Eso de que el periodismo está al servicio de la verdad es una pretensión poco seria, si se tiene en cuenta que los comunicadores son humanos y que los miembros de esta especie (me incluyo como humano, no como periodista) no somos precisamente el paradigma de la sinceridad. Las decepciones que nos producen algunos ejercicios periodísticos provienen de nuestra desquiciada tendencia a preferir las perfecciones teóricas en lugar de recordar que la vida real es mucho más compleja que las ideas por medio de las cuales pretendemos explicarla.

Es frecuente la invocación de la imparcialidad cuando se habla de las obligaciones implicadas en el quehacer de los medios de comunicación, como si los periodistas fueran seres impolutos, desprovistos de defectos y mezquindades, como si tuvieran las conciencias intocadas por el tiempo y la experiencia. Si así fuera, más nos valdría cambiar a todo el santoral católico por los nuevos ejemplos de la virtud: San Yamid, San Julio, Santa María Isabel, San Daniel, San Félix, Santa Salud, Santa Vicky.

La contradicción manifiesta entre lo que creemos que debe ser un periodista y lo que en verdad es suscita en los consumidores de información desazones diarias, dolores profundos de cabeza, de hígado y de corazón. No entendemos que quienes escriben en diarios, revistas y portales, que quienes hablan a cámaras y micrófonos, son personas comunes, falibles, imperfectas, que con frecuencia ceden ante las muy humanas tendencias al chismorreo, la banalidad, la acumulación de riqueza, la estupidez y la militancia política.

Pero, una cosa es que los lectores, oyentes y televidentes hipotequemos nuestra sensatez creyéndonos estas majaderías, y otra muy distinta que los periodistas se convenzan de ellas o, lo que es peor, que finjan estar convencidos. Porque esa actitud hipócrita y falsamente idealista es la que alimenta a una prensa que pontifica, que se asume moralmente superior al resto de la sociedad, que renuncia a la mesura, que vocifera.

Ahora bien, el peor de todos los escenarios surge cuando el comunicador no puede ocultar sus intereses personales y, sin embargo, insiste en proclamarse como una voz autorizada para defender la libertad, el equilibrio y el interés público. Vean ustedes, por ejemplo, el caso del nuevo director de La FM, Hassan Nassar, un señor que va a reemplazar a la cuestionada Vicky Dávila, y que no tiene ningún pudor cuando afirma que lo que hace públicamente en su ejercicio profesional no guarda ninguna relación con su adhesión al ideario político de Álvaro Uribe, expresada abiertamente en sus redes sociales, con el argumento falaz de que éstas son privadas. Y sin embargo lo nombraron, y sin embargo hay quienes pueden creer que cuando hace una entrevista o decide un tema o introduce una pregunta con algún comentario “suelto”, se despoja de pronto de sus prejuicios y de sus sesgos y de sus filiaciones y de sus amoríos políticos.

Como se sabe, los periodistas no son una extraña cofradía conformada por virtuosos, pero existen límites que la prudencia, el buen juicio y el sentido común ayudan a no sobrepasar; hay ejemplos de sobra de profesionales que dedican sus vidas a prestar, desde los medios, un servicio invaluable a la sociedad, sin que su tarea implique traicionar sus convicciones ni hipotecar sus maneras de entender el mundo. Es una pena que esa forma de actuar no sea la que motiva a comunicadores como Nassar, una persona que sería un interesante contertulio, pero que será un muy sospechoso director de uno de los espacios informativos más importantes, porque le falta lo primordial en su oficio: el escepticismo, la capacidad y las ganas de desconfiar, de no tragar entero, de hacer de la duda un instrumento que le permita alejarse de los cómodos territorios del servilismo y la promoción de consignas ajenas; o, para ser más precisos, porque solo es escéptico cuando se trata de quienes no comulgan con las ideas y el accionar del senador ex presidente, esa criatura que hemos parido todos, a imagen y semejanza de nuestras miserias, y que sigue siendo capaz, misteriosamente, de seducir a la mitad de la gente de este país.

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