Cada vez me decepciono mas de las redes sociales. Si bien no me gusta participar en los debates políticos y discusiones que se arman en Facebook, y en menor medida en Twitter, sí añoro cierta altura intelectual que al parecer es escasa en estos días. La lógica no convence más que la emoción, incluso entre gente educada. Un argumento bien construido aburre más que impresiona, hace parecer arrogante o satisfecho de sí mismo a quien lo expresa. Al final, una broma es más efectiva que una estadística.


Además, resulta muy difícil decir la verdad en público, al menos cundro se trata de ciertos asuntos. El feminismo es un ejemplo de ello: cualquier critica que se le haga siempre será atacada como una muestra de agresión machista. Si alguna mujer considera excesivo el feminismo de otra, será acusada de defender el heteropatriarcado, y de ser una retrógrada machista mujer. Los derechos de los niños es otro caso. Hable de aborto, matrimonios gais, el derecho de los homosexuales a adoptar, y no tendrá razones para argumentar sino disparates emocionales. Los derechos de presos y antiguos presos a reconstruir sus vidas, el derecho al olvido, otro. Ponga el tema en una red social y si tiene muchos amigos, degenera en pelotera.
Entre los argumentos que se esgrimen en estas discusiones sin fin, que son retóricamente muy efectivos pero de dudosa validez intelectual, está atacar al mensajero en vez de concentrarse en el mensaje, en el argumento de igualdad (sí, él lo hizo, pero mi contradictor también), o que “mientras tú no lo hayas vivido, no puedes entender cómo se siente”. Al final son falacias. Los médicos saben que la última expresión es usada por un adicto para excusar sus actos, a si mismo, o culpar a los demás. ¿Qué tal: “tú no eres mujer”, para descalificar un argumento? Útil, pero falaz.
Es una gran obviedad que nadie vive la experiencia de otros, y que cada cosa experimentada, por similar que sea, tiene un mundo de diferencia con las demás. El inconveniente es que no puede ser motivo de excusa. En alguna parte debemos hacernos una idea de la experiencia para juzgarla. Debemos tomar una decisión, para definir lo que es bueno o malo. Pero eso no parece existir en las redes. O se es bueno, o se es malo.
Hablar de política en las redes es un ejemplo de la división del mundo en buenos y malos. Se descalifica al contradictor por su apoyo a cierto candidato, se reparten memes de lado y lado, pero nadie analiza lo bueno o malo de sus propuestas. La antipatía, el sentimentalismo, el buen corazón priman sobre el sentido. Hace poco, con motivo de la consulta liberal, se alzaron voces como las del presentador Jota Mario Valencia, quien en su programa apareció criticando el excesivo costo de este procedimiento, hablando de necesidades mas urgentes en salud, educación, infraestructura, e insinuando posibles torcidos. Todo ello mezclado con llamados a la vergüenza, a la indignación fácil.
Efectista para el aplauso, pero falaz. Una serie de falsedades por comparación, retóricas, vacías, pero eficaces. Antes se limitaba a la plaza pública: discursos veintejulieros los llamaban. Hoy, con las redes, hay una proyección no esperada de las opiniones expresadas. La recua de idiotas de las que habló Umberto Eco. En el caso de la consulta, no hay forma de saber si ese dinero se usaría mejor, en digamos alimentar los viejitos, los niños desnutridos en la Guajira, o mejorar el sistema de salud. Eso sin contar el tema político: si nuestra democracia es dizque participativa, ¿cómo se le pregunta al ciudadano sobre temas que le interesan y le afectan? Si fuera solo dinero, por razones económicas no se harían los referendos, las consultas, los plebiscitos o las revocatorias. El país estaría abocado a una política a dedo, de encuestas, de “el que dijo…”, convenciones partidistas y negociaciones de pasillo donde unos pocos deciden por todos, que también serían criticadas.
Pensándolo un poco, te das cuenta de que la indignación de Jota Mario es una solemne tontería sentimental llena de buenas intenciones que se queda en la superficie, como Narciso, que ve su imagen en el estanque, pero no ve lo que hay debajo. Nuestra imagen es hermosa, perfecta, pero solo la vemos a ella. Al final, no nos ponemos en el lugar del otro. Es nuestra verdad, y quién si no yo para saber de su certeza. Como muchas cosas en las redes sociales. Como muchas cosas en nuestro país.
Nos hemos inundado de un mar de basura informativa que nos está ahogando y no nos permite ver los diferentes tonos de azul que tiene el cielo. Empobrecedor. Más aún, si Jota Mario es el faro de nuestra indignación. Triste. Quien escucha el ruido de su tiempo, no escuchará su música.
 
(Imagen tomada de www.canalrcn.com)