Por Carlo Acevedo

Hace unas cuantas semanas, llegué con mi hija al centro comercial Buenavista 2, en Barranquilla. Eran las once y media de la mañana, más o menos. No me sorprendió para nada que no hubiera parqueaderos disponibles en el sótano. Estaba consciente de que llegaba en plena hora pico.


Di vueltas y di vueltas hasta que un vigilante, ya aburrido de verme pasar una y otra vez, asumo, me abrió un espacio que estaba restringido con un cono. Me pidió que volviera a acomodarlo antes de salir, eso sí.
Mi hija y yo subimos al segundo piso en ascensor, nos evitamos el tráfico peatonal y las caminatas para vitrinear que los arquitectos les imponen a los compradores. Ya en los pasillos del centro comercial, a ambos nos incomodó un ruido extrañamente familiar que venía del primer piso. Nos acercamos a los pasamanos. ¿Qué vimos? Dos grupos de filas y filas y columnas y columnas de gente sentada en sillas Rimax. Un pasillo los dividía. Alrededor, clientes entrando y saliendo con sus caras plenas, regocijantes, de zapaterías, tiendas de ropa, relojerías y supermercados que ni para qué nombrar pues tampoco se trata de hacer publicidad gratuita. Un cura bien peinado, de tez oscura y de aspecto joven oficiaba una misa. En dirección al supermercado con un nombre que rima con el de un elefante famoso de Disney (¿o de Fox?), un rudimentario altar católico improvisado. Una misa en un centro comercial. La palabra oxímoron le quedaba pequeña a la situación.
Pero, bueno, a quién se puede culpar. Después de tomar la eucaristía (no antes, eso sería demasiado), los feligreses tenían la posibilidad de pasar a comprar ese par de zapatos cuya adquisición habían estado posponiendo por pereza o porque quizás, solo quizás, no era tan necesario como se pensaba. Irse a comer una hamburguesa donde el famosísimo rey de las hamburguesas seguro que también figuró, entre muchos, como una opción tentadora. Gracias a la buena disciplina cristiana de asistir al rito litúrgico, cualquier capricho ahora estaba a solo unos pasos y a una transacción de distancia.
Jugada ganadora. Estrategia increíblemente hábil para desbordar las posibilidades de un espacio de tiempo que ya representa, en sí mismo, una debilidad para los clientes potenciales. Esquema comercial sin competencia. Mis aplausos. ¿Quién podría competir con Dios? Después de todo, Él solo les pide a sus fieles una hora a la semana.
Y es que, incluso sin ser creyente, el episodio dejó en mí una cierta resonancia bíblica, sobre todo en estas fechas especiales. Cuentan distintos evangelios que Jesús visitó el Templo de Jerusalén, santuario principal del pueblo de Israel. Una plaza de mercado se había instalado en sus patios. Cambistas, vendedores de palomas y hasta ganado, según los textos, dieron la bienvenida al llamado hijo de David. Sin siquiera mostrar un ápice de duda, Jesús rechazó aquel espectáculo de oportunismo, por no decir hipocresía. Todo aquel que hubiera estado comprando o vendiendo mercancías en la que él había bautizado como su casa fue motivo de su enojo. Bien señaló en el acto que el templo no debía ser ni más ni menos que una “casa de oración”, pero que se había convertido en una penosa “cueva de ladrones”. Los ánimos de los fariseos, quienes se lucraban de las transacciones y quienes sintieron envidia de la muchedumbre que seguía a Jesús y de las alabanzas que éste inspiraba, quedaron caldeados.
Éstos les ordenaron a algunos de sus discípulos que hostigaran a su enemigo y que generaran declaraciones turbias por parte suya. Si por lo menos una de éstas llegaba a afectar el orden del imperio, ya tendrían razón suficiente para entregarlo a la justicia.
Después de hacerle los debidos cumplidos al hijo de Dios (siempre hay que convencer al enemigo de sus propias capacidades), los agentes encubiertos le preguntaron lo siguiente, según San Mateo: “¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?”. Jesús, ni tonto ni bobo que fuera (no podía permitírselo en sus propios evangelios), preguntó que de quién era el perfil que se veía sobre la superficie de las monedas. Evidentemente, respondieron que el del César. Con una de las intervenciones que por su agudeza es una de las que más me han fascinado en lo poco que sé de literatura universal, Jesús concluyó, burlando el dardo venenoso de sus interlocutores, y aun conservando su integridad intacta: “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
Hoy, aproximadamente dos mil años después, en pleno 2017, un refrito del texto bíblico se vive en Barranquilla. Solo hace falta Jesús en la trama para que señale la sinrazón de que, semanalmente, se ofrezcan su carne y sangre entre letreros luminosos y cajas registradoras. Mi hija y yo, media hora después de ver al padre caminando entre las filas y filas y columnas y columnas de fieles, ya habíamos cambiado en cierta librería el producto que no necesitábamos. Volvimos a asomarnos desde los mismos pasamanos: todos, obedientes, apilaban las sillas Rimax que habían usado durante la última hora. En el centro comercial Buenavista 2, se concluía la hora de Dios.
Imagino las últimas palabras de aquel padre jovial y despreocupado: “Feligreses, podéis comprar en paz”.