La proyección no es una predicción, y la predicción no es una profecía. De los tres, la proyección es la más fácil y más seductora. Es simplemente la extensión de una tendencia actual hacia el futuro, como si nada pudiera ocurrir para cambiarlo o detenerlo. Con esto, cada tanto se proyecta que ocurrirá una catástrofe que no ha ocurrido. En los años 70 del siglo pasado, con la crisis del petróleo por el embargo de la OPEP, el mundo se llenó de textos y libros que imaginaban un mundo sin gasolina. Los más alarmistas hablaron de que a fin de siglo nuestra humanidad, simplemente, debería vivir sin gasolina. La película Mad Max de 1979, imaginaba un mundo posterior a esta catástrofe en tono sombrío. No ocurrió así. El petróleo no se acabó, se desarrollaron nuevas técnicas de explotación, se descubrieron nuevos yacimientos, e incluso algunas naciones redujeron la dependencia de los países de la OPEP, reduciendo su relevancia. Ahora es al revés: vivimos en un mundo donde se nos dice que el consumo de combustibles fósiles amenaza nuestra sociedad. Documentales como Una verdad incómoda, fenómenos como el cambio climático, el efecto invernadero, o el agujero en la capa de ozono se achacan a nuestro consumo excesivo de combustibles fósiles. Si he de creer lo que leo, vamos hacia un desastre anunciado: aumento de la temperatura, descongelamiento de los polos, desaparición de ciudades costeras, etc.


Nos encanta proyectar porque creemos que sabemos hacerlo, y en ocasiones se obtienen resultados inesperados. Quienes proyectan presentan el panorama tomando lo que les conviene, lo sacan de contexto, e imaginan un escenario de catástrofe o de gran éxito. La mente ama lo dramático y sensacional, y huye de lo banal y lo ordinario. Hay algo en la desgracia de nuestros amigos que no nos desagrada del todo. Nadie cayó en cuenta de que la mayoría de las veces las proyecciones resultan erradas, porque generalmente se apoyan en un caso particular de crecimiento rápido que ha llegado al límite. Desde que Malthus dijo que la población crece de forma exponencial y la comida de forma aritmética, y, por tanto, la hambruna es inevitable, muchas proyecciones han fallado. Así, por ejemplo, si dicen que el aumento de personas que consumen opiáceos en EE. UU. es el problema de más rápido crecimiento en el país, tarde o temprano todos los americanos morirán por esta causa.
No todas las proyecciones son de desastre. Compré acciones de Ecopetrol cuando las transacciones se democratizaron porque según las proyecciones el precio del petróleo viviría años de bonanza y podíamos participar en ella. Así me lo vendieron, y durante un tiempo, fue así: las acciones se valorizaron hasta tres veces el valor de compra. Sin embargo, como en la historia bíblica de José, a siete años de grandes cosechas, vinieron siete años de hambruna. Hoy, mis acciones valen más o menos lo que costaron cuando las compré, y el panorama es tan incierto que me hace dudar si hice un buen negocio al adquirirlas. Nadie me dijo que el desempeño pasado no es garantía de desempeño futuro.
La predicción es otra forma de proyección, más científica, más estricta, pero también falible. Es anunciar un hecho futuro. Imagino que las predicciones científicas más estrictas suponen que el funcionamiento de las leyes naturales sean las mismas en próximos años. Una presunción que es probable es correcta, pero no mas allá de duda. Eso es variable, por supuesto: algo va de predecir la próxima aparición de Cometa Halley, a señalar que, dado el crecimiento del porcentaje de obesos, todos seremos gordos en los próximos años. En este sentido, solo queda conjeturar; si se hacen suficientes conjeturas, alguna de ellas será correcta. Así que si yo predigo que las FARC no sacarán más senadores que los que tienen señalados en el acuerdo, que la elección será ganada por un enemigo de la de paz, o que si triunfa la izquierda las cartillas que hacen gais a los niños se comenzarán repartir en las escuelas, aumentando la homosexualidad en la sociedad, alguna conjetura será acertada. Olvidaré las que fallaron y me felicitaré por las que acerté.
La profecía es otra predicción, pero mas grandilocuente. No se profetiza que mañana lloverá y se inundarán las calles de Barranquilla, o que por ser domingo la gente saldrá a pasear. Se profetiza sobre cambios a gran escala, sobre eventos dramáticos que afectan a millones, como terremotos, huracanes o la llegada del fin de los tiempos. Pero sus argumentos se basan en instintos, más que en deducciones. Así, por ejemplo, los profetas que anuncian la llegada del castrochavismo a Colombia y, por ende, años de filas y miseria interminables, apelan a sentimientos más que a hechos reales. El profeta apuesta duro, y si gana, se presentará como el salvador del mundo. Si fracasa, le espera la burla.
Al final, todo estaba escrito, o “todo puede ocurrir” si miramos a nuestro alrededor. Solo falta que lo interpretemos a nuestro gusto, irracional e instintivo. En estas épocaas de fin de año es fácil predecir que el año que viene morirá alguien famoso, profetizar alguna catástrofe y proyectar que el mundo, simplemente, será un peor lugar para vivir.

(Imagen tomada de www.abc.es)