En "palabras" del Quijote, a Enrique Peñalosa le ladran porque cabalga. ¡Y vaya que lo hace! Porque a ver, echemos memoria, ¿recuerdan ustedes cómo era Bogotá antes de la primera alcaldía de Peñalosa? Tal vez sí, tal vez no, aunque por el termómetro de las redes sociales y los innumerables memes en contra de la gestión de este alcalde (que lleva apenas un mes en su segundo periodo, luego de porfiar en varias oportunidades), yo me atrevería a decir que no, que se les olvidó, que conveniente y sospechosamente eso fue borrado del casete de la memoria capitalina en donde a duras penas de Peñalosa quedaron guardadas, y tal parece que para siempre, sólo críticas relacionadas con bolardos, losas, relleno fluido y tramullos jamás probados. Y no es que yo tenga memoria de elefante, no, ¡qué va!, pero a mí sí no se me olvida cómo era la Bogotá que me tocó padecer cuando aterricé en El Dorado en enero de 1994, con apenas diecisiete años.

Esta ciudad fría y gris, llamada coloquialmente “La Nevera” por los provincianos como yo, era literalmente una ciudad horrible. Horrible. Y no solo por el helaje o por la llovedera o por la inseguridad o por la gente tan distante e indiferente. Era una ciudad muy fea. Tenía las mejores universidades del país, sí; ofrecía mayores oportunidades a todos, cierto; brindaba una oferta cultural imposible de encontrar fuera de la única metrópoli colombiana, aún más cierto; pero a la hora de la verdad, una ciudad infinitamente agresiva y despiadada con propios y extraños.

Como el que no sabe es como el que no ve la embarré desde el principio pues llegué a vivir a Colina Campestre, un barrio muy alejado de mi universidad (Externado, plena Candelaria, centro); así que perdía, sin exagerar, cuatro horas diariamente en trasladarme entre el norte y ese barrio céntrico en donde nació la capital de nuestro país. Recién llegada, como no podía con el desespero (está bien, llámenme princesita), lloraba desconsolada en esos buses destartalados y pulguientos (la espuma y el forro de las sillas eran, ni más ni menos, nidos de pulgas chiquiticas, invisibles, que me dejaban llena de ronchas y con una piquiña insoportable y dolorosa por varios días seguidos).

Al mes de vivir en Bogotá parecía un perro enfermo de sarna, con decirles que tuve que llegar al extremo de fumigar la ropa antes de ponérmela porque no hubo poder humano ni divino que alejara a esos bichos de mí. Desde el día uno quise regresarme a Barranquilla con el rabo entre las patas, lo confieso, y si no lo hice, fue por orgullo, ¡porque vaya que Bogotá me la puso de para arriba! Ser un estudiante, o por lo menos uno de provincia (no puedo hablar por los demás aunque intuyo que todos estábamos en las mismas) era una pesadilla si no tenías carro. Y yo no lo tenía. No tenía ni computador, ahora mucho menos vehículo que me liberara de las pulgas o de los morbosos o del tedio o de las horas eternas en esos buses, busetas y colectivos infernales y hediondos. Sufrí lo indecible. Me manosearon, me golpearon, me robaron, y hasta me escupieron. Por el acoso y la incomodidad dejé de usar vestidos o minifaldas y empecé a desarrollar ojos hasta en la espalda.

Como lo que es susceptible de empeorar suele empeorar, muchas veces no encontraba transporte para la casa porque el barrio tenía una sola ruta, la E1, y me tocaba subirme entonces a unos carros piratas -aún mas cochinos que los buses "legales"- que parecían unos avispones oxidados en donde facilito podía uno contagiarse de tétano. Luego de dos meses de infierno me mudé a Chapinero para no enloquecerme, acortar distancias y facilitarme un poco la vida. Y sí, todo mejoró. Para un estudiante del centro nada mejor que vivir relativamente cerca de su universidad. Pero no crean que la pesadilla terminó, no, no lo hizo, pero por lo menos reduje el tiempo a dos horas embutida diariamente en el insuficiente, asqueroso e inhumano transporte público que ofrecía la ciudad en ese entonces.

La carrera del centavo era una cosa tan miedosa que recuerdo bien haber estado en varios choques por cuenta de la manera de conducir esquizofrénica de los choferes, quienes, al menor percance, se bajaban cruceta en mano, a discutir con el desventurado que hubiera osado atravesarse en su camino. Una vez estuve a punto de volcarme porque al señor conductor se le ocurrió la genialidad de acortar camino subiéndose, sin disminuir la velocidad, al separador de la Avenida Pepe Sierra como carrera 15 como si estuviera manejando en el patio de su casa o en su potrero. Y no había otra opción, era eso o eso, especialmente para la mesada que recibía, que a duras penas me alcanzaba para tomar uno que otro taxi al mes.

Así transcurrieron los cinco años de universidad. En ese tiempo nada cambió, porque con Mockus y su política de cultura ciudadana, sus payasos en las esquinas y en las cebras, su pirinola, su "todos ponen" y el famoso "uno a uno" para que, cuando se presentaran cruces trancados en esos en los que los de un carril y los del otro se ranchaban en no dejar pasar al vecino ni por el putas, aprendiéramos a ceder el paso y así fluyera el caos; la ciudad no dejó de ser lo que era. Tal vez aprendimos a comportarnos mejor, a mirar más las fallas propias en el espejo y menos la paja en el ojo ajeno, a ser menos cretinos, a amar más a la ciudad, a sentirla propia. Pero faltaba la otra parte, porque bien dicen por ahí que obras son amores. Desde mi punto de vista lo mejor que hizo Mockus fue no robarse la plata ni gastársela en maricadas. La guardó, la ahorró, cosa que Peñalosa, cuando llegó al gobierno de la capital en enero de 1998, supo aprovechar.

En el transcurso de esos tres años en que tuvimos a Peñalosa de alcalde (exceptuando el episodio de los moños horrorosos de Navidad) vimos renacer a Bogotá. De repente se convirtió en una ciudad modelo, en una ciudad bella que todos queríamos mostrar y de la que presumíamos como si fuera la más hermosa de las novias. Peñalosa recuperó el centro, el espacio público de aquí y de allá, modernizó y amplió andenes, construyó miles de metros de ciclorutas, llenó la ciudad de parques, de bibliotecas, de comedores gratuitos, acabó con El Cartucho. La lista de sus obras es larga y no dispongo de tanto espacio en esta columna para resaltarlas, pero lo que sí quiero recalcar es que si Peñalosa hizo algo por algún sector de esta ciudad, fue por el sur, por el sur y su gente.

Al darle vida a Transmilenio, un sistema de transporte que ha sido copiado por muchas ciudades en el mundo y que le ha valido a Peñalosa toda clase de reconocimientos a nivel internacional, la calidad de vida de los bogotanos más pobres, de esos que viven en los extramuros de la ciudad, mejoró del cielo a la tierra. ¿O es que ya se les olvidó qué era lo que tocaba hacer para ir a Usme, a Ciudad Bolívar o a Santa Librada, o cuánto tardaban los habitantes de esos barrios periféricos en desplazarse diariamente? Que ahora se pueda ir de un extremo al otro en poco más de una hora es toda una hazaña, ¿y saben por qué? Porque Transmilenio sí funciona. De lo contrario no habrían copiado ese sistema en ciudades con metro como Buenos Aires o Santiago de Chile. Y no sólo funciona, sino que además es un sistema viable desde el punto de vista de los numeritos, porque vean, como las obras se hacen es con plata y no con promesas ni blablablá, y teniendo en cuenta la variable costo-beneficio, los articulados cumplen la misma función de un metro pero a costos más bajos y más rápido, pues la construcción de las troncales y de las estaciones se da en mucho menos tiempo que lo que se tarda una obra de las magnitudes de un metro (casi todo el sistema lo construyó Peñalosa en su trienio, los alcaldes que siguieron a duras penas dieron para terminar dos troncales).

Esa es la purita verdad, por más antipática que le resulte a todo aquel que no entiende por qué diablos Medellín tiene metro y Bogotá, siendo la capital del país, aún no; lo cierto es que la gente hace filas y espera y espera a que llegue su bus porque ningún otro medio de transporte es tan eficiente en este momento como los articulados de Transmilenio, ninguno. Mientras los "no usuarios" del sistema nos desesperamos en los trancones cotidianos de esta ciudad -que ya se dan a toda hora, hasta en las supuestas "horas valle"-, los buses rojos andan y andan y andan. No podemos perder de vista tampoco que aquí, una ciudad cegatona a la hora de elegir a sus gobernantes, (recordemos que fuimos capaces de elegir a un encantador de serpientes ineptísimo y corrupto como Samuel Moreno), para construir una simple intersección han llegado a demorarse añales (ahí está como prueba el deprimido de la NQS con calle 94). ¿Se imaginan lo que tardarían en construir un metro esos personajillos por los que solemos votar, esos expertos en llenar plazas pero que a la hora de la verdad ni fu ni fa? No olvidemos ejemplos como el de la 94 o el de la 153 o el de la 26.

Veintidós años después de mi llegada a esta fría tierra 2.600 metros más cerca de las estrellas, dos episodios coincidieron: en este enero calentísimo de 2016 mi hijo mayor entró a la universidad y Peñalosa volvió a la alcaldía de la capital. Con todo y lo caótica que está la ciudad, porque no lo vamos a negar, está invivible gracias a la nula movilidad, a los huecos, a la escasez de vías; mi hijo no ha padecido ni la mitad de lo que yo padecí en mi época de universitaria. Les voy a contar. Este chico es un joven privilegiado, imposible negarlo. Uno que hasta este año empezó a coger bus porque a todas partes o lo llevábamos o se iba manejando o pedía un taxi. Pues resulta que este yupy, este peladito hijo de papi y mami, este estudiante de ingeniería civil de Los Andes, este cretinito que puede estar en una universidad absurdamente costosa sin necesidad de pedir préstamo, este chico de estrato cinco que vive rodeado de pinos y a quien lo despiertan los pajaritos en la mañana y no el bullicio de la ciudad, ha decidido por cuenta propia dejar el carro (una camioneta blindada que jamás tiene ni pico y placa ni día sin carro) parqueado en el garaje del edificio e irse a clases en “Transmi”. A él, como a la mayoría de millenials, no lo trasnocha para nada andar en carro. Y ahí es donde uno se da cuenta que algo definitivamente cambió, que el chip de las nuevas generaciones es otro, porque si hasta estos pelados de estratos altos están optando por no manejar y en cambio treparse a buses mucho menos cómodos que sus carros con aire acondicionado (tampoco nos podemos hacer lo de la vista gorda y decir que todo en Transmilenio es maravilloso, especialmente en horas pico en los que van teteados), la vaina pinta bien. Al principio le costó trabajo convencer al papá para que aceptara su decisión de dejar en la casa al carro, porque el papá, al igual que yo, tenemos en un pésimo concepto el transporte público de Bogotá y ambos, por experiencias pasadas, estábamos sumamente preocupados por la seguridad de nuestro hijo. Pero Daniel resolvió el problema con números, como buen ingeniero, y le dijo: ¿qué preferirías tú, llegar en treinta y cinco minutos a tu destino o en dos horas, gastar treinta mil pesos diariamente en gasolina y parqueadero o cuatro mil que es lo que cuesta un doble trayecto en los articulados rojos? La respuesta es obvia. Así que no puedo más que estar agradecida con Peñalosa. Sí, muy agradecida. Mi hijo llega a su universidad en tiempo récord y sin pulgas, algo que yo jamás disfruté a su edad.

Que no es perfecto, que tiene aún muchos lunares, que esos articulados a veces parecen latas de sardinas (¿cómo respiran los usuarios en esa espichadera?), que a ciertas horas las filas para entrar a algunas estaciones son aterradoramente largas, todo eso es tan cierto como que me llamo María Antonia. Pero no nos digamos mentiras, lo peor de Transmilenio no tiene nada que ver con el alcalde. Porque él no es culpable de lo más malo que pasa allí, ni de que la gente se orine dentro de los buses, o que promuevan descaradas colatones, o que bloqueen las vías para protestar porque sí y porque no, o que cojan a peñón limpio los ventanales luego de un partido de fútbol o de una manifestación "pacífica". Esas cosas son enteramente culpa nuestra, de esta sociedad que privilegia al vivo y tacha de bobo al correcto, de esta ciudadanía que no se apropia de lo público. De todo aquel que se queja destruyendo, no aportando.

Esperemos que pronto Mockus, que reculó y volvió a apoyar a Peñalosa, contribuya con lo que más sabe hacer y venga a educarnos, que bastante que lo necesitamos. Y deseo también que Peñalosa saque del mierdero a la ciudad y optimice el sistema de transporte integrado construyendo las troncales que faltan, mejorando las vías, haciendo otras y tapando el huequerío, a ver si por fin los dueños de carros particulares, que somos sin duda alguna gran parte del problema, nos animamos a dejar de una buena vez por todas el carrito guardado en la casa, como sucede en las sociedades avanzadas. De paso deseo, porque ajá, desear no cuesta nada, que limpie las paredes de tanto rayón mal llamado “arte”, que recupere el espacio público invadido por esa suerte de mercado persa que nos robó la posibilidad de caminar por los andenes en paz, y que haga, que por fin haga, lo que sus tres predecesores no hicieron ni supieron hacer en doce largos años. Y para eso toca dejarlo trabajar, especialmente porque ya demostró que es capaz de hacer posible lo imposible.

Ahora bien, si le vamos a seguir el juego a Petro, que como todo huérfano de poder se volcó a las redes sociales a trinar en contra de quien ahora ocupa su lugar en el Palacio Liévano (¿no se les parece mucho a Uribe?) para confundir y no para construir o para aportar, estamos es jodidos, porque lo que nos sumió en el desastre en el que nos encontramos actualmente no fue Peñalosa ni sus obras, y por eso no podemos ni debemos permitir que nos tapen los ojos de mierda con ese bombardeo mediático en contra de una gestión que apenas lleva un mes. ¿O es que a usted le parece bien que le creamos a esta campaña de desprestigio en contra de Peñalosa que lo único que pretende no es el bien de la ciudad, sino un objetivo mucho menos altruista: llevar a Petro a la presidencia de Colombia?

Por más que trinen y trinen en contra de Peñalosa los que justamente al gobernar no hicieron nada -o sí, hundir un poco más a Bogotá-; nosotros, sus habitantes, quienes la amamos con sus bellezas y sus lunares, no podemos caer en esa trampa, en ese juego sucio. Ningún análisis serio y justo se puede hacer en treinta y piquito de días. Para eso toca darle tiempo al tiempo, y por supuesto, a Peñalosa. ¿O es que creían que podía hacer milagros en par patadas?

La oposición es sana, es necesaria en una democracia, pero no este tipo de oposición que solo busca torpedear el progreso de Bogotá valiéndose de mensajes mentirosos en internet cuyo único objetivo es abrirle paso a la voracidad de Petro, un político que si de algo debe estar orgulloso, es de haber llegado siempre a donde ha querido "a pesar de".

Twitter: @NanyPardo, @OpinaElDiablo Facebook: María Antonia Pardo

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