La noticia alborotó el internet en Colombia en la mañana del lunes 15 de enero: Roberto Víctor Gerlein Echeverría, el miembro más veterano del Congreso anunciaba el retiro de su candidatura al Senado, después de casi 50 años como parlamentario. Alegando inconvenientes de salud propios de su edad, el político barranquillero indicó que no se retiraba de la política, sino de las elecciones; y que su sucesor, sería "el más digno", según la frase atribuida a Alejandro Magno.


En los últimos años, Roberto fue muy criticado por sus postura en contra del matrimonio igualitario: su célebre frase de un “sexo sucio, asqueroso, excremental” se hizo famosa, e indignó a muchos. Quizá lo que enfureció más a la gente, más allá de atacarlo en las redes, es que lo dijo en una comisión, en medio de un debate, y por ley, las opiniones expresadas en ese escenario, así no gusten, son inviolables. Fue también célebre su foto de durmiendo en las plenarias, ajeno a lo que sucedía a su alrededor, aunque se defendía afirmando que lo hacía para concentrarse con los ojos cerrados. Por ello, fue tomado como muestra de una necesaria renovación del Congreso, limitando los períodos de sus funcionarios. Tanto tiempo había convertido a Gerlein en un dinosaurio.
De lo segundo, siempre he estado en desacuerdo. La duración de un congresista en su curul es decisión de sus votantes. En EE. UU., por ejemplo, el distrito 12 de Michigan ha sido representado desde 1933 por una sola familia: Los Dingell. El padre, John, por 22 años, el hijo John Jr. por 59 años, y la esposa de John Jr, Debbie, en los últimos años. Qué decir que Robert Byrd Jr., que sirvió en el Congreso por 57 años. Ted Kennedy, 46 años, hasta que la enfermedad se atravesó. Hace poco renunció John Conyers, antiguo activista de los derechos civiles, tras casi 53 años. Su hijo John III aspira a relevarlo. Tiempo y familia en todos lados.
En el caso de Roberto, tras 50 años, no hay unanimidad en torno a su legado. Todos los políticos tienen origen clientelista, y si tienen ambición de servir, con el tiempo se van librando de él. Roberto no fue ajeno a eso. Vanidoso como pocos, miembro de una familia de apellidos y poco dinero de Barranquilla, descendiente del gobernador Eparquio González, en sus comienzos fue visto como un dique de viejas familias tradicionales a las nuevas fuerzas electorales que surgían a finales de los años 60 del siglo pasado en esa Barranquilla que comenzaba un período de estancamiento; pronto pactó con esas nuevas fuerzas y construyó una maquinaria política que era un trípode que descansaba sobre él, y dos de sus hermanos: Julio, el ingeniero, uno de los grandes contratistas del Estado, y Enrique, ya fallecido, encargado del manejo del dinero y su inversión. Roberto, conservador alvarista, fue gobernador, embajador y ministro, cuando a la vez se podía ser congresista; se convirtió en el gran elector del conservatismo en el Atlántico, y le llegó su gran oportunidad tras la victoria de Belisario en 1982, victoria que se le atribuye en mucho a su gestión electoral. Sonó para ser al menos candidato presidencial: "Nuestro Rober el presidenciable", lo llamaba en sus columnas de El Heraldo la fallecida periodista Olguita Emiliani. Pero le temió al salto: la apuesta era alta, y dudó en hacerla. Álvaro Gomez Hurtado se le atravesó en 1986, y para el 90 o 94, cuando creímos que era su oportunidad, dudó de nuevo. Uno más audaz, Rodrigo Lloreda, u otro con padrinos, Andrés Pastrana, se llevó la nominación conservadora. De ahí para adelante, Roberto se conformó. Consciente de que su cuarto de hora había pasado y los tiempos habían cambiado, se adaptó, cuidó sus intereses, su clientelismo fue más discreto, con más dinero y más cuidado de las formas. Con el tiempo se volvió anacrónico. Su elocuencia fue opacada por las nuevas tecnologías, más favorables a la imagen que a la palabra.  Al final iba a contramano con su época.
El juicio histórico es severo con él. Hablar de su trabajo legislativo deja espacio para la interpretación, y al final parece diluirse en volutas de humo. Si se mira por el progreso de Barranquilla o el departamento, la ciudad comenzó a levantarse cuando su cuarto de hora había pasado, a principios de los años 90 del siglo pasado. Los años de crisis de Barranquilla, en los 70 y 80, corresponden a su ascenso y cúspide política. Quizá eso diga mucho. El aplauso por su retiro fue general. Era de esperarse: Roberto fue incapaz de convertirse en "el sabio de la tribu”; a la altura al menos de un Evaristo Sourdis, German Zea Hernandez, Hernando Durán Dussan o Víctor Mosquera Chaux; prefirió seguir siendo un político manzanillo, contando cada voto, cuidando sus intereses al mínimo detalle. Se trató de una forma de hacer política, a la manera de Turbay Ayala; Roberto fue un discípulo aventajado de Julio César…. el nuestro. Con él muere una época del Congreso, de grandes debates y oradores. No hay herederos familiares, y quizá su sucesor sea, en efecto, el mas capaz de adaptarse a los tiempos de hoy. Tal vez, uno más digno.
 
(Imagen tomada de www.elheraldo.co)