No creo que Vicky Dávila haya decidido publicar el video de la vieja conversación entre el viceministro del Interior y el policía chantajista para ganar audiencia, para obtener clics, para complacer anunciantes, para vender. Por lo menos, esas no fueron las razones más importantes. Creo que lo que la llevó a tomar esa decisión es algo más profundo y peligroso. La directora de La FM se dejó llevar por esa tendencia primitiva que comparte con muchos de sus colegas en el mundo, esa pulsión que pretenden maquillar con las ínfulas de las “obligaciones sagradas del oficio”. Me refiero al morbo, esa misteriosa excitación que se manifiesta con unas cosquillitas en la barriga.

El periodismo se alimenta del dato, de la indagación, del descubrimiento, y esos factores, cuando se trata de obedecer a las “obligaciones sagradas”, con triste frecuencia suelen confundirse con el chisme, el escarnio y la humillación. No es un secreto que los medios de comunicación obedecen a intereses diversos que, se quiera o no, terminan por contaminar los imposibles anhelos de imparcialidad y rectitud, pero en el día a día priman los valores y las maneras de entender el mundo de quienes trabajan en ellos. Reporteros, editores, comentaristas y directores son quienes dictan las reglas, quienes se arrogan el derecho de decretar qué es lo bueno y lo malo, qué es lo censurable y lo admirable, y, por supuesto, qué se debe contar y qué se debe callar. Y Vicky Dávila decretó que debía publicar una conversación privada entre dos personas adultas, grabada en video por una de ellas sin permiso y con evidentes objetivos de chantaje.

Aduce la emisora la “obligación sagrada”, pero es evidente que primaron las cosquillas en la panza, el morbo de saber y la anticipación enfermiza de la reacción de la horda, también morbosa, también sedienta de meter las narices debajo de las sábanas de los demás, no para denunciarlos por algún delito, no para dejar en manos de los jueces las sanciones de algún réprobo, sino para regodearse con la exhibición y la vergüenza del atrapado. Esa forma de ejercer el periodismo no solo no cumple con su objetivo, sino que contribuye con la bajeza y la inmoralidad contra las que debe luchar.

El video en cuestión no cumple con ninguna función informativa ni orientadora de la opinión pública; en él no se escucha ni se observa prueba alguna que comprometa a los protagonistas en conductas delictivas o indignas de sus cargos, como no sea la baja motivación del interlocutor que graba en secreto. Al ver con atención la interminable pieza audiovisual que constituye la primicia de La FM, Carlos Ferro, el funcionario expuesto, no puede ser relacionado con el presunto mercado sexual en la Policía Nacional, ni con la presunta responsabilidad de oficiales de alto rango en esas prácticas, ni con proxenetismo, ni con tráfico de influencias, ni con nada que justifique que una persona pierda su cargo, arruine su carrera y seguramente su vida y la de sus hijos (que tiene dos y menores). Tan solo es evidente una preferencia que no le interesa a nadie, ni siquiera a los omnipotentes miembros de la prensa.

Como para defenderse, los morbosos periodistas de la emisora han dicho que era necesario mostrar el video porque era la prueba de que Ferro mintió cuando afirmó no conocer al policía Ányelo Palacios. ¿Qué otra cosa iba decir? Imagino que Vicky supuso que la respuesta del viceministro debía ser. “Sí, Vicky. Lo conozco bien. A veces nos encontramos para revolcarnos un rato.” Por supuesto que iba a decir que no lo conocía. Pero no necesariamente para ocultar algún nexo con la llamada Comunidad del Anillo, sino para salvaguardar la privacidad de una faceta de su vida que de ninguna manera podía exponer en un país tan miserable como Colombia, en donde la diversidad sexual es un pecado y una enfermedad y un crimen.

Con el pretexto de informar, de denunciar, de orientar, de cumplir con la “obligación sagrada”, La FM se rebajó de una manera impensable, ensuciando la nobleza del oficio del periodismo, traicionado sus valores y poniendo en entredicho la credibilidad, la rigurosidad y la decencia de su imprescindible función social.

Y Vicky Dávila, la periodista que dio la orden de publicar esa grabación, se recibió, con honores, como la más aventajada heredera del ignominioso método de la “Negra Candela”.

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