CRUZ: AQUELLO DE LO QUE NOS ENORGULLECEMOS.

Alguna vez conversando con el Profesor Assa en la Librería Vida, me mandó a callar de forma autoritaria porque estaba sonando la mejor música del mundo, un hermoso tema de Juan Sebastián Bach que se llama Jesús es mi Alegría (BWV 227). Después de que terminó, la curiosidad me picó:

-Profesor, ¿a usted le gusta la música colombiana?

-No!!! –con ese énfasis que a veces ponía–. Uribe Holguin es una mala copia de Vincent D´Indy, Lo de Morales Pino son obritas y Jacqueline Nova lo único que hace es sonido de pitos. En Colombia la música clásica es una basura.

-Pero Profesor, continué yo –algo le tiene que gustar, así sea la popular. Una cumbia, un vallenato, un porro.

-¿Y usted cree acaso que su “vallenato” es música?

-Me resisto a creer que no le guste nada.

-Vea joven –y me hizo el gesto de que me acercara, como si fuera a hacerme una confidencia–. "Te olvidé, te olvidé, te olvidé... Eso sí es muy bueno y superior a las cosas que menciona. Eso sí es arte."

No sé qué pensaría el Profesor si supiera que Te olvidé, la canción que menciona, es considerado un himno del Carnaval de Barranquilla, opinión que yo personalmente no comparto, pero eso es otra historia.

Más de una vez me he quejado del Carnaval de Barranquilla, del excesivo valor que se le da a esta fiesta popular que paraliza durante cuatro días a la ciudad. Mis críticas, sin embargo, serian descalificadas con una frase: “Quién lo vive, es quién lo goza y tú no lo has vivido.”

Quiero decirles a quienes han llegado hasta aquí que yo, contrario a muchas cosas que creen quienes leyeron mi texto de la semana pasada, sí conozco el Carnaval por dentro. Puedo decir que lo he vivido y entiendo muchas de las razones por las que es una fiesta única.

Eso no quiere decir que me desdiga de lo que publiqué en mi columna anterior. Sigo pensando que la idea de CARNAVAL=BARRANQUILLA, es una noción pobre de las calidades y cualidades de la ciudad. Esta ciudad tiene río, tiene mar, una ubicación privilegiada y estaba llamada a ser la ciudad más importante de Colombia, por encima de otras que hoy ostentan este derecho por mérito de sus habitantes.

De igual forma, sigo pensando que si en Barranquilla se pusiera el mismo interés que se le pone al Carnaval, a, digamos, los asuntos públicos, el civismo o la idea de la ciudad que queremos, esta ciudad sí sería de verdad “el mejor vividero del mundo”.

Pero bueno, como a lo que vine fue a hablar del Carnaval, yo también lo viví por dentro y puedo entender el estallido de fiesta que comienza después del día de Reyes y dura hasta el miércoles de Ceniza.

Un observador agudo de nuestra realidad la llamó la más cachaca de las ciudades de la costa, que se desfoga en su Carnaval de todo un año de trabajo. Me quedó sonando la expresión y le concedo su parte de validez. Si bien hay gente dedicada al negocio del Carnaval todo el año, para la mayoría de sus habitantes, es un momento para desahogar las tensiones del trabajo, durante cuatro días. Con los años, ya en el Carnaval de 1893, escribía un testigo de la fiesta;

“He visto el vértigo indescriptible de la fiesta del Carnaval, que es el centro de todo movimiento, la agitación de todas las fibras, el olvido de todos los pesares, y el anhelo de todas las locuras.” (1)

Eso continúa hasta el día de hoy. La ciudad gira en torno al Carnaval, el más indiferente siente sus fibras vibrar y las preocupaciones se dejan para después de la fiesta.

Campea la ironía, con los disfraces burlescos sobre temas de actualidad, las carrozas, y los bailes que convierten a esta fiesta en un muestrario de la cultura del Caribe colombiano, y en particular, de los pueblos del Río Magdalena. Barranquilla es una sola fiesta y hasta los muertos deben esperar para ser enterrados.

Nada más contagioso que la alegría y eso es, en esencia, el Carnaval de Barranquilla, alegría, un estado de ánimo en toda la ciudad que se percibe cuando el cielo de enero es de un azul casi transparente, cuando el viento agita las polleras de las cumbiambas y comparsas en ensayo, o la muchacha exhibe coqueta el adorno en el pelo, con motivos fiesteros, o en los barrios se preparan los disfraces para lucirlos el día de la Batalla de Flores. Un pretexto para mostrar nuestra mejor cara porque, a despecho de los que dicen que los costeños son flojos, no hay barranquillero que trabaje más, que aquel que esté en precarnaval.

Y sí creo que el Carnaval, pese a todo, tiene sus cosas hermosas. Más allá de las cumbias, las danzas de relación, las letanías, las carrozas, las reinas, más allá de los disfraces imaginativos, imágenes ordinarias y vulgares, máscaras o aquel que toma cerveza en un bordillo mientras observa el desfile, lo mejor del Carnaval de Barranquilla es la música. En otro campo, ejemplos en literatura, serian El cuento de Marvel Moreno La Noche Feliz de Madame Ivonne, o la noveleta El cadáver de Papa de Jaime Manrique Ardila. Los expertos podrán hablar mucho mejor que yo en ese aspecto.

Sí, la música. Una selección musical ecléctica, donde en una verbena puede sonar un tema de Paul Simon (con melodías de músicos africanos o haitianos), música árabe o temas populares del pop europeo. Todos ellos con títulos que no tienen nada que ver con la canción original. Lo que importa es el ritmo, una excusa para que la gente salga a bailar.

Y claro, muchos temas colombianos dedicados al Carnaval que hacen que la ciudad sea la más cantada de Colombia. Aquí vuelvo de nuevo a Te olvidé; aunque no niego su valor, me parece que no simboliza del todo bien, lo que es el Carnaval de Barranquilla. Mi gusto va más por el tema de la orquesta del músico cartagenero Álvaro Cárdenas Román, titulado Fiesta en Barranquilla, porque al fin y al cabo,

Carnaval de Barranquilla

Carnaval de mis amores

Fiesta de luz y alegría

Con derroche de colores”.

Twitter: @swhelpley, @OpinaElDiablo Facebook: Samuel Whelpley

(Imagen tomada de http://www.hojobarranquilla.com/)