El comienzo de año no ha sido el mejor para Colombia. Negros nubarrones parecen cernirse sobre nuestras cabezas, como si la tormenta perfecta se estuviese gestando. Y una barca tan maltrecha y vapuleada como lo es este país, por muy recién remendada que luzca, no aguantaría navegar los bravos mares que, en apariencia, se avizoran. Yo mismo, un antiguo pesimista devenido en optimista moderado, gracias los avances sin precedentes en la consecución del final del conflicto armado, me sorprendí desandando mis pasos. Confieso que en un momento me asusté.

Sin embargo, más temprano que tarde me di cuenta de que mis temores obedecían a una cuestión de percepción, para usar un concepto que inauguró en el país Carlos Lleras De la Fuente. y que ahora usan los alcaldes para explicar las diferencias entre lo que la gente piensa sobre un asunto y las cifras reales.  Esa percepción, por supuesto, provino de una sobredosis de redes sociales, de la cual he sido víctima voluntaria. La lectura simultánea de prestigiosos columnistas también influyó en mi percepción. Pero sospecho que, al igual que yo, muchos de ellos también se empacharon de Facebook y Tuiter hasta la intoxicación.

Lo primero que hice fue buscar asesoría experta en materia de economía, el tema para mí más importante y del cual -de alguna manera- dependen los otros. No hay tal desmadre. No está a punto de pasar nada igual a lo acontecido a finales de los noventa. No estamos ni remotamente cerca de debacle alguna. Resumen ejecutivo: los bajos precios del petróleo -debido a torpezas de la OPEP- nos han golpeado mucho en ingresos y tasa de cambio. La desaceleración de China junto a las medidas de la FED han profundizado esa situación. No obstante, y pese al engavetamiento de la reforma tributaria, el probable rebote en sentido contrario de esos tres componentes, sumado a la desaparición de la camisa de fuerza de la banda cambiaria, al menor endeudamiento público con respecto a la crisis anterior y al reciente recorte de gastos decretado por el gobierno, quizás no nos blinden como un tanque de guerra, pero sí nos protegen lo necesario: Colombia, a pesar de todo, crecerá a niveles cercanos al 3%. Nada mal en los actuales momentos de turbulencia mundial.

La economía no estará tan mal como se creía, me dirá alguien -a quien lo respaldarán 4,8 millones de colombianos salidos de la pobreza, que ahora engrosan la clase media-, pero la tranquilidad bélica de los últimos meses luce pegada con saliva, por cuenta del recrudecimiento de los ataques del ELN. Además -si nos basamos en el incidente de Conejo,  Guajira-, el pulso con las FARC pareciera salir peligrosamente de su etapa de guerra fría. Aunque las dos cosas son delicadas, no hay que ser Bobby Fischer para advertir que en el tablero de ajedrez del conflicto el ELN está usando la vieja y conocida estrategia de demostrar fortaleza, para así ganar una posición favorable en una potencial mesa de negociaciones. De hecho, según se mire, eso puede representar una buena noticia: quieren negociar también.

Por el lado de las FARC, mientras tanto, no es serio suponer que un incidente aislado, ocurrido en un caserío cuya existencia era hasta hace dos semanas ignorada por la casi totalidad de los colombianos, amenace a un proceso de paz que está casi en la puerta del horno. Ahora bien, los temores de una famosa columnista en el sentido de que habrá muchos guerrilleros que una vez firmada la paz opten por conformar bandas criminales, puede que sean ciertos pero, primero, unas bandas criminales desperdigadas no representan una amenaza de combate equiparable a la de toda una organización armada (lo que sucedió con los paramilitares es el mejor ejemplo de lo que digo); y, segundo, las bacrims nunca tendrán ni un estatus político ni un apoyo internacional que las legitime. Pasan a ser otro problema, de menor envergadura, más policial que otra cosa. Nada diferente de lo que ocurre en otros países. Y lo que se haga en el posconflicto por resocializar a toda esa gente será fundamental en ese sentido. Finalmente está el aspecto político.

El domingo pasado otro muy leído columnista habló de la debilidad del gobierno. Sí y no: pese a la irreconciliable posición del Centro Democrático frente al Proceso, el presidente logró lo qué él mismo llamó el "Gran Pacto por la Paz", el cual incluye incluso a partidos opositores, como el Polo Democrático, los Verdes y el Mira. "Todos los partidos menos uno", expresó Santos. Eso no luce como un gobierno tan debilitado, como afirma el columnista. Todo indica que estamos exagerando el pesimismo. Lo más probable, después de todo, es que el proceso de paz llegue a feliz término. Y que el país no se quiebre.

Por eso, sin hacernos los ciegos ante las luces amarillas, suena irresponsable ese terrorismo que practican ciertos sectores; que se pregone, por ejemplo, como una señal de alarma, el retiro del país de una parte del Citibank, corporación que ha tomado esa misma medida en todo el planeta, y cuya participación en la torta financiera colombiana es mínima, es hacer eso: físico terrorismo. Lo mismo aplica para una cadena chilena minorista que también se fue, y cuyo nombre -con seguridad- no soy el único en haber olvidado. El hecho es que esa atmósfera de incertidumbre,  agigantada artificial y maquiavélicamente, genera un ambiente propicio para prácticas caníbales; nosotros mismos estamos deteriorando la imagen del país hasta el punto absurdo que nos hemos creído nuestro propio cuento de horror, no tragado -paradójicamente- por los extranjeros, quienes todavía invierten regularmente en nuestra economía y ven con optimismo la proximidad de un país sin conflicto. Saben, como deberíamos saberlo nosotros, que los costos (económicos, políticos y sociales) de la paz son harto inferiores a los de la guerra.

Pareciese que a falta de un enemigo externo, como dijo el recién fallecido Umberto Eco, tuviesemos que fabricar un enemigo interno: el presidente Santos. Como si no fuese suficiente con el que, en efecto, tenemos: un Establecimiento corrupto y criminal. Algo de pesimismo ocasional tal vez no está tan mal; nos mantiene alerta. Pero hacer de la -quizás- mejor situación que hemos vivido en nuestros 200 años de historia republicana un escenario de terrorismo y canibalismo, es una irresponsabilidad mayúscula. Es, en realidad, una imperdonable estupidez.

Twitter: @samrosacruz, @OpinaElDiablo Facebook: Pame Rosales