Eran tiempos de dormir atrincherado en el sofá. Me encontraba perennemente amenazado por convivencia y, con una frecuencia inusitada, se me advertía que me iba a quedar solo, solito; mi tabla de salvación era aceptar las condiciones de un armisticio desventajoso más parecido a una renuncia a la vida, un sometimiento a esclavitud. Día tras día, y no a lo Cepeda, la madre de mis dos hijos mayores me decía que iba a coger otro camino, que ya no me aguantaba más; no pido absolución: en esos días no me soportaba ni yo mismo. Un día de lucidez y valentía, seguramente en temple, al escuchar la advertencia de abandono, la sangre guajira de mis ancestros pronunció aquellas palabras del gran Poncho Cotes Jr.: “¡Que sea seguro!". Se equivocó, grabada por los Hermanos Zuleta, fue la banda sonora del proceso de separación de mi primer matrimonio.

Al ser hijo del juglar Alfonso Cotes Quertuz, Lázaro Alfonso Cotes Ovalle, antes de tener edad de razonar ya estaba felizmente ligado con el folclor. Su padre, Poncho Cotes a secas, también fue un famoso compositor con canciones costumbristas como aquella Tiempos idos, fue amigo del escritor Manuel Zapata Olivella, también del Presidente López Michelsen, y hermano de vida del maestro Rafael Escalona, quien lo inmortalizó en Nostalgia de Poncho o, como algunos la piden popularmente, Los tres monitos. Lázaro no fue cosechado junto a esos tres monitos, él es harina de un costal posterior. Lázaro Alfonso, o Ponchito Cotes como le dicen sus más allegados, estaba predestinado a tener un vínculo indisoluble con el Vallenato; nació en Manaure, pero fue un irrestricto villanuevero de pura cepa. Su partida, hace ya dos meses, nos deja una obra prolija, una obra en la que uno verdaderamente entiende el porqué el Vallenato se hizo merecedor a ser Patrimonio Cultural de la Humanidad.

De mi niñez recuerdo lo feliz que me hacía ver parrandear a mi papá con sus amigos, y siempre me quedaba como petrificado cuando Poncho Cotes Jr. cantaba La parranda y La mujer, su primera composición y uno de sus grandes éxitos que Oñate grabó junto a Emilianito. Corría esos despreocupados años 80 y, a pesar de los estériles reclamos de mi madre, mi padre convertía el apartamento en cantina cada vez que aparecía cualquier conocido, amigo o miembro de la extensa parentela, quienes compartían con él ese gustito por la bebida, el dominó y el vallenato, placeres que se atrincheraron en mi imaginario y de los cuales tampoco me pude librar; menos mal. Me encantaba escuchar las historias de esos hombres guajiros, verlos azotar ficha y lanzar sus risotadas al viento; recuerdo también cómo me resabiaba cuando mi madre, en uno de sus pocos días de suerte, mediante la invención de alguna razón viciada, ganaba la partida a ¨los solterones¨ y daba por concluido el jolgorio.

Poncho Cotes Jr., juglar y poeta, recibió titulación para contar fríos y grises números por parte de la misma universidad que, años después, hizo rectora moral y académica a una bailarina para adultos. Los éxitos de sus composiciones se sucedieron uno tras otro, todos los grandes cantantes de la época dorada del vallenato le grabaron. Cómo no recordar ese ¨Aunque usted no me lo crea, compadrito, Le dije que no¨ que nos dejó para la posteridad ese sentimiento de querer y no poder magistralmente interpretado en la garganta de otro Poncho, el Zuleta; o aquel ¨Por qué tengo que ser yo quien te enamore todo el tiempo, por qué no puedes ser tú quien me declare su amor¨ de Los Betos, una canción igualitaria escrita por un machista consumado; o el No tengo la culpa, interpretado por Diomedes con su doloroso y agónico coro: ¨Me mintió cuando dijo que volvería, que volvería; me engañó cuando dijo que me quería, que me quería¨; o aquellas jocosas y desparpajadas joyas cantadas con el timbre inconfundible de Rafael Orozco y su Binomio de Oro: Corazón  sinvergüenza, El conquistador, La reina del carnaval, Soy amigo del amor, entre otras. También se destacó en el canto e intentó competir en la arena frente a esos monstruos. Pero esa competencia era muy dura. Sin embargo es innegable que el camino luego recorrido por un Pipe Pelaez, con una modesta voz, no pudo haberse concretado sin la trocha musical abierta por Ponchito.

Hace tres años, después de unos 15 o 20 sin verle, me lo encontré en un matrimonio en Cartagena. Le dije que yo le conocía desde niño, a través de mi primo Raúl Hernández Maestre y de mi padre. Al detallarme el perfil griego no dudó en preguntarme de cuál García era hijo. Le respondí que de Jaime. Me abrazó, me contó la anécdota de la grabadora marca National que mi padre, o como le dicen sus amigos de cariño, Pegaso, le regaló. Le brillaban los ojos relatándome que allí grabó y escuchó muchas parrandas. Me confesó que esa grabadora aún la tenía, y hoy pienso que daría lo que fuese por tener alguno de esos casetes. La fiesta era amenizada por el grupo de Jorge Celedón, y pronto lo llamaron a subirse a la tarima. Cantó La parranda y La mujer. Lloré. De vuelta a la mesa, su mujer se encargó de recordarle el tomarse una pastilla, y, muy a pesar de que los años ya hacían mella en él, ella aún le celaba, y detectando unos movimientos de gavilán cebado para con dos jovencitas que estaban solas, la señora decidió llevárselo, dándole habitación de hotel por cárcel. A pesar de que la gendarme le llevaba por el brazo, tuvo la lucidez de voltearse y espetarme un: ¨Dile a Pegaso que me llame¨. Nunca le vi más.

Cuando mi padre me dio la noticia de su fallecimiento, a principios de diciembre, noté que Pegaso también había muerto un poco con él. Uno se va muriendo en la medida en que se mueren los amigos, en que muere esa vida que conoció. Poncho Cotes siempre le compuso a la parranda, a la amistad, a la mujer, al amor y al desamor. Compuso y cantó para ese espíritu varón muy propio de su tierra, a ese orgullo guajiro, a ese hombre indómito y poco delicado. Han pasado dos meses de tu muerte, Lázaro, y ojalá puedas resucitar y reclamar ese puesto de honor que tienes en el panteón musical nacional, ese lugar que te mereces y que los responsables de la cultura de este país y todos los colombianos en general aún no te hemos reconocido. Aunque pensándolo bien, no has muerto: vives en tus canciones.

Twitter: @jaimefgarcia, @OpinaElDiablo Facebook: Jaime Francisco García Gómez

(Inagen tomada de http://images.et.eltiempo.digital/)