Lo que, con base en los últimos acontecimientos globales, algunos califican de despelote no parece ser otra cosa que un natural período de transición que tarde o temprano decantará en la nueva realidad. Háblese de Tercera Ola, como la bautizó sin muchos aspavientos Alvin Toffler hace 40 años, o de Modernidad Líquida, como la llamó con aire un poco apocalíptico el recientemente fallecido Zygmunt Bauman, pero al final se trata de lo mismo: de la ruptura de las actuales estructuras con respecto a la era industrial, que se basaba en la uniformidad de la producción en serie, en el esquema fabril de trabajo y en la familia nuclear.


Ese viejo modelo se escurre hoy como arena entre los dedos, y entonces -horror y confusión- la estampida humana, incapaz de orientarse por sí misma en la oscuridad de las nuevas reglas, corre en direcciones opuestas. Y es quizás por eso que en el país que marca la pauta mundial en tantísimos aspectos, mientras una mitad de sus habitantes elige como presidente a un simiesco chafarote que agrede y ofende a diestra y siniestra, la otra mitad se embarca en la no menos estúpida empresa de llevar la corrección política hasta extremos delirantes.
Si uno analiza todo el conjunto con atención, esos hechos no son tan desconcertantes como lo aparentan. Algunas cosas han cambiado tanto en el mundo en tan poco tiempo que es apenas esperable que demos esos palos de ciego que estamos dando. Por ejemplo: ni siquiera hay que ser un anciano para haber vivido aquellos tiempos en los que una mujer no podía votar en Colombia. O para haber atestiguado cómo pretendían castrar en Inglaterra a un científico sólo por ser homosexual. De hecho, en tiempos tan cercanos como la década del 70 los gais todavía eran perseguidos como ratas en Estados Unidos, para no hablar de las humillaciones y ultrajes a los que eran sometidos los negros en ese mismo país hace menos de 60 años.
Por supuesto, esa fractura del viejo modelo -en el que el varón blanco heterosexual era el mandamás indiscutido, el jefe de la familia nuclear, el patrono de la empresa de rangos y horarios castrenses- derivó finalmente en un caos generalizado de etiqueta y sentimientos. Para algunos todavía resulta imposible ver como un igual a una persona del sexo opuesto. O de otra raza. O con otra orientación sexual. De repente hubo que llamar jefe a una mujer, o compartir la oficina o el baño con un homosexual declarado.
Y entonces, mientras unos se creen con el derecho a no ser tocados ni con el pétalo de un piropo, otros se entregan a una reacción que se alimenta de ese pisar de huevos en que se ha convertido el transitar por entre la humanidad contemporánea. Por eso se ponen peligrosamente en el mismo plano la grosería, el acoso y el abuso sexual, como acertadamente lo denunció Antonio Caballero en la revista Semana -pese a lo desafortunado de los ejemplos con los que ilustró el asunto-. Y también en parte por eso hay esa resistencia tan enconada a reconocer los derechos de las minorías, hasta el punto en que los argumentos de parte y parte degeneran en disparates: es risible ver cómo con el caballito de batalla de la defensa de la familia los reaccionarios se encargan -paradójicamente- de debilitarla, y les niegan el derecho a tenerla a los gais que están de acuerdo con ellos en que esa es la única forma decorosa y admisible de vivir la vida.
En el mundo de hoy no hay referentes, como lo anotaba Umberto Eco en uno de sus últimos artículos de prensa: los partidos políticos pasan por una crisis sin precedentes, el poder económico de las multinacionales aplasta al poder político de los Estados, los gustos y actividades se personalizan hasta lo inverosímil, los patrones de conducta se atomizan, los canales de información se multiplican, las convenciones se diluyen, los horarios desaparecen, la diversidad se impone…
A su turno, el hombre de la calle se extravía en medio de un caleidoscopio de luces que destellan por todos lados, y entonces se confunde, y encuentra a un padre protector en el primer idiota que diga tres bravuconadas, y emprende alocadas cacerías de brujas que queman en la hoguera social a quien diga una frase equivocada, y camina en círculos, y toma decisiones estúpidas...
Sin embargo, haga lo que haga, tarde o temprano terminará aceptando la nueva realidad, y adaptándose a ella, por muy intimidante que le parezca, y por muy tortuoso que sea el camino que lo conduzca hasta allí. La cuestión no es si eso ocurrirá, sino cuántos de los que estamos aquí alcanzaremos a vivir para verlo.