Uno de los derechos humanos mas negados es el acceso que todos tenemos al silencio. No me refiero al derecho de permanecer en silencio cuando se nos acusa de un delito, sino más bien al de no ser asaltado en todas partes por ruidos extraños e innecesarios.


El silencio es un lujo que desaparece. Yo amo el silencio. Mi mujer me preguntó cómo hacia para vivir en una ciudad como Barranquilla, donde el ruido parece surgir de las piedras. No supe qué responderle. Caminando por el centro de la ciudad, en medio de la interminable sucesión de ruidos de vehículos, vendedores callejeros promocionando sus productos, televisores mostrando el video de turno de su artista favorito, pensaba en ello, y me di cuenta de que no me altera si paso rápido por ahí. Quizás años de práctica y ruidos interminables me han dejado el cuero duro, o talvez – espero que no- un principio de sordera.
No todos aprecian el silencio, y parece que cada vez menos personas lo hacen. De hecho, creo que necesitan una especie de estimulación electrónica para concentrarse, y el silencio debe ser para ellos una tortura. Nunca he logrado entender cómo el contador de la empresa puede trabajar con los audífonos conectados al celular, oyendo -según me dijo- a Beyonce o el vallenato de moda por Spotify. No sé de contaduría, pero imagino que es un trabajo que requiere atención, y yo no podría hacerlo con un ruido de fondo que me distraiga. De hecho, yo, que trabajo en temas de diseño, requiero silencio para concentrarme en lo que estoy haciendo.
Imagino que las personas necesitan del ruido como evasión: su realidad es tan horrible que requieren de su propio ruido para escapar de ella. Al final, mejor tu propio ruido que el de otras personas, o del mundo a tu alrededor, que cada vez parece un peor lugar. El silencio es un lujo que ya pocos pueden permitirse.
Antes, en los hospitales había avisos que decían: SILENCIO POR FAVOR. Esto se ha vuelto redundante. Hoy, una sala de emergencias puede generar más ruido que el que hay en el exterior. Sin duda, parte de ese ruido es inevitable, pero otra parte no lo es. Cuando mi madre estuvo hospitalizada, pasó una noche en la sala de observación de urgencias y no pudo dormir, no tanto por la incapacidad o el temor que la embargaba, como por la interminable conversación de las enfermeras de turno. Durante la noche escuchó conversaciones sobre parejas, novios, disputas con la familia, asuntos aparentemente urgentes con los hijos, etc. Vino a descansar alrededor de las dos de la mañana. Me contó que no tenía fuerzas para protestar por el ruido. Mejor así: la gente a veces lo toma mal cuado se le dice qué debe hacer. Tuve una discusión con una enfermera por algo que pregunté por la salud de mi madre, y que me fue respondido con un cortante “eso es lo que ordenó el médico”, mientras seguía hablando por celular.
El ruido es, pues, una expresión de tristeza o de incomodidad; pensaría que las personas están desesperadas por convencerse a sí mismas de que se divierte enormemente cuanto más ruido hacen. Entre mas ruido, mejor lo están pasando. Las mujeres son peores que los hombres, o al menos sus voces son más agudas y penetrantes. Dios te guarde si pides que bajes la voz a un grupo de mujeres. En el mejor de los casos te sacan el argumento democrático de la mayoría: ellas son más y tienen derecho a vociferar, tú eres solo uno, por lo tanto, la mayoría gana. Si el paraíso de los musulmanes promete 72 mujeres a cambio de morir por la fe, no me pienso convertir al Islam, ni que me ofrecieran la posibilidad de tener 4 esposas. Prefiero arder en el infierno cristiano.
Estoy solo en casa y esta mañana fuí a desayunar a un Carulla. En esta época todo me parece más caro y quizás por eso el sitio estaba vacío. Como sea, tomé mi desayuno y pedí que bajaran la música de navidad que sonaba en los altoparlantes (entiendo que es un solo CD el que colocan, y lo repiten durante todo el día para tortura de los empleados que deben escuchar varias veces “Vamos, vamos pastorcitos, vamos a Belén”, entre otras tonterías). El administrador accedió a mi petición. Una persona, uno de los habituales que va a ese supermercado, me dijo: “Uy, no le gusta la navidad”. Le respondí que yo venia al Carulla a desayunar y no a escuchar música de navidad (de hecho, ninguna música, pero eso no se lo dije), y que si quería oír música de navidad iba a una novena. La expresión del individuo fue de: “Vaya, pero no es para tanto”.
Sí, sí es para tanto. Me gustaría proponer una ley que haga ilegal cualquier ruido transmitido de forma electrónica en presencia de quien no quiera escucharlo. Es impráctica, lo reconozco, y no progresará. Ahora que lo pienso, los ecologistas no tienen el ruido entre sus prioridades. Quizá se deba a que a ellos lo que menos les importa es el medio ambiente. Me toca pues resignarme, y pedir silencio, así sea sin ortografía.
 
(Imagen tomada de www.elafter.com)