La noticia me dejo pensativo. Cuando la leí, pensé que era una fake news, pero no, era cierta, y un enlace me llevo a la fuente. El departamento de musicología de la Universidad de Copenhague ofrecerá un curso sobre Beyoncé, ya que como señalan “El hecho de que el género y la raza hayan sido y sean parámetros clave en relación con la música popular ya no es controvertido, pero de qué manera, hasta qué punto y cómo analizar e interpretar en relación con estas categorías sigue siendo una discusión importante. En este curso, el punto de partida es que Beyoncé es una mujer negra del sur de América. ¿En qué medida esto es importante para entender a una superestrella global? Con referencia particular al feminismo negro, discutiremos la interseccionalidad, el feminismo (en su mayoría), los roles de la raza en diferentes contextos, y las relaciones entre el feminismo y la industria de la cultura popular (Beyoncé como CEO). Estas discusiones más teóricas estarán continuamente relacionadas con la obra de Beyoncé: música, álbumes, videos musicales, actuaciones.” No entendí nada, quizá porque ni el traductor Google puede explicar este galimatías.


No conozco la música de Beyoncé, pero si miro en internet encuentro que es más popular que Hitler o Donald Trump. Su popularidad es parecida a la de Justin Bieber, otro músico del cual soy completamente lego. Al final, sin importar lo que yo pueda pensar, ella y su música son importantes como fenómeno popular. Y también objeto de estudio: en universidades norteamericanas se ha analizado su obra, su vida, sus estrategias de marketing, por ejemplo.
Obvio que estudiar la cultura popular puede ser un tema importante en la academia, más en una época donde un cantautor puede ser premio nobel de literatura. Al fin y al cabo, llena la mente de las personas, moldea sus opiniones, da forma a sus ambiciones y ensoñaciones, y afecta su comportamiento. Un sociólogo o historiador social no puede darse el lujo de ignorar la cultura popular.
Hay otra forma de estudiar la cultura, y es, como dijo Spinoza, sub specie aeternitatis, bajo el aspecto de lo que es eterno. Es decir, si entiendo bien, desde el punto de vista de lo que es intrínsecamente valioso. No todo lo popular es malo, pero su contrario también es cierto: no todo lo popular es bueno. No se estudia a Cervantes porque era popular en el Siglo XVI, o porque Shakespeare era un dramaturgo de éxito en el Londres isabelino. Los estudiamos porque hablan de manera hermosa y profunda a todas las generaciones, y quizá al futuro que no conocemos. Pero a la vez estudiamos la literatura colombiana, del siglo XIX, no porque fuera buena, sino porque nos dice algo de la sociedad de la época y sus mentalidades. Al final, por muy anticuados o malos que nos parezcan los textos, entendemos que ayudaron a la formación de nuestra cultura y sabemos que hay algo valioso en ello.
Son dos formas de estudiar la cultura, que a veces se superponen. Estudiar Cien años de Soledad o La Ciudad y los perros, y su tiempo, son ejemplo de ello. Pero pareciera que estas dos formas y razones se eluden más. En el caso de Beyoncé, no veo ese valor intemporal, ese “algo “intrínsecamente valioso”. Además, ¿Qué le puede decir, mas allá de distraer, la música de Beyonce, a un danés? Quizás, siendo amplio, pueda entender que en una universidad americana se analice su música como “agente de cambio social”. Temas como raza y género inundan las universidades americanas de estudios donde al final, la conclusión es evidente: todo es relativo. No es de extrañar, por ello, que esa misma universidad haya ofrecido antes un estudio desde una perspectiva teológica de la vida y letras de Bruce Springsteen. ¿Pero, a un ciudadano danés?
Estamos ante un caso de relativismo filosófico, la negación de una base objetiva aceptada para un juicio de valor, que es casi ortodoxa en los departamentos de humanidades. Si no hay una diferencia real entre bueno y malo, ¿por qué estudiar lo difícil, cuando lo fácil es, por definición, igual de bueno?
La otra posibilidad es un asunto comercial. Todas las universidades requieren dinero, y nada como halagar al cliente para conseguirlo. Al final, un curso sobre Beyoncé en Dinamarca, es una concesión a un gusto popular, y “estudiarla” académicamente es un buen ejemplo de ese halago. Imagino que en Colombia, donde a veces copiamos -y mal- patrones de otros lados, en los próximos años saldrá un curso para estudiar la música de Maluma por ser “propicia para analizar las relaciones de poder hombre-mujer, y ser cultural y socialmente significativa”.
Entiendo que la Universidad de Copenhague requería 20 solicitudes para hacer viable el curso. Se inscribieron 80. Quizá en un futuro, tengamos un ejemplo de Universidad como la descrita por Don De Lillo en Ruido de Fondo: aquella donde se ofrecían cursos sobre Hitler por profesores que no sabían alemán, o análisis de accidentes automovilísticos…. en el cine de Hollywood.
 
(Imagen tomada de www.elespectador.com)