De sobra sabes que eres la primera que no miento si juro que daría por ti la vida entera, por ti la vida entera. Y sin embargo un rato cada día ya ves te engañaría con cualquiera te cambiaría por cualquiera. Mitad arrepentido y encantado de haberme conocido, lo confieso tú que tanto has besado tú que me has enseñado sabes mejor que yo 
que hasta los huesos sólo calan los besos que no has dado los labios del pecado. Joaquín Sabina

Y sin embargo es la primera canción de amor de Joaquín Sabina. La compuso cuando una amiga le hizo notar que luego de varios discos seguía sin cantarle a ese sentimiento despiadado que no se deja elegir y que es, según Cortázar, como un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Así que el maestro decidió hablar en su primera canción netamente romántica sobre el “amor amor” de ese típico hombre que está perdida e irremediablemente enamorado de su mujer, pero que sigue mirándole el culo a otras, a muchas otras, a todas las que puede.

Creyó que las mujeres odiarían la canción en un primer momento, pero luego comprendió que nosotras, cuando vamos por la calle agarradas de la mano de nuestros maridos, también le miramos el culo a otros. Y parió entonces esta obra maestra del amor real, esta pieza magistral que narra como ninguna otra en qué berenjenal nos metemos cuando nos casamos, a qué permanente desasosiego nos exponemos cada vez que amamos a un hombre (o a una mujer) como a ningún otro, sabiendo que aunque el sentimiento sea recíproco, que aunque su proyecto de vida sea a nuestro lado, que aunque desee que le cerremos los ojos cuando exhale el último estertor; no le bastará nuestra boca, ni nuestro cuerpo, ni nuestros dedos.

Ningún anillo, ningún juramento, ningún papel notariado, logra que un ser humano deje de ansiar e inclusive, de suspirar, por esos posibles romances no vividos, por esas promesas de estremecimientos futuros que acechan hasta en sueños. Está en nuestros instintos como animales sexuales, en nuestro ADN, en nuestra información genética más primitiva. Somos un manojo de dudas y deseos, un espécimen demasiado complejo para ser sometido a esa camisa de fuerza del “amor exclusivo”.

La naturaleza calenturienta del ser humano ha dado para todo, hasta para crear religiones o separarse de ellas. En el siglo XVI, en Inglaterra, al rey Enrique VIII se le acabó la paciencia con las rígidas leyes católicas que le impedían casarse cuantas veces le diera la gana, y entonces, a pesar de ser un devoto católico, se convirtió en Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra separándose para siempre de Roma, y todo para poder anular su matrimonio con Catalina de Aragón, hija menor de los Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón. La Reforma Anglicana que emancipó a Inglaterra de cualquier decisión papal, se gestó ahí, en la protesta de un hombre que no quería perderse ningún tren: se casó seis veces en total y tuvo varias concubinas. Toda una joya.

Cinco siglos después seguimos jurando parasiempres y fidelidad eterna. Levantamos familias sobre esos ideales de moral perfecta, incólume, intachable. No hemos aprendido mucho. De ahí que vivamos decepcionados de nuestras parejas, simples seres humanos de carne y hueso, que, por mucho que recen, que por más buenos que sean, tienen deseos secretos y muchas veces cochinos que no nos compartirán, y caerán en tentaciones, cerca o lejos de casa, nos guste o no.

Las estadísticas lo confirman: en la mayoría de uniones, por no decir en todas, se presentan casos de infidelidad; y nueve de cada diez parejas que se divorcian le atribuyen a esta causa la razón del fracaso matrimonial. ¿Pueden creer que según un estudio de 2013 el 20% de los matrimonios del mundo se están separando por lo que la gente hace a escondidas en Facebook? El mismo estudio revela que el 95% de los usuarios de esta red social buscan a sus ex. ¿Con qué fin lo hacen, o lo hacemos? La cosa es que somos como los gatos, curiosos. Nos gusta meternos, como ellos, en cajas en donde ni cabemos y ver qué diablos hay adentro, así luego no sepamos cómo salirnos de ahí. ¿O no?

El último show de este circo en el que nos hemos convertido llevó a medio país a devorar cualquier información disponible sobre el famoso video del exvice Ferro y el policía Palacios en el cual, gracias a la conversación entre esos dos, comprendimos que el señor Ferro, aunque esté casado con Marcela, le es infiel a su mujer, y, nada más y nada menos, que con hombres. ¡Qué horror! ¡Guácala!, como dijo una de mis lectoras. ¿Es gay, bisexual, un cacorro, se le moja la canoa? Y pecamos todos de morbosos, de chismosos, de metidos. ¿Que carajos nos importa a nosotros lo que haga ese señor con sus carnitas? Eso es problema única y exclusivamente de él y de su pareja. Y si ella sabía, o lo perdona, o lo apoya, allá ellos. Por eso, luego de que rodara la cabeza de Ferro y de Palomino, porque aquí puedes ser cualquier cosa menos marica, rodó también la de Vicky Dávila. No le correspondía a la señora, por simple ética periodística aprendida en primer semestre de la carrera, sacar a la fuerza del closet a una familia entera con hijos menores de edad a bordo y someterlos al escarnio y la humillación pública. Por eso la echaron, por torpe.

Ahora bien, centrémonos en lo fundamental. Saquemos las narices de la casa ajena, optemos por no levantar las sábanas debajo de las cuales retozan otros, enfoquémonos en los fondos, en el meollo de todo este asunto, pues quién se come a quién y cuándo y dónde no nos incumbe para nada. La infidelidad no puede ni debe seguir siendo carroña de chulos, muchos menos herramientas periodísticas. Vicky Dávila hizo un trabajo loable, destapó una olla podrida que pocos, muy pocos, se habrían atrevido a tocar. Fue víctima de persecución y espionaje por su labor investigativa. No se amedrentó. Luchó, denunció, destapó. Y aunque se equivocó de cabo a rabo al sacar al aire esa "prueba delictiva" que solo probó a duras penas las preferencias sexuales de Ferro fuera de su casa, no podemos desviar la atención de la podredumbre y corrupción que es evidente hay en la Policía Nacional simplemente porque la directora de un medio metió las patas. Urge descifrar de dónde viene la hediondez y limpiarla.

Luego de haber sido yo también parte de los lapidadores implacables que pidieron la cabeza de Vicky Dávila, la invito a ella a que reconozca su error, ese error gracias al cual volvió víctima a un posible victimario, y la insto a que se sacuda y siga, especialmente porque no sé si otro equipo periodístico se le mida a hurgar ahí, en donde ella ya abrió trocha. Así que le toca terminar lo que empezó, y nos toca a nosotros espepitar  bien los ojos para no dejarnos cegar ni enredar por las cortinas de humo que quedan luego de la quema.

De las ramas, el tronco. Siempre el tronco.

Twitter: @NanyPardo, @OpinaElDiablo Facebook: María Antonia Pardo

(Imagen tomada de http://static.laopinion.com.co/)