Cuando el coronel Aureliano Buendía le ordenó a Gerineldo Márquez que se pusiera los zapatos y lo ayudara a terminar "con esta guerra de mierda", el narrador de Cien años de soledad comenta a continuación: "Al decirlo no imaginaba que era más fácil empezar una guerra que terminarla.". Se diría que tal observación es de una obviedad apabullante, y que sólo un hombre obsesionado con la guerra, como era el coronel, no podría llegar a tal conclusión. Sin embargo, basta echar una ojeada por las redes sociales para darse cuenta de que todavía queda en Colombia mucho Aureliano Buendía por ahí, buscando un pretexto para proclamar una nueva guerra, ahora que los fusiles están silenciados y la firma de la paz es casi un hecho.

¿De dónde vendrá esa obsesión colombiana con la guerra, con resolver las diferencias a físico plomo? No lo sé. Pero nunca deja de asombrarme cómo  puede haber gente a la que no le ha sido suficiente este baño de sangre de 50 años, y que en nombre de unas víctimas que sí están de acuerdo con la firma de la paz, estén dispuestos a votar por el No en el plebiscito, abriendo así la posibilidad de que empiece un nuevo conteo de víctimas. Absurdo. Casi criminal. Tampoco la excusa de la tal impunidad suena razonable, por simple relación costo-beneficio. Máxime en un país en el cual los niveles de impunidad llegan al 90%, y donde ya se han hecho procesos anteriores con resultados punitivos similares a los que saldrán de La Habana. El M-19 y los paramilitares son dos botones de muestra.

La verdad no creo que vaya a ganar el No, pese a que los planetas pareciesen haberse alineado para que fracase el Sí: la economía empezó a pistonear, la inflación se disparó, el dólar se trepó a las nubes, y el desgaste del proceso de paz ha hecho que el gobierno se vea rebasado en otros frentes, principalmente en justicia e impuestos. Esa mala imagen podría hacer que la gente confundiera la gestión de Santos con la oportunidad irrepetible de acabar una guerra -con lo difícil que es eso-. Con todo, confío en que llegado el momento se imponga la cordura sobre la demencial resistencia a que dejemos de matarnos.

Pero me preocupa toda esa otra gente que perderá en el plebiscito. Me preocupa la salud mental de todos esos Aurelianos Buendías que no hacen sino rumiar el día entero sus nostalgias bélicas. ¿Qué pasará con ellos cuando se firme la paz? Tal vez simplemente seguirán viviendo en su mundo de fantasías. Quizás vivirán de glorias pasadas, como aquella de la victoria aplastante que obtuvo su líder en el concurso televisivo del Gran colombiano. Tal vez continuarán sacando pecho con el hecho de que Uribe resultó ganador en una reciente encuesta que preguntó que cuál era el mejor presidente de los últimos tiempos en Colombia. Probablemente será así, como si no se dieran cuenta de que en política la única victoria posible se da el día de las elecciones, de que Uribe perdió, de que el presidente es Santos, de que lo será todavía por dos años y medio más, y de que ganar todas esas tonterías que gana Uribe equivale a ganar la Alcaldía de la ciudad de hierro.

A veces, con esas actitudes tan extrañas, los uribistas me recuerdan a Blanche, la protagonista de la obra de teatro Un tranvía llamado deseo, escrita por Tenesse Williams, aquella mujer madura que vivía anclada un pasado esplendoroso que se le había ido para siempre. Y no niego que todo eso sea una fuente de divertimento para mí: que cuando sale un meme en Facebook con la fotografía de Uribe y una leyenda que dice "Comparte si quisieras que él fuese al presidente" salgan en masa a hacerlo, me desternilla de la risa. Estos tipos definitivamente están enajenados, me digo a mí mismo.

Pero a medida que se acerca la hora del té, el momento en el que Uribe va a quedar como un mueble viejo, como un orate que habla solo todo el día en su Tuitter (lo del beso a Piedad Córdoba parece ser que fue una ilusión que me hice, a juzgar por sus últimos trinos), me inquieta qué vamos a hacer para lidiar con tantas personas que piensan con el deseo, que viven en una realidad paralela. ¿Van a colgarse un fusil y salir a combatir contra los fantasmas de una guerra que ya no da para más? ¿O, por el contrario, fieles a sus costumbres, van a hacer la guerra desde sus poltronas?

Si es esto último, que lo hagan, pero en algún momento alguien tendrá que revelarles la verdad: que ellos no son los fieros soldados que se imaginan ser; que lo que hacen desde sus dispositivos de internet se parece más a la confección de pescaditos de oro que hacía en su taller un acabado coronel Aureliano Buendía que al combate guerrero; que Uribe no gobierna ya. Que, por más difícil que resultase, la guerra por fin se acabó.

Va a ser como tener que decirle a un hijo pequeño que el Niño Dios no existe.

Twitter: @samrosacruz, @OpinaElDiablo Facebook: Pame Rosales

(Imagen tomada de http://tacuarembo.net/)