Me parece que mi afición a las biografías raras es culpa de la vieja historia griega de Eróstrato. Eróstrato fue un pastor de Éfeso empeñado en que su nombre pasara a la posteridad, y quien no se le ocurrió mejor manera para lograrlo que prenderle fuego al templo de Artemisa en Efeso, una de las 7 maravillas del mundo antiguo.

Después de mandarlo a ejecutar, el rey persa Artajerjes, enterado de su anhelo, ordenó que su nombre fuese borrado de cualquier inscripción y, so pena de muerte, prohibió que lo mencionaran. Pese a todo parece que Eróstrato al final se salió con la suya lo que, entre otras cosas, hace que esté yo ahora escribiendo esto.

Hace poco, navegando por  la Internet (en mi caso habría que levantar un altar a San Google en alguna parte por los momentos placenteros que me ha brindado), me enteré de que hay una enfermedad llamada “complejo de Eróstrato”, una de cuyas variaciones preocupa bastante a las autoridades y policías de mundo, dado que quienes lo sufren parece que tienen la tendencia a asesinar personajes famosos para conseguir los 15 minutos de fama que nos prometió Andy Warhol; esto es, a coger por la calle de en medio de la peor manera posible, como cierta propaganda de TV.

Tampoco nos debería de extrañar; en esta realidad nuestra en la que las niñas ya no quieren ser princesas, sino estrellas de cine o televisión (el famoseo nacional, como dicen en España) a la manera de Paris Hilton o Kim Kardashian, no tendría nada de extraño que el resto de la humanidad, el mundo de los pocos agraciados o desventurados, el asesinato sea la manera de conseguir rápido sus 15 minutos de fama.

Buenos ejemplos de esto (del síndrome de Eróstrato en su versión asesina, no en la tonta de la telerrealidad) serían Mark David Chapman, el asesino de Lennon (qué manía de culpar siempre al pobre Salinger). John W. Hinckley, quien atentó contra Reagan para llamar la atención de Jodie Foster (y aquí culparon a Taxi Driver). Samuel J. Byck, un desempleado vendedor de neumáticos de Filadelfia, que un buen día de 1974, en un alarde de anticipación a su época, decidió estrellar un avión de pasajeros contra la Casa Blanca para eliminar al que, según él, era el símbolo de la podredumbre del sistema americano, Richard M. Nixon (no hay que negar que la elección era excelente). A Byck le salió mal la “erastrotada”, mató a un policía y al copiloto del avión que pretendía secuestrar y, asediado, se suicidó; y lo habríamos olvidado de no ser por la película protagonizada por Sean Penn (sí, el del Chapo) titulada El Asesinato de Richard Nixon, en 2.004. Pero sin duda, es Andreas Lubitz quien por desgracia se lleva las palmas: frustrado por sentir que era un don nadie, le dijo a una novia que haría algo que “haría que la gente hablara de él”. Vaya que lo logró y en el camino se llevó la vida de 156 personas estrellando un avión en Los Alpes.

Todo ello hace reflexionar sobre lo que es la fama, el pasar a la posteridad. Se supone que a menos que hayas hecho algo grande o memorable, al final solo te recordarán tus familiares y seres queridos, y tu recuerdo morirá cuando ellos ya no estén. Hay quien no soporta esa idea y termina acercándose peligrosamente al límite que separa la excentricidad de la locura.

Un ejemplo de lo que digo sería Joshua Norton, su majestad Norton I, primer (y último) emperador de los Estados Unidos de América y protector de México. Recuerdo haber leído en mi infancia una viejísima Selecciones donde hablaban de este personaje. Norton fue un comerciante de San Francisco que acabó en la indigencia y se paseaba por las calles de su ciudad con un uniforme sucio y un sable. Nadie sabe si víctima de la locura sobrevenida a raíz de la pérdida de su fortuna o más bien como forma de sobrevivir con dignidad a la miseria. El caso es que hasta su muerte, sucedida en 1880, no solo contó con el afecto y el respeto de sus conciudadanos, que acudieron en masa al funeral,  sino que llegó a tener su propia moneda y a decretar la disolución del Congreso de los EEUU (que, evidentemente, ni se enteró de que estaba disuelto). Hoy, aparte de su locura megalomaníaca, hay quienes le reconocen su visión futurista. Fue uno de los primeros que sugirió la construcción de un puente sobre el Golden Gate. Fue, por cierto, inspiración para el personaje de El Rey, en Las Aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain.

Otro personaje igual de fantasioso, pero con auténtico talante de sinvergüenza, fue James Addison Reavis, quien hacia 1.880 declaró ser heredero de títulos  españoles de tierra en el área de Tucson, Arizona, y logró que el gobierno le reconociera esos títulos. Se proclamó a si mismo, Barón de Arizona, y para no afectar los derechos de sus "súbditos" se limitó a cobrar una modesta contribución a ellos. Claro que eso le dio para vivir a cuerpo de rey durante varios años, hasta que su elaborada superchería fue descubierta por funcionarios del gobierno y pasó 2 años en la cárcel por estafa. El resto de su vida la pasó en bibliotecas recordando sus viejas glorias.

Al otro lado del Atlántico, en Alemania, nos encontramos con Wilhem Voigt, zapatero remendón, perdedor consuetudinario, delincuente de poca monta, declarado homosexual, que en 1906 había pasado más de veinte años en prisión. Ese año, vestido de capitán prusiano, detuvo en las calles de Berlín a un pelotón formado por diez soldados de la guardia que volvía del relevo, con los que cogió un tren hasta la cercana localidad de Kopenick. Una vez allí, arrestó al alcalde y al cajero del ayuntamiento y les obligó a entregarle los 4.000 marcos que contenía la caja fuerte. A continuación ordenó a su escolta que trasladaran a los dos “prisioneros” a Berlín para ser interrogados por el jefe del Estado Mayor del Ejército Imperial, mientras él salía orondo, con su botín tan fácilmente obtenido, a darse la gran vida. El robo fue muy celebrado entre sus conciudadanos (lo que muestra que hablar mal del gobierno no es algo nuevo ni particularmente reciente), aunque poco después nuestro “capitán” fue detenido y condenado a 4 añosde prisión (sí, el crimen no paga). Sin embargo, a los dos años estaba otra vez en la calle en medio del regocijo general, gracias a un indulto del mismo Káiser (o tal vez sí...). Desde entonces Voigt se convirtió en una atracción de circo que recorrió media Europa y parte de América; contando la historia del “Capitán de Kopenick” en una novela ganó lo suficiente para retirarse, y además es un personaje inmortalizado por varias obras literarias (al igual que Norton I) y una película de 1956 muy famosa (Capitán de Kopenick).

Un personaje, este sí sacado de una novela de Rocambole, es el falso Conde de Santa Helena, quien, en los tiempos de la Restauración Borbónica (1.817), durante una revista militar fue identificado por un antiguo galeote con la siguiente frase: "Tú eres Coignard, el forzado, mi antiguo compañero de cadenas". El imposto resultó ser Pierre Coignard, exsoldado y antiguo prisionero de las galeras, que se había evadido del penal y huido a España, donde conoció a una muchacha que fue amante del verdadero conde, y gracias a ella asumió su papel con gran éxito. Regresó a Paris y alcanzó a codearse con la corte de Luis XVIII, quien lo cubrió de honores. Tenía en su casa un taller para robar a sus visitantes y así sostener su tren de vida. Descubierto, fue condenado a trabajos forzados de por vida, hasta su muerte en 1.836.

Luego está la otra cara de la moneda; me refiero a personajes que han sido reconocidos hasta hace poco, o bien nunca quisieron la inmortalidad o, al menos, seguro que no de la manera en que la llegaron a conseguirla. Entre los primeros, por ejemplo, está Georg Elser, carpintero alemán que en 1939, en un arrebato de visionaria lucidez, decidió asesinar a Adolfo Hitler para evitar que siguiese la guerra, cosa que no consiguió, pero sí su encarcelamiento y ejecución en 1945, ya a punto de ser liberado. Elser hasta hace poco era un completo desconocido para sus compatriotas, que hoy le consideran un héroe.

Otro que no quiso ser famoso, ya en esta Colombia de locura, es el Subintendente Pinchao, quien en un arrebato de desesperación, se voló de los guerrilleros y logro huir después de 10 días de fuga. Solo su familia y algunos amigos sabían que estaba secuestrado. No quiso ser héroe, solo la libertad. Hoy lo vemos mostrando sus dotes de bailarín en un programa de televisión. En su caso, ya son 30 minutos de fama.

Y sin embargo, en la mayoría de los casos citados, se trata de historias de personas normales y corrientes, carne de cañón, peatones o testigos de la historia;  de hecho, muchas de las vidas que han llegado a nosotros por casualidad, dicen más de la época que les tocó vivir que las noticias de su época. Hoy sin embargo, lo que parece abundar son las noticias de nuestras vidas en las redes sociales. Pareciera que todo el mundo tiene su blog, facebook, instagram, twitter, tumblr o cualquier red social parecida. No sé si todos los registros llegarán al futuro; en cualquier caso un exceso de “Eróstratos” con 15 minutos de fama puede hacer un retrato más fiel de nuestra época, pero al menos no será aburrido. Aunque el exceso de información llega a cansar, a veces se encuentran  cosas interesantes que pueden dar para escribir una nota como esta.

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