Por Alonso Sánchez Baute
El crecimiento del mercado de cine porno ha sacado del underground la vida privada de sus protagonistas. James Deen es quizás uno de los más conocidos. De pasaporte británico, se trata de un joven de 30 años, sonrisa ingenua, ojos profundamente azules, 1.86 de estatura, delgadísimo y mejor dotado. Según lo retratan las publicaciones de farándula, es el tipo de muchacho al que “presentarías a tu familia con un anillo de pedida en el dedo”. Deen es idolatrado por el sector de mayor crecimiento de la industria: mujeres menores de 35 años (la Generación del Milenio). Lo aman porque, según afirman, “trata muy bien a las mujeres en todas sus películas”, es decir, lo contrario de lo que hace Nacho Vidal. Deen ha participado en más de 1.300 cintas; cobra, por una sola escena, US$200.000 (¡¡¡US$200.000 por tirar durante quince minutos!!!), y es de los pocos que ha hecho el cruce a Hollywood protagonizando una película independiente, basada en una historia de Breat Easton Ellis, al lado de Lindsay Lohan. Lohan, de hecho, fue su novia durante un buen tiempo.
Su última novia fue una actriz porno que se hace llamar Stoya, una chica alta y blanquísima como la porcelana, a quien los medios describen como “Una feminista muy ilustrada que colabora frecuentemente con columnas y ensayos para The Guardian, con títulos tan sugestivos como La metafísica de la felación o Las trampas de la monogamia”.

Durante cinco años, el noviazgo fue la envidia del gremio. La relación terminó “Por falta de fuego”. Dos años después, se conoce la causa: “James Deen me violó y me obligó a mantener relaciones a pesar de que le dije ‘no’ y entoné nuestra palabra de seguridad. No puedo sonreír cada vez que lo ensalzan”, dijo ella hace poco ante los tribunales. Lo que ocurrió -supuestamente-, ocurrió en la habitación matrimonial: ¿cómo logrará probar que, quien era su marido en ese momento, la violó? No hay testigos, ni pruebas, ni exámenes médicos que la respalden: es su palabra contra la de él.

Otras cinco mujeres también lo han denunciarlo penalmente afirmando que Deen abusó de ellas “en rodajes, fuera de cámara o en fiestas del gremio”. Son actrices que trabajaron con él en escenas de sadomasoquismo y dominación en las que, durante el acto, crudo y real, de la ficción, la palabra “No” no sólo se escucha con frecuencia, sino que, para satisfacción de los espectadores, incluso hace parte del mismo juego sexual. ¿Cómo estas féminas probaran el abuso? De momento no se sabe. Sin embargo, tanto Stoya como estas otras han ganado ya el apoyo de millones de mujeres de todo el mundo que se identifican con ellas.

Hace unos años, una película protagonizada por Jodie Foster llamó la atención sobre un tema parecido: la historia de una camarera joven y sola que, en una borrachera, es violada en un bar a la vista de otros. Cuando acude a la justicia para denunciar la violación, es tratada como una “buscona”. Su misma familia la hace a un lado. Hasta que aparece una abogada que le cree y, basada en el concepto jurídico “No es no”, consigue llevar tras las rejas no sólo a los violadores sino incluso a quienes animaron e incitaron la violación.

En Colombia acaba de suceder justo lo contrario: la secretaria privada del Defensor del Pueblo lo acusó de acoso sexual y una gran cantidad de mujeres salió a apedrearla. A pesar de que la víctima presentó pruebas contundentes, la discusión -tanto en medios como en redes sociales- se fue por las ramas: que habían sido novios antes y eso lo justifica; que él estaba enamorado y hay que perdonar el corazón de un hombre; que ella lo denunció por “rabona”, luego de que él le negara un cargo importante; que ella no es más que una resentida; que él es muy feo como para acosar sexualmente a alguien (con lo que las mismas mujeres mandaban el mensaje de que, si el Defensor hubiera sido buenmozo, el acoso estaría aceptado). Y así, otros “argumentos” parecidos se escucharon la semana pasada en el país. Lo curioso es que la mayoría de quienes señalaron a la víctima como culpable fueron precisamente mujeres. Una de ellas, incluso, dijo ante cámaras -encapuchada, para evitar ser denunciada por calumnia- que en realidad la maltratadora era la secretaria.

El primer mecanismo de la violencia es la invisibilidad, hacer creer que el problema en realidad no se dio. Sucede en el machismo, donde la mujer suele ser a la vez víctima y transmisora de ese mismo machismo. Algunas han sido educadas bajo la idea de que ser golpeadas es una muestra de amor, de que el acoso es un piropo y de que el abuso es un privilegio natural del hombre. Ellas se dejan llevar por miedo, por pudor, porque las reglas sociales así lo han implantado. El machismo lleva a millones de mujeres a padecer la violencia en silencio y el silencio hace cómplice a la víctima con su verdugo.

Por eso, como sucedió con la secretaria del Defensor, muchas prefieren atacar a quien “osa” levantar la voz en contra del tirano. Mientras tanto, el debate en el país continua al margen: ¿Cómo hacer para que un hombre entienda que, incluso durante la práctica sexual, cuando una mujer dice “No” es no?

Twitter: @Sanchezbaute Facebook: Alonso Sanchez Baute

(Imagen tomada de http://revistapetra.com/)