En días pasados murió la mamá de un colega que aprecio mucho. El funeral fue un domingo, en Soledad, lo cual era un inconveniente para un eterno caminante como yo. Un amigo común, que vive cerca, se ofreció a llevarme y traerme. Acepté, y a las 9 de la mañana me monté en su carro.


Mi amigo no es lo que Cepeda Samudio llamaría “un bobal”, en referencia a cierta élite local que parece vivir ajena a la realidad, pero ha adoptado muchos de sus tics. Profesional, hijo de profesionales, bien plantado, tiene una simpatía personal que le permite ser bien recibido en todos los círculos sociales. Es un eficaz administrador de los trabajos que ha desempeñado, y creo que es honesto hasta la pared de enfrente, como decían los abuelos. Pero igual tiene mucho de lo que los americanos llaman un Babbitt: una persona que se conforma con los valores y estándares morales que prevalecen a su alrededor sin el menor interés de cambiar lo que cree injusto o inmoral. Me cae bien, nuestra relación laboral ha sido muy correcta, y creo que me aprecia. Tiene sus defectos, claro, el mayor de los cuales es la burbuja social en la que vive: los puestos que tiene los ha logrado por una combinación de simpatía personal, conexiones y suerte. Eso en sí, tampoco es criticable, y hasta mérito puede ser.
Nos pusimos a conversar en el viaje de ida sobre muy variados temas: de la muerte: “nadie nunca esta preparado para ver partir a un ser querido”; del paso del tiempo: “vivimos en una burbuja, tratamos a las mismas amistades, y el día que salimos de esa burbuja, nos damos cuenta de que el tiempo ha pasado”; fueron algunas de las frases que soltó en la conversación. Yo también, me imagino, dije cosas parecidas basadas en mi propia experiencia.
El funeral fue rápido, nuestro amigo común estaba muy afectado, recibió nuestro abrazo y se dedicó a otras cosas. Si teníamos pensado decir algo, no pudimos en medio la avalancha de gente que se dirigía al sepelio. No permanecimos ni 20 minutos en la funeraria, y emprendimos el regreso.
En el viaje de vuelta, los temas fueron los mismos, pero comenzaron esos silencios en los que los ingleses dicen que nace un niño, resultado del agotamiento de los tópicos comunes, así que terminamos hablando de política, el más común de los temas. Mi amigo tiene un puesto en la administración publica y le responde de manera directa a su jefe, la máxima autoridad. No me aguanté las ganas de preguntar sobre la campaña política que se avecina, los movimientos que se esperan. No fue muy específico, la verdad. De hecho, comenzó a filosofar:
-Un puesto como el mío, quizá no llame la atención, pero en estos cargos sabes que no es fijo que te quedes para siempre. El día de mañana, no importa si tu trabajo es bueno, por acuerdos políticos te dicen hasta luego, muchas gracias, que al final lo que importa es caer parado.
- ¿Cómo estás en la elección que se viene?, le pregunté.
-Se habla mucho del apoyo de la casa Char a Vargas Lleras, y hasta ahora nadie me ha dicho que lo apoye, pero sí me han dicho: “el que entendió, entendió”. Además, si gana Vargas Lleras, gana Barranquilla.
- ¿Por qué?
-Porque habrá plata para la ciudad, o tú crees que esos apoyos son gratuitos. Ocurrió en el pasado, y sigue ocurriendo ahora. Vargas está hipotecado con sus patrocinadores. Al final, él no tiene amigos, tiene a su alrededor intereses y gente que los defiende.
- Sé que es así, nadie llega a presidente sin dinero ¿Pero, y si pierde?
-Se apoyará a alguien más si no pasa a segunda vuelta o si su candidatura no es viable. Ya eso está hablado y sabido más arriba. Tú sabes que a mí me gusta el póker, y esto tiene mucho de apuesta. La política tiene mucho de eso. A mí nadie me dice “debes votar por fulano” o “tienes que poner tal número de votos”. Eso jamás me lo han pedido, y jamás lo he hecho. Pero sé qué debo hacer. Al final, estoy apostando la posibilidad de mantenerme cerca del poder.
-O sea que temas como paz, convivencia, progreso, lo mejor para el país, nada que ver. Para ti el tema principal es el económico, cómo te afecta el bolsillo.
-Claro, y creo que para todos. La gente también vota con el estómago. Santos es impopular porque habla de paz, paz, y paz, y la economía no pasa por su mejor momento. Aquí el tema de la paz pierde relevancia, es tu bolsillo. Tu votas por un candidato, pero no nos engañemos, lo primero es que no afecte tu bolsillo. La ideología viene detrás. Yo quiero cosas mejores, lo mejor para el país, pero no experimentos ni saltos al vacío. Yo quiero lo mejor para Barranquilla, que a mis amigos les vaya bien, y que a mi me vaya bien. El tema económico es importante, al final, todos queremos vivir bien. En mi caso, Germán Vargas es un buen candidato, y a mí me va bien. Creo que con él vamos bien, no vamos a tener inventos raros, ni polémicas que no se puedan manejar. Y a Barranquilla, y la Costa, les va a ir súper. Al final esto no es ideología, esto es de bolsillo. Las encuestas en Colombia se equivocan porque no incluyen el dinero en sus variables.
Fin de la conversación. Mi amigo tan querido me dejó en la puerta de mi casa. Subí a preparar mi almuerzo mientras pensaba que entre aquel que se le compra el voto por unas tejas o cincuenta mil pesos y mi amigo, al final, no hay mucha diferencia; quizá él es miembro de la rosca que gobierna este país y cobra más caro. Como él hay muchos más apoyando a Vargas Lleras.
 
(Imagen tomada de www.semana.com)