“Espejos de metal, enmascarado
espejo de caoba que en la bruma
de su rojo crepúsculo disfuma
ese rostro que mira y es mirado…”
Jorge Luis Borges
 

En el que hoy me miro no es el mismo. El espejo de mi infancia tenía pecas marrones y lunares grandes y amarillentos en las esquinas, en los filos, como un papel al que le han quemado sus bordes. Ese afán de saber, de entender, de descifrar los silencios frente al cristal, de ahondar en mis grietas, en mis ranuras e imperfecciones, en mi cara y en mi cuerpo transformándose, mutando, me ha acompañado todos los días de mi vida. El espejo es el diario en el que consigno, paso a paso, la Metamorfosis de Kafka sin escribir ni una letra.


Frente al marco de uno de esos artefactos mágicos susceptibles a quebrarse, de esos que permiten el milagro de reflejarnos tal cual nos ven quienes nos miran, me ha gustado asomarme desde pequeña como quien se arrima a una laguna a contemplar lo de afuera para intentar desenmarañarse las tripas, eso que no se ve viendo, pero que se intuye presente, ahí. Paraba oreja con el ánimo de afinar el sentido de la vista. Y me oía viéndome cara a cara. Sonidos profundos, lejanos, susurros de mis adentros, pálpitos que palpitaban en lugares alejados del corazón, detrás del iris de los ojos, en donde se supone reside eso que llamamos alma.
A solas, en el baño y frente al espejo, me contemplaba tímidamente a los siete u ocho años intentando aprender a sonreír sin que aquello pareciese una mueca. El teatro, la careta, resignarse a salir al mundo con el disfraz matutino, el que nos permite subsistir fuera de casa, lejos de mamá. De niña me apenaban mis dientes enormes, como de conejo, y mis ojos de animal a medio hacer que no podían ser otra cosa que una mala broma de ese personaje dueño de todos los nombres, de ese ser amorfo, invisible, que juega a los dados con nuestras vidas lanzándolos, sin mucho cuidado y luego de soplarlos, sobre la mesa afelpada del azar. ¿Me habrían completado con orines y por eso quedé así, desteñida y medio chueca? ¿Me escupió un sapo como a Pinta, el perro criollo de la familia que quedó ciego de uno de sus ojos por las babas ácidas de un batracio, y nadie se atrevía a confesármelo?
Nada más silencioso que un espejo y nada más ruidoso y nada más revelador. ¿Cuántas veces al día me habré quedado ahí, frente a sus ojos, estudiando cada poro y cada fosa, calladita y queda, para escudriñar lo escudriñable? A veces me metía al baño a verme chupar dedo. ¡Qué ridícula me veía con un pulgar en la boca como una mensa poseída por algún espíritu primitivo! Pero es que así, abstraída en el limbo al que se va todo chupadedo, en ese trance, en esa otra dimensión, me oía mejor. Shhhhh… escucha bien, María Antonia, eres una astronauta.
En la adolescencia empecé a hablarle en voz alta sin apenarme. Era eso o hablar sola por la calle como loca de atar. Preguntas y respuestas iban y venían en la soledad del baño. Ocurría a toda velocidad, como una película que se te va revelando en la mente en cámara rápida. Cuestionarios interminables, dudas. Y lo otro también. Yo cambiando frente al cristal y el aluminio. La pipa de la infancia y las paticas flacas se habían ido y en su lugar, donde antes veía a una niña insegura, tímida y fea; surgió como de la nada el cuerpo de una mujer que empezó a gustarme.
El espejo fue benevolente en esos años en que las planicies empezaron a convertirse en redondeces, un buen amigo. Me empecé a querer frente a sus narices. Ya mis ojos no me resultaban tenebrosos, ya no le bajaba la cara al imprudente que insistía en indagar si veía bien o si era ciega por mi ojo bicolor, tampoco tenía complejos por mis tetas nacientes, pero sí por los pelos que me sobraban aquí y allá. Decidí quitármelos. Aprendí, viéndome al revés, a cortarme mechones, a rizarme y a alisarme el cabello, a ponerme moños y perendengues en las orejas. No a maquillarme. Pasé de temer lo que veía, a admirar a la mujer en la que me había convertido en contra de cualquier pronóstico. ¿En serio esta soy yo? Por un tiempo dejé de oírme en el espejo y opté por no contestar más preguntas ni cuestionarme demasiado ante esa prolongación de mis ojos. Era la época de buscarme en otros párpados, de mirarme más allá de mi reflejo. De validarme fuera de mis dominios.
Ni siquiera sé cuándo ocurrió. En un dos por tres el espejo empezó a caerme mal. La cita con él se volvió agreste, como encontrarse al despertar con un dedo índice acusador. Decidí usarlo para lo básico de la higiene, como cepillarme los dientes, por ejemplo. Atrás quedaron las sesiones psicoanalíticas y los juegos mentales. ¿Quién soy? Bah, eso ya qué. Pero cuando quería odiarme sí echaba mano de él. No tengo idea cuántas veces me torturé contándome estrías o viendo la evolución de barrigas que aparecieron de la nada y que a los meses se fueron. ¿Cómo no detestarlo si cada vez que me topaba con él me levantaba la ceja en señal de reproche? Secuelas de partos, de subidas y bajadas de peso, de cambios hormonales, de oscurecimientos y aclaramientos místicos, de fracasos, de expectativas en ruinas. De talla seis a talla cero y de vuelta a talla seis. Y así. La cinta métrica, la balanza, el descontento. Y el espejo ahí, en medio de todo, como ese amigo criticón y cruel al que, aunque lo desees, no logras sacar jamás de tu vida ni de tu baño. Tal vez lo más sano sea pensionar a los espejos de la casa mandándolos al cuarto de San Alejo junto a los trastos que dejan de servir para lo que servían. Por inútiles y crueles, por implacables. Porque tienen memoria de jirafa.
¿En serio me veo tan mal como me quieres hacer creer? Opté por pasar de refilón por su pared. Dejarlo ahí pendiendo de su clavo y de su chazo, pero restándole mi atención. ¿Para qué detenerme en esa otra yo cuya única función es hacerme sentir espantosa y perdedora? ¿De dónde te salió esta arruga, cuándo se te cayeron los cachetes? ¿Este pliegue junto a la boca lleva ahí días, acaso meses? No te estás cuidando lo suficiente, no te estás queriendo. Apenas tienes cuarenta y ya vas de capa caída. Estás vieja. Un solo descuido, una sola miradita de refilón, y otra vez la voz del espejo taladrando. ¿Te das cuenta de que en la calle ya te dicen señora? Y entonces lo obvio: la crema, el menjurje, la pócima milagrosa. Y el espejo en medio del desbarajuste, de la angustia, indicándome el lugar en donde untar para contener en sus justas proporciones a esa nueva grieta que amenaza con convertirse en el canal de Panamá. Ese bendito espejo que mira y hurga, que ya no tiene bordes echados a perder, pero que sigue siendo el mismo aunque no sea ya el mismo, pasó de ser mi cura confesor con dotes de psiquiatra y consejero, para transmutar, sin previo aviso, en mi inquisidor, en mi juez más severo. Hasta hoy.
A las seis de la mañana en punto, cuando entré a la carrera al baño a orinar como lo hago todos los días al despertar, me vi al espejo de rapidez y me vi. Nuevamente me vi. No solo la arruga del párpado, no solo el ojo abotagado luego de horas de mal sueño, no solo el pelo revuelto, ese paraco que anida en mi cabeza en las madrugadas frías, no solo las metas a las que nunca llegué ni los cientos de planes frustrados. No. Me vi. Vi a la niña astronauta. Estaba ahí, agazapada y sonriente en mis pupilas.

(Ilustración de Miguel Guerrero)