En uno de esos pasones que doy por las redes sociales antes de dormir, por poco no se me cayó el celular de las manos cuando vi a Piedad Córdoba -sí, Piedad Córdoba- dándole un beso, en medio de un ambiente bastante cordial, a Álvaro Uribe Vélez -sí, Álvaro Uribe Vélez-. Quedé sorprendido, no lo niego. Pero también quedé feliz. De hecho más feliz que sorprendido, si quieren total sinceridad de mi parte. Y de inmediato recordé aquella novela del argentino Manuel Puig, llevada después a la pantalla por Héctor Babenco, titulada El beso de la mujer araña.

La novela, a grandes rasgos (no la voy a contar ni a analizar aquí), trata de un par de presos que se ven obligados a compartir el mismo espacio -su celda común-, con todo y sus enormes diferencias: el uno es un subversivo vinculado a un grupo marxista y el otro un homosexual con inopinadas nostalgias del nazismo. Al final, los dos terminan no sólo tolerándose, sino incluso amándose hasta extremos increíbles de mutuos sacrificios. En realidad no sé por qué asocié las dos cosas, novela y beso de políticos colombianos, como si Piedad Córdoba tuviese relación con algún grupo subversivo de izquierda o Álvaro Uribe tuviera algo que ver con estrafalarios homosexuales fascistas. Nada que ver. Tal vez fue el hecho de que a pesar de sus diferencias se ven obligados a compartir el mismo espacio, el mismo país. O tal vez fue por el beso.

El caso es que a pesar de sus, a la larga, epidérmicas diferencias, Uribe y Córdoba -tal como los dos personajes de la novela de marras- se parecen más de lo que ellos y sus simpatizantes estarían dispuestos a reconocer. En ese sentido, el rasgo más importante sería cierto aire mesiánico que ambos se arrogan: de Uribe no hay que aclarar mucho, pues todos recordamos aquello del famoso articulito, aquello de la hecatombe, aquello de la encrucijada en el alma y, principalmente, el hecho de que todos padecemos -u obedecemos, depende- a diario los trinos de su cuenta de Twitter. De Córdoba no solo vimos en el pasado su empecinamiento en intervenir en liberaciones de secuestrados y actividades similares, pese a -por ese motivo- haber sido amenazada de muerte, sino que personas que han tenido un trato más cercano con ella me han confirmado sus delirios de ser una "elegida". Los dos, sin duda, están convencidos de tener una misión personal e intransferible por cumplir en este país.

El problema, claro, está en sus diferencias; cada uno representa una forma casi opuesta de solucionar el asunto más notorio que tiene Colombia: la guerra (el asunto, no el problema; el problema es la inequidad). Creo que no es menester ilustrar aquí cuál forma es la de quién, sino que más bien diré que esas diferencias que parecían irreconciliables, al parecer ya no lo son tanto. Dejaré a un lado el cálculo político de las dos partes -que probablemente lo hay- y me centraré en los hechos: dos enemigos jurados se encontraron y, más allá del saludo protocolario que obligaba la circunstancia, se mostraron explícitamente cordiales el uno con el otro.

Alguien me dirá que no sea iluso, que qué ingenuidad es esa, que los dos son un par de hipócritas oportunistas. Y tal vez sí. Quizás (no he mirado) ya hoy Uribe en su Twiter volvió a la carga con sus teorías absurdas, fabricadas a la medida de asustadizos niños pequeños. Y quizás Piedad Córdoba sorprenda pronto con alguna gratuita declaración salida de tono. Pero por algo se empieza. Para un tipo que se jacta de ser tan frentero, tan de una sola pieza como Uribe (y tal vez lo es en efecto; lo malo es cuál es esa pieza), probablemente le quede muy difícil asuzar de aquí en adelante a sus seguidores en  contra de una adversaria a la que él piropeó de esa manera tan directa, delante de todo el mundo, ese mismo día del beso: "Cómo estás de linda, pareces una quinceañera".

Por algo se empieza, digo, y empezar a tratarnos bien, a ser cordiales con los adversarios ideológicos, a no sólo tolerarlos sino también a demostrar cierto grado de cariño por ellos, tal como Molina y Valentín en El beso de la mujer araña, es un primer paso a la solución de esta otra guerra, más encarnizada, si cabe, que libramos lejos del campo. Esa que libramos aquí, en las ciudades, en las calles, en los supermercados, en las universidades y oficinas, en los bares y restaurantes, en las iglesias, en los clubes y redes sociales, y hasta en las primarias y bachilleratos. A tratarnos bien, tal como Uribe y Córdoba antes de ayer, cuando se estamparon un fugaz pero simbólico beso en la mejilla.

Alguien me dijo que incluso Piedad Córdoba le reclamó afectuosamente a Uribe no haberle respondido los muchos mensajes que le había mandado. "No he recibido ninguno, Piedad", me confía ese alguien que contestó el expresidente. Y al parecer, según la misma fuente, Córdoba le propuso en ese momento una reunión para hablar de la paz, del futuro de Colombia. A lo que Uribe reaccionó con un afortunado: "Entonces tenemos que encontrarnos, Piedad". Todo como si de un "date" se tratara, como si estuviesen ambos ilusionados y felices de verse, de conocerse.  Bravo por los dos. Aplaudo lo que hicieron. No de otra forma salimos de este infernal círculo vicioso. Y por esto, por todo esto que digo aquí, quedé sorprendido y feliz. Más feliz que sorprendido, repito. O mejor aún, quedé emocionado e ilusionado.

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(Imagen tomada de http://www.elcolombiano.com/)