramente futbolístico, veremos que salvo en esos partidos en los que el Madrid gana ocho a cero (y en los que mete gol hasta el perro), James es un jugador muy normalito. Un jugador promedio, que se agranda ante los chicos y se achica ante los grandes. "Pero él es apenas un 'pelao', dale tiempo", me comentan a veces en los artículos que al respecto posteo en Facebook. Perfecto, digo yo, démosle ese beneficio: pensemos que tiene toda una carrera por delante para mejorar, que es apenas un 'pelao'. Sí, pero -por ahora- para mí sólo es un 'pelao' promedio.

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(Imagen tomada http://www.qhubo.com/)