《Amada Emma.
El motivo de mi carta es sencillo y concreto.
Quiero decirte que gracias a ti he vuelto a sentir pequeñas mariposas revoloteando en mi interior. (…)
Eternamente tuyo, Rodolphe.》

《Amado Rodolphe.
Me comunico contigo a través de esta carta para comentarte que desapruebo tu opinión pero quiero decirte que, a la vez, la respeto. (…)
Te quiere, Emma》


Lamento informarles, queridos lectores, que los fragmentos anteriores, pertenecientes al intercambio epistolar inmortalizado por Gustave Flaubert en Madame Bovary, marcaban -desde el mismo momento en que se escribió la famosa novela- "el principio del fin del arte de conversar". O al menos eso es lo que parecen opinar hoy unos 'expertos' en comportamiento humano, quienes -de acuerdo con una nota de la revista Semana de título idéntico al de este artículo, "consideran problemático que los jóvenes no quieran interactuar por teléfono", y prefieran escribirse los unos a los otros. Como lo haría cualquier prosaico personaje de una novela romántica del siglo XIX.
Para esos expertos Florentino Ariza, ese que le escribía a Fermina Daza aquellas esquelas 《con su preciosa letra de escribano》en El amor en los tiempos del cólera, no era más que un "analfabeta emocional", mientras que en ella, en Fermina, de acuerdo al mismo artículo de Semana, podrían notar "signos alarmantes como el ghosting, un fenómeno que consiste en desaparecer de las relaciones románticas sin dar explicaciones". Ah, si tan sólo Rick los hubiera leído a tiempo al menos habría tenido un consuelo ante la extraña actitud de Ilsa, y tal vez no hubiera terminado alcoholizado en su bar de Casablanca.

De hecho, -y para saltar de la literatura y el cine a la vida real- esos mismos expertos detectarían una "carencia de tono emocional" en De profundis, la larga carta que Oscar Wilde le escribió a su amante, Lord Alfred Douglas, mientras cumplía su condena en la prisión de Reading, en marzo de 1897, puesto que, según esos infalibles conocedores de las relaciones humanas, esa es una característica del modelo escrito de comunicación, al cual hay que estar salpicando cada tanto de un 'ja ja ja' por aquí y de otro 'ja ja ja' por allá para que el interlocutor no tome como una grosería lo que en realidad es una reprimenda hecha en son de mamadera de gallo.

Es increíble que a estas alturas de la vida todavía haya quienes busquen la fiebre en las sábanas, y no se den cuenta de que el asunto -que no problema- está en el fondo, y no en la forma. No creo que alguien me desmienta si afirmo que dos 'millennials' que optasen por encontrarse en persona se dirían las mismas tonterías, en el mismo tono ligero y con los mismos códigos ininteligibles para un tercero de otra generación, que las que se escribirían entre ellos mismos en un diálogo de Whatsapp. Los llamados 'millennials' simplemente conforman una generación menos supersticiosa y ceremoniosa que sus predecesoras, más enfocada a la tecnología: la vida es demasiado importante para tomarla tan en serio, dijo alguien.

Sin embargo, la afición por las lucrativas noticias apocalípticas termina satanizando a cada nueva generación que surge. Y esta, la de los 'millennials', no iba a ser la excepción. Piensen ustedes que no están lejos aquellos días en que la de los 'X' -la mía- iba camino de acabar con la humanidad tanto por el escandaloso vicio de hablar durante horas por el ahora santificado y prestigioso teléfono, como por la simultánea apatía que mostrábamos para escribir las cartas perfumadas que nuestros padres y abuelos intercambiaban con sus pretendientes. El apocalipsis siempre está a la vuelta de la esquina, sólo es cuestión de señalar nuevos jinetes de cuando en cuando, para mantener la debida tensión.

Por eso para psicólogos y sociólogos, así como para esos padres nostálgicos de paraísos perdidos, los mensajes de texto constituyen la apertura de uno de las Siete Sellos. Para ellos resulta inadmisible que la comunicación no se efectúe cara a cara, al mejor estilo de los jefes mafiosos de las películas de Scorsese. O bien están convencidos de que, a excepción del breve lapso que transcurrió entre la invención del teléfono y la de los mensajes de texto, la historia de humanidad no ha sido otra cosa que un desfile interminable de analfabetas emocionales que adoraban comunicarse entre sí a través del lenguaje escrito. 'Generaciones mudas', como calificó a la actual el artículo de la revista.

A esos expertos, que tanto temen al fin del género humano por cuenta de la supuesta poca relación que tienen los jóvenes de hoy entre sí, si tuviera la oportunidad de hablarles les preguntaría por qué entonces el problema del embarazo adolescente está resultando ser un tema tan importante en las elecciones presidenciales que se avecinan.

Fin de la conversación.

(Imagen tomada de http://iniciativafiscal.com/)