Varias veces me he preguntado por qué en Colombia pasó de largo el furor izquierdista que se tomó hasta hace poco al resto de Latinoamérica. Mientras que en Brasil elegían al sindicalista Lula -quien mal que bien disminuyó un poco las diferencias en una sociedad con uno de los grados de desigualdad más altos del mundo-, en Colombia sólo atinábamos, por todo cambio en la eterna receta derechista, a inventarnos la delirante teoría de que Juan Manuel Santos es un comunista disfrazado.


La explicación fácil de que la fiebre de la izquierda no caló aquí porque se manipuló a los votantes con la amenaza de que un potencial gobierno comunista les arrebataría la casita no es muy convincente: la clase media es casi una recién llegada al escenario nacional. No muchos años atrás, casi todos los colombianos eran prácticamente unos desposeídos, y aún hoy la mayoría sigue siendo pobre. Así que no es por ahí la cosa. Debe de haber otra razón que explique que, tras 200 años ininterrumpidos de gobiernos de derecha -que sólo nos han reportado el círculo vicioso, la serpiente que se muerde su propia cola, de las guerras civiles y el índice GINI más escadaloso del planeta- esta postura ideológica siga siendo la opción más seductora para los electores.
Otra explicación podría ser que, con mucha habilidad y efectividad política, la godarria consiguió cocinar un verdadero sancocho ideológico e introdujo en la misma olla los conceptos de socialismo, comunismo, progresismo, liberalismo, centroizquierdismo, castrochavismo y madurismo. Esta ligereza conceptual ha posicionando a Venezuela como referente único de lo que podría ser un gobierno de corte izquierdista, y ha invisibilizado al mismo tiempo casos como los de Suecia, Noruega o Canadá, tres de los países con mejor calidad de vida del mundo (lo que sería equivalente a establecer como el prototipo de gobierno de derecha al actual Haití de Jovenel Moise, representante del fraudulento y violento partido de Calabazas Rapadas, conformado por los rezagos de la dictadura de los Duvalier).
Algo de eso hay, sin duda. Pero tengamos en cuenta que el éxodo fuerte de venezolanos hacia Colombia se produjo hace más bien poco, y que hace apenas una década nosotros, al igual que nuestros vecinos de zona, sólo veíamos el desastre del chavismo a través de la televisión. Y si Chile, Ecuador, Argentina, Bolivia y Uruguay pudieron hacer abstracción de esa situación específica para experimentar con alternativas de centro-izquierda ¿por qué nosotros no habríamos podido hacerlo también?
Quizás es porque, contrario a lo que sucede en otras latitudes, el proletariado colombiano nunca ha creído necesitar del marxismo. Nada de sublevaciones de trabajadores que "no tienen nada que perder, salvo sus cadenas", porque aquí campea la mentalidad del magnate en potencia, y todo el mundo, por más pobre que sea, sabe que el mismo sistema que por un lado le niega una y otra vez la posibilidad de medrar dignamente, por el otro le ofrece las formas más infames de enriquecerse.
Eso explicaría desde los guerrilleros devenidos en mafiosos, hasta los jóvenes que sueñan con ser contratistas que estafan al Estado; desde los narcotraficantes, hasta los políticos que roban al erario; desde los empresarios que se confabulan para montar carteles de productos, hasta los sicarios que "no nacieron pa' semilla". Todo colombiano que se repete sueña con tener un ejército de escoltas y una flota de camionetas blindadas (de hecho, si tiene un trabajo de oficinista o de vendedor piensa que está en una situación transitoria, mientras le llega lo otro). Y, después de superar esos niveles de aprendiz, fantasea con alcanzar el estatus de ese malandrín admirado que le pega un cocotazo a uno de sus empleados para después ofrecerle, muerto de la risa, unas condescendientes disculpas públicas, o la posición privilegiada de ese "hombre relevante en la vida nacional" que puede, incluso, violar a una de sus colaboradoras porque "ha demostrado que nada de lo que ocurra a su alrededor le puede hacer daño, que tiene todo el poder para poderse salir con la suya".
Me dirán que exagero, pero no se me ocurre otra razón diferente a la existencia de esa cultura traqueta, a ese pabloescobarismo que prevalece en Colombia, que justifique que en un país de pobres, uno de los candidatos más opcionados a la Presidencia se pueda dar el lujo de soltar una declaración como la que recientemente dio Vargas Lleras a La W: en pleno proceso de búsqueda de votos, el delfín "sin partido" anunció que hará "hasta lo imposible para que el sector de centro-izquierda o izquierda radical no asuma la conducción del Estado colombiano". Es decir, para que siga gobernando la derecha de siempre.
En efecto: todo colombiano que se respete aspira a ser un rufián profesional. Rico, arbitrario y poderoso. Y sabe que puede conseguirlo.