Barranquilla de tarde. Pleno aguacero. Un chorro cayendo de la canaleta del techo, raudo, feliz. Y yo, una niña barrigoncita en un vestido de baño enterizo azul, debajo de él, emparamada de la cabeza a los pies, con frío, dando brinquitos, gritando de alegría. En esa escena se resume lo más bello de mi infancia, el recuerdo más grato, los instantes más plenos. Podría añadirle otro “flashback" para redondear esa certeza tan arisca, tan rara vez sentida, de “tengo todo lo que necesito para ser feliz en este instante”, otra reminiscencia relacionada con la lluvia. Aconteció en la casa de mi abuelo materno en el barrio Ciudad Jardín, ya sin él, en el garaje del primer piso. Retal de mármol hasta la calle, en bajada, jabón, nosotros, los de siempre, los míos, los cuatro de toda la vida, deslizándonos una y otra vez desde el portón hasta casi tocar el arroyo que pasaba por el frente. Carcajadas. Mi hermano mayor y mi mamá abrazados luego de las lágrimas. La felicidad.

Por eso me sorprendí mucho cuando años más tarde, ya pasados mis veinte, hablé con una chica en Bogotá, también barranquillera, que jamás se había bañado en un chubasco. “Eso es de corronchos”, dijo enfáticamente. Y siguió con una retahíla de razones médico científicas para torpedear mi recuerdo de tantas tardes dichosas bañándome en aguaceros (inclusive a escondidas por mi asma recurrente). Que la probabilidad de que te caiga un rayo es altísima, que te puede llevar el arroyo, que la bronquitis y ene mil enfermedades respiratorias más, que esa agua es cochina pues lava las suciedades del aire, que es propio de gente sin cultura, sin educación, que es de irresponsables salir a la calle en esas condiciones atmosféricas, típico de padres que no cuidan a sus hijos como debieran. En fin, la chica en una orilla y yo en la otra. Mientras la escuchaba rezongar sentada en la palabra, me repetía: puedes decir lo que quieras, ¿pero a mí quién me quita lo bailado?

Hablando un poco más con ella descubrí que no le había pasado nada terrible que la llevara a pensar tan mal de algo que a mí, por el contrario, me transportaba a los momentos más gratos de mis primeros años (sólo comparables con la magia de leer). Era en realidad un prejuicio heredado, un odio preconcebido que pasó de una generación a otra en su familia, como por ósmosis. Lo que sucedió realmente fue que a su padre le dio pulmonía luego de caminar por horas durante un aguacero. A eso tocaba sumarle, además, que todo le ocurrió por desobedecer a su madre quien le había prohibido salir por el temporal. Casi se muere el señor cuando era apenas un muchacho, por travieso, por curioso, por seguir a Vicente como toda la gente. Así que jamás le permitió a sus hijos hacer lo que hacen la mayoría de los chicos de Barranquilla cuando llueve. Mi nueva amiga y sus hermanos se limitaban de niños a ver a los demás saltar charcos, desde la ventana, resignados, con un poquito de envidia y mucho de celos. La razón por la cual ella era una "grinch" de los chaparrones me había quedado perfectamente clara, nunca tuvo de otra.

Las mismas circunstancias, la misma ciudad, pero distintos aprendizajes, distintas experiencias, distintos recuerdos, distintas herencias. Eso es la vida. ¿Cuál de las dos tenía la razón? Supongo que ambas. Su recelo y su miedo son tan válidos como la convicción mía de que esos instantes me hicieron profundamente feliz. Mientras a mí la lluvia me generaba sensación de plenitud, a ella de desasosiego. Y con esas visiones diametralmente opuestas sobre algo tan simple y natural como ver llover, nos levantamos día a día, ella en un lado, yo en el opuesto. Interesante, ¿no?

Crecemos alimentando nuestras creencias más enraizadas, fortaleciéndolas, convenciéndonos de que estamos en lo correcto, de que tenemos la razón, de que la forma cómo nos criaron o cómo nos educaron fue y sigue siendo la óptima. Eso nos pasa especialmente en esferas en las cuales nos cuesta trabajo desligar la emoción de la razón, como por ejemplo la religión, el fútbol o la política. Es un truco de la mente, una manía, una especie de rutina selectiva que nos impulsa a favorecer, a privilegiar, a dar por cierta, la información que refuerza nuestras certidumbres e, inclusive, nuestros prejuicios. Y entonces nos rodeamos de personas que no pongan en riesgo nuestros cimientos, personas que, al compartir nuestros sesgos, no nos puedan confrontar. Y luchamos con uñas y dientes con las otras, con las que piensan distinto de nosotros, con esas que están “ciegas y equivocadas”. De esa misma manera nos informamos, seleccionando los datos que apoyan las convicciones propias y desconociendo de un tajo la información que hace tambalear todo aquello en lo que creemos. Podemos, inclusive, llegar al punto de convencernos de que las pruebas fidedignas que nos presentan y que amenazan con desestabilizar alguno de nuestros pilares, son montajes, obra de gente sin escrúpulos, fabricadores de complots, enemigos de la verdad.

Ojo al término, eso que nos pasa, a unos más que a otros para ser precisos, pero en últimas a todos en mayor o menor medida, se llama “sesgo confirmatorio” o “recolección selectiva de evidencia”. Por eso tenemos columnistas preferidos, por eso tenemos medios en los que creemos “per se” y medios a los que detestamos, por eso nos llevamos mejor con unos amigos que con otros, por eso nos casamos con algunos políticos como si fueran salvadores, mesías venidos del cielo que nos van a rescatar de tanto engendro que pretende destruir la tranquilidad de nuestra psiquis.

Ese prejuicio cognitivo es la razón por la cual políticos de orillas ideológicas tan opuestas, como Gustavo Petro y Álvaro Uribe -por mencionar solamente a los dos influenciados de opinión colombianos en los cuales el fenómeno es más evidente-, a veces nos resultan idénticos. Y es que las maneras que utilizan para mantener a su redil de seguidores son tan parecidas que francamente uno no entiende cómo es que el primero es de izquierda y el segundo, de derecha. El modus operandi es el mismo, el teflón del que ambos gozan es de idéntica resistencia e imperturbabilidad, sus creyentes se comportan igual, ofendiendo al contradictor, amenazándolo, amedrentando y desconociendo cualquier evidencia que indique que su líder miente, que esconde algo o que manipula, aunque, obviamente, en este punto tampoco se puede generalizar porque conozco a muchos defensores de Uribe y de Petro correctísimos y decentes.

Pero lo que sí no es discutible es que ambos líderes de opinión se volcaron a las redes sociales una vez quedaron viudos del poder con el fin de “informar” desde allí a toda esa millonada de personas que necesitan oírlos para reforzar las creencias que los dejan dormir tranquilos, en paz. Y ellos lo saben y lo usan y no nos dan ni un minuto de tregua. Y por eso trinan y trinan y trinan. No paran. Si para lograr sus objetivos deben hasta fabricar pruebas, lo hacen. Eso de utilizar fotos antiguas para pasarlas por nuevas como método para cuestionar el proceder del oponente es una estrategia empleada por ambos indistintamente. Ya sea la foto de un soldado llorando desconsoladamente (que ni siquiera  era colombiano), o la de un fotógrafo de prensa apaleado por unos policías durante una manifestación viejísima, la idea es exactamente la misma, es decir, el fin justifica el medio.

Ese tipo de argucias empleadas para mantener aceitadito el “sesgo confirmatorio” de la mente de todo aquel que haga parte del engranaje político de uribistas y petristas es cosa de todos los días. En estos tiempos de inmediatez y gracias al “boom” de las redes sociales y a esa tendencia nefasta de informarnos por memes vistos en Instagram o en Facebook o en Twitter, ha quedado en evidencia lo perversa que puede ser nuestra mente y lo fácil que es caer en manos de engatusadores, de políticos con mucha labia y muy pocos escrúpulos, de esa gente que nos manipula diciéndonos justamente lo que nuestra mente quiere escuchar. Sin desconocer las cosas buenas que, estoy segura, tanto Uribe como Petro tienen, es increíble que nada pase luego de que, sin pestañear, manipulan a sus anchas la mente de sus seguidores. Para rematar, una vez alguien los deja en evidencia, una vez les destapan la mentira que dijeron o el montaje que fabricaron o la manoseada de la cual son juez y parte, ellos, hábiles en el manejo de masas, simplemente guardan silencio o cambian de tema en el siguiente tuit. Y sus seguidores ahí, en pie de guerra, como si nada hubiera pasado, como si lo correcto fuera seguir sí o sí a la persona, sin cuestionarle jamás sus procederes e ideas.

Luego de este principio de año convulsionado algo nos ha quedado claro: Petro cada vez se parece más a Uribe. ¿Y sus adeptos? Lastimosamente también. Por ahí ya se acuñó la palabreja “petrouribestia” que no es más que una de esas maneras que tenemos como sociedad de sacarle punta a la realidad que nos desborda, burlándonos del otro. Pero si el término ya anda rodando por ahí es por algo, pues detrás del humor negro que nos caracteriza y de esa forma de darle palo, de restarle importancia a lo que mueve las entrañas del otro cuando no es lo que me mueve a mí, y de ser intolerante hasta la médula con todo aquel que piensa distinto -no en balde detentamos el Guiness Record como el país que disputa la guerra más antigua del planeta-, siempre hay aunque sea un tris de verdad. Se están pareciendo, el Petrouribismo nació.

Ahora, que nos quede bien claro, a un burro no le luce decirle a un conejo orejón. Sufrimos, todos sin excepción, de un sesgo que nos nubla el criterio, que no nos deja ver el panorama global. La única forma de contrarrestar esa necedad de nuestra mente acomodada es justamente leyendo, con la entendedera abierta y con lupa de ser necesario, a todos, a los que opinan como nosotros y a los que, por pensar distinto, nos desesperan, nos sacan la piedra. Especialmente a ellos. Tal vez así dejemos de ser tan bestias.

Twitter: @NanyPardo, @OpinaElDiablo Facebook: María Antonia Pardo

(Imagen tomada de http://www.las2orillas.co/)