Tengo pocos amigos estadounidenses que hayan votado por Donald Trump. De hecho, que recuerde, solo uno: un antiguo compañero de colegio, residente en Arizona. No me sorprendió su voto: Lucho nos inunda cada tanto el Whatsapp con ideas tales como calificar a Obama o Hillary Clinton como socialistas o con imágenes en las que equipara al socialismo con la pobreza y el crimen, y se refiere a Bernie Sanders poco menos que como un radical que llevaría las libertades individuales americanas a la destrucción. Para el resto de mis amigos, Donald Trump es un peligro en cierto grado: algunos lo soportan, otros lo detestan, y a otros simplemente les es indiferente. Ninguno lo elogia. Lo han descrito como vanidoso, vulgar, grosero, mal informado, errático, carente de sentido del humor, egocéntrico, autodestructivo, loco e intelectualmente superficial.


Pero algo tienen en común todos mis amigos, y es que esperaban que su actuación política fuera muy diferente al show que presentaba en público. Pensaban que en realidad era amable, considerado, dialogante e incluso brillante en su pensamiento. Quizá era una esperanza secreta de que aquello que veían no era lo que en realidad representaba. Más de una vez los oí decir que sus exabruptos “eran un solo show político”, o que “dice muchas tonterías en la campaña”, “en la realidad no va a poder hacer todo lo que dice, pero que haga al menos algunas, es mucho”. Nadie cayó en cuenta de que, si era así, estábamos ante la presencia de uno de los actores mas grandiosos del siglo, y que al final no escogíamos a un candidato, sino a un gran timador. Se equivocaron en su razonamiento: Donald era quien era, sin máscaras.
Pero la gente votó por él porque preferían sus ideas a las de su oponente, y ha buscado cumplirlas. En otra persona se vería esto como un acto de integridad, pero el hombre es tan despreciado por la opinión pública, que ningún bien puede salir de él. De cualquier modo, así no les guste oírlo, sus políticas son racionales, y esto es así, aun si no se está de acuerdo con ellas.
Es racional que un país busque el control de sus fronteras; es racional que un país imponga un régimen fiscal ventajoso; es racional que un presidente se preocupe primero por los ciudadanos que por los asuntos extranjeros; es racional que dicho presidente elimine los obstáculos administrativos para el progreso. Pero eso no significa que una política en particular sea indiscutiblemente mejor; de hecho, no hay políticas tan excelentes como para que no se pueda decir nada en contra de ellas. Por eso, al escuchar el discurso de la unión del presidente Trump, y de leer las reacciones que produce, nada me sorprendió.
De hecho, no dijo nada nuevo: reiteró sus logros, anunció su intención de hacer cumplir sus promesas sobre el control de la inmigración, de crear nuevos puestos de trabajo, de reducir los impuestos, de ofrecer seguridad a sus ciudadanos, de eliminar las amenazas externas a EE. UU., y finalmente, de confiar en los buenos americanos: “Mientras nos sintamos orgullosos de quiénes somos y por lo que luchamos, no hay nada que no podamos lograr. Mientras tengamos confianza en nuestros valores, fe en nuestros ciudadanos y seguridad en nuestro Dios, no fracasaremos.”
Cuando se lee el discurso íntegro, te das cuenta de que es un catálogo de generalizaciones, invocaciones a buenos sentimientos como el sacrificio y el heroísmo, y otras tonterías propias de un discurso de un político en campaña. Hubo invitaciones a trabajar juntos, alusiones divisorias en temas polémicos como los llamados al patriotismo y los supuestos valores culturales americanos, y las amenazas que estos valores enfrentan, tanto internas como externas. Sus opositores se han deleitado señalando sus mentiras, sus inexactitudes, descalificado sus supuestos logros, y continúan sus críticas políticas poniendo en duda sus aptitudes para gobernar, sus prejuicios y lo errático de su administración. Tampoco nada nuevo.
Al final, se trató de un discurso más suave de lo esperado, con mano tendida, pero recordando quién está al mando. El Sr. Trump, y su larga maraña de defectos. O tal vez sí hubo algo nuevo: los norteamericanos han confirmado que su presidente es un hombre auténtico. Es quién es, el vanidoso, egocéntrico y mal informado que conocemos, pero sincero, listo para hacer cumplir lo que prometió. Nos brindó un discurso tranquilo y calmadamente radical. Algo propio de los tiempos de hoy.
 
(Imagen tomada de www.elespañol.com)