¿Que harían ustedes si les dijera que el sismo que sacudió a México hace dos meses fue producto de una rabieta de Tepeyóllotl, el dios azteca de los terremotos, porque no obtuvo el sacrificio humano que esperaba? Pues, ¿qué más?: se reirían de mí porque ya se demostró que ese tipo de eventos telúricos son producidos por una variedad de causas, que van desde la caída de meteoritos, pasando por la liberación de enormes cantidades de energía acumulada en la corteza terrestre consecuencia de actividad volcánica o tectónica, hasta la explosión de bombas nucleares.


Eso lo sabemos ahora, del mismo modo que entendemos que el agua evaporada de los océanos se condensa y forma nubes, hasta que bajo ciertas condiciones de presión, humedad y temperatura finalmente se precipita en forma de gotas de agua. Llamamos lluvia a ese fenómeno atmosférico. Antes, sin embargo, no existía la ciencia necesaria para describirlo, y la gente tenía que inventar dioses de la lluvia. Entonces los nahuas crearon a Tláloc, los mayas a Chaac, los zapotecos a Cocijo, los mixtecos a Dzahui, los totonacas a Tajín… 
Y aquí podría quedarme toda la vida y no terminaría, porque la anterior es nada más una ínfima muestra acerca de apenas un aspecto de un sólo fenómeno de una época determinada de la historia conocida de una región bastante limitada del planeta. Dioses de la lluvia a través de la historia (para no hablar de la prehistoria) ha habido casi tantos como gotas han caído del cielo. Y también de los vientos, y de los mares, y del fuego. Y de todo lo que se nos ocurra. Hasta los borrachos tenían su propio dios en la antigua Grecia. Bueno, no ellos exactamente, pero sí el vino que se tomaban, aunque quién quita que ellos también: se dice que nada más los romanos pasaron de treinta mil dioses. Ellos solitos.
Eso, repito, lo sabemos todos. Lo hemos estudiado en el bachillerato y en la universidad, y por lo tanto estamos enterados de que no hay tal tal Ra al que haya que erigirle templos para que no deje de salir a diario, sino que eso brillante que nos alumbra durante el día es en realidad una enorme bola de hidrógeno que se fusiona constantemente hasta producir helio, que además está relativamente quieta en el espacio y que somos nosotros quienes giramos en torno suyo.
Sin embargo, pese a que sabemos todas esas cosas, es asombrosamente común que personas cultas e inteligentes resbalen cuando de sus propias creencias se trata. No hay que ser un genio para darse cuenta de que quizás 500 años más tarde los humanos de entonces verán nuestra explicación divina sobre el origen de la vida como vemos nosotros hoy la creencia chibcha de que ese satélite gris, esteril y perrateado por los sucesivos apolos que lo visitaron a finales de los 60 era un dios llamado Bachué o Chía.
Dioses y diosas se cuentan por millones, y no hay exageración en la afirmación. De hecho, ni siquiera las religiones supuestamente monoteístas terminan adorando a un solo dios: ahí está el cristianismo con sus tres personas distintas (para no hablar de la Virgen y de los miles de santos, beatos y ángeles, a quienes también se les reza y se les piden favores). Y hasta el judaísmo: a veces el adorado es Yaveh en el Genesis, pero otras veces es Elohim (el cual, además, cuando se manifiesta, habla en primera persona del plural, probablemente como reminiscencia del pasado politeísta de los judíos).
Las evidencias de que los dioses no son más que un invento humano son, pues, apabullantes. No vale la pena seguir citando ejemplos: derivaría en un ejercicio interminable. Que resulte en una idea incómoda, y que les cause profundo malestar -o terror, o desconsuelo- incluso a personas preparadas y lúcidas el hecho de que seamos los seres humanos quienes creamos a nuestros dioses -y no alrevés- es otro asunto, y no cambia para nada esa realidad.
Es curioso que esas personas sean capaces de reírse, por ejemplo, de las convulsiones que sufren en el templo los creyentes de alguna otra religión diferente de la suya, e incapaces de advertir lo ridículo y disparatado de sus propias experiencias religiosas.
Pero es todavía más curioso que esas mismas personas califiquen de arrogantes a quienes coincidimos con el profesor Richard Dawkins, que estuvo en Colombia hace poco debatiendo con el sacerdote jesuita Gerardo Remolina justamente acerca de la (no) existencia de Dios. Que cómo podemos afirmar que Dios no existe, se nos argumenta, si nadie sabe nada acerca de Dios. Tampoco sabemos nada acerca de avestruces invisibles, y no creo que se nos nos tilde de arrogantes si aseguramos que no existen. No veo la diferencia.
En todo caso, tampoco es que me moleste que cada quien crea en lo que quiera (que es otro de los comentarios que surgen en estos casos): quien quiera planear sus vacaciones en la playa ofreciéndole un banquete a Thor para que no llueva en determinadas fechas, en lugar de programarlas de acuerdo con el pronóstico satelital del clima, allá él o ella. Lo que me parece inadmisible es que en nombre de un ser inexistente se elaboren leyes que afectan la vida de todo el mundo: "¿Quieres la eutanasia porque no soportas los sufrimientos de tu enfermedad terminal? Pues aguántaletos, porque sólo Dios puede…". Que crean en lo que quieran, pero que no nos obliguen al resto a vivir como a ellos les da la gana.
Ese es el punto.