Se ha vuelto un lugar común asegurar que el expresidente Uribe convenció a la mitad del país de que la paz -"la tan anhelada paz", como la llamaba antes, en otra muestra de lugares comunes, hasta el telenoticiero de RCN-, de que la paz, digo, o el final de la guerra entre el Estado colombiano y las FARC, para sonar menos utópico, no era la mejor salida para la hasta hace poco invivible situación del país.


"La paz sí, pero no así", pregonaba eufemísticamente Uribe, y muchos veíamos allí su influencia nefasta sobre la gran masa que lo seguía -y que aún lo sigue-, porque, a diferencia de él y los suyos, sabíamos que sólo cediendo un poco en la mesa de negociaciones se podría acabar con la guerra: así se acaban estas guerras. Sin embargo, me parece que ha llegado el momento de reevaluar ese lugar común, y de repensarlo todo: quizás Uribe no sólo esté sobrevalorado como político, sino también como manipulador de masas.
Para explicarme permítaseme primero hacer una radiografía de la opinión de muchos: Colombia, que venía por buen camino gracias a la línea dura de un presidente de armas tomar, está viendo comprometida su viabilidad por culpa de un maniflojo mandatario cuya obsesión siempre fue ganarse el Premio Nobel de la Paz y que, aparte de darle demasiado juego al comunismo -a cuya ideología parece ser afín-, les ha perdonado delitos terribles a elementos de la subversión, al mismo tiempo que ha ayudado a desgraciar a unos militares que sólo cumplían con su deber. Por otro lado, su administración deja una economía en crisis producto de los crecientes impuestos -el IVA en particular- que frenan el consumo y afectan por igual a comerciantes y a consumidores.
Bien: créase o no, el anterior párrafo así como puede referirse a la situación actual de Colombia también puede hablar, sin necesidad de cambiar una sola coma, de la que se vivía aquí mismo a mediados de los 80, cuando el presidente era Belisario Betancur y el país se embarcaba en su primer intento serio por sacar adelante un proceso de paz.
Durante esa época, también como ahora, asumió el poder un presidente convencido de que la repetitiva fórmula de las balas no conduciría al final del conflicto armado, de que junto a las condiciones subjetivas de la guerra (odios, ideologías opuestas, venganzas) coexistían unas condiciones objetivas, que constituían la verdadera materia prima que permitía su perpetuación: la enorme brecha en la distribución de la riqueza, las armas como única alternativa de empleo, las paupérrimas condiciones de vida de grandes sectores de la población que no tenían acceso a educación, vivienda, salud ni servicios básicos.
Y también por esos días veníamos de un gobierno autoritario, el de Turbay, que no sólo desaparecía y torturaba en caballerizas a todo aquel que no estuviera recogiendo café (los falsos positivos de la época), sino al que se le perdonaba incluso el "no disminuir la corrupción a sus justas proporciones" con tal de que exterminara a la plaga subersiva. Es decir, a todo el que pensara diferente: hasta García Márquez tuvo que escapar a México.
Pero hay más: no sólo a Betancur, al igual que a Santos ahora, se le señalaba como una ficha del comunismo, sino que también sonaba entonces como probable ganador del Premio Nobel de la Paz, lo que enfurecía a muchos. Y mientras algunos militares de aquella época -que sólo estaban "defendiendo la democracia, Maestro"- fueron procesados por la Justicia Colombiana, como cualquier Rito Alejo del Ríi de hoy en día, un buen número de guerrilleros se beneficiaron del indulto concedido por el gobierno.
Finalmente, recuerdo como si fuera ayer el acrónimo con el que la inventiva popular saludó la extensión del IVA a minoristas y consumidores que decretó la administración de Betancur, un impuesto que hasta entonces sólo gravaba a importadores y grandes productores: I(mposible) V(ender) A(sí). Y también recuerdo el apodo con el que se bautizó al propio presidente: Pascual Palacio: Pascual (¿cuál paz?), Palacio (porque "dejó" que se tomaran el Palacio de Justicia).
Es fácil notar que las diferencias son pocas entre las dos situaciones. Podríamos, incluso, incluir las visitas papales que se dieron en ambos momentos, y que despertaron, tanto ayer como hoy, un desproporcionado fervor religioso basado en la doctrina cristiana del amor y el perdón que nunca experimentó el menor reflejo en la vida real.
De modo que ya, hace 30 años, le habíamos dado la espalda a la paz, ya habíamos opinado y actuado bajo el influjo de disparatadas teorías conspirativas y de la propaganda negra, ya los políticos a quienes siempre habíamos identificado como los culpables de gran parte de nuestros males habían tenido la habilidad de desviar la atención hacia algunas de sus víctimas menos sumisas, ya habíamos estado dispuestos a perdonar los peores crímenes de esos mismos políticos pero no los de quienes se les rebelaron, ya habíamos linchado políticamente al hombre que intentó cambiar nuestra sangrienta historia, ya habíamos consentido pagar para sostener la guerra unos impuestos que se nos antojan inadmisibles para mantener la paz. En fin: ya habíamos demostrado que lo parece gustarnos, desde y para siempre, es matarnos los unos a los otros.
Es todo lo anterior lo que me lleva a afirmar que quizás Uribe no sea, después de todo, el genio manipulador de masas que muchos creemos que es, porque por lo visto él no hizo nada nuevo. Él sólo le puso una cara popular, con su siniestro disfraz de campesino millonario incluido, a lo que antes ejecutaban desde las sombras y de idéntica manera unos entes fantasmagóricos.
Unas 'fuerzas oscuras', como las llamó Vigilio Barco, el sucesor de Betancur.

(Imagen tomada de http://1.bp.blogspot.com/)