Hace dos días recibí en mi celular una cadena de Whatsapp con un fragmento de la ya célebre entrevista que Gustavo Petro concedió a Vicky Dávila en La W. Allí aparecía Petro desmintiendo el rumor de que, de ser elegido presidente, haría expropiaciones. Para ello se valía de un discurso en contra del modelo feudal, esa estructura de la era preindustrial que aún hoy, en la posindustrial, subsiste en Colombia. Su eventual gobierno -explicaba- lo que hará será subir sustancialmente el predial de los grandes latifundios, y comprar a precio de mercado aquellos comprobadamente improductivos, cuyos dueños no puedan mantenerlos. Los demás colombianos podremos estar tranquilos: no se le ha pasado por la cabeza revivir el modelo soviético, sepultado en 1993.


Lo anterior no tendría nada de raro si no fuese porque la cadena me la envió un amigo uribista, de esos que están convencidos de que si no elegimos presidente a Iván Duque pronto estaremos como Venezuela. Y la verdad, a no ser que la mera presencia en la entrevista de la palabra 'expropiación' haya disparado los resortes del terror en la cabeza de mi amigo, es un verdadero enigma tratar de deducir qué persiguía él compartiendo ese discurso brillante, sensato, moderno e incluyente, emitido por el oponente más fuerte que -según las encuestas- tendrá que enfrentar el candidato de Uribe.
El problema radica quizás en que hasta hace relativamente poco las campañas políticas tomaban el rumbo que diseñaba el jefe de debate respectivo. Si éste veía que las cosas se dirigían hacia un destino, daba un timonazo en la estrategia y, por lo general, la nave completa giraba. Hoy, en cambio, su figura ha sido usurpada por miles de entusiastas militantes que, armados de celular, piensan que son unos jefes de debate en miniatura, y en cualquier momento echan a andar una minicampaña de efectos y alcances imprevisibles. Como en el ejemplo troyano descrito arriba: alguien de la entraña uribista que involuntariamente termina haciéndole campaña a Petro.
A todo esto contribuyó también, por supuesto, el inesperado triunfo del No en el plebiscito, que dejó la sensación en el ambiente electoral de que el uso de un video manipulado aquí, de dos mentiras allá y de tres palabras claves acullá ('expropiación', 'castrochavismo', 'gais') eran suficientes para satanizar cualquier empresa: desde la firma de unos acuerdos de paz hasta las candidaturas presidenciales más prestigiosas.
La única falla es que mientras aquella del plebiscito era una contienda binaria (Si versus No), en las elecciones presidenciales hay todo un abanico de candidatos. Y presentarlos a todos como los están tratando de presentar desde la ultraderecha, como fichas de las FARC, como representantes del castrochavismo, resulta inverosímil hasta para un pueblo tan crédulo como el colombiano.
Si todos ellos son 'potencialmente peligrosos para la Democracia' (¡Humberto De la Calle candidato de las FARC, su contraparte en la mesa de diálogos, hágame el maldito favor!), pues entonces ninguno resulta realmente peligroso: Petro termina metido en el mismo canasto de Fajardo y de Timochenko. Y para un votante confundido, que en medio de ese caos informativo -de esa guerra sucia conformada por falacias, mentiras, calumnias, difamaciones y propaganda negra en general- ya no sabe quién es quién ni de parte de quién pero que está hastiado de Uribe, dará igual escoger a cualquiera de ellos, y se inclinará por quien hable más bonito.
Y ese es Petro, sin duda, cuyo pasado guerrillero, por cuenta de esas locas cadenas de whatsapp, se termina desvaneciendo y entremezclando con el de sus competidores, en medio de desenfocadas imágenes en blanco y negro de Humberto De la Calle al lado de Fidel Castro y de mosaicos fotográficos que muestran la cara de Fajardo junto a la de Timochenko. Si encima de eso, y con la ayuda de la formidable máquinaria multiplicadora de información del uribismo, se difunde masivamemte su discurso tranquilizador para la clase media y atractivo para la baja, es fácil explicar su espectacular ascenso al primer lugar de las encuestas.
Es justamente ese el momento en el que las redes sociales se convierten en un monstruo de Frankestein imposible de controlar. Más que eso: en una serpiente policéfala, en una Hidra de Lerna que se vuelve en contra de su propia diosa Hera, a través de los innumerables usuarios cuyas millones de cabezas de aliento venenoso atacan sin orden ni concierto, mordiéndose las unas a las otras y agigantando así cada vez más a la criatura (recuérdese que la bestia mitológica regeneraba dos cabezas por cada una que perdía).
Lo peor es que, por más jefe mafioso que se sea, en este caso no hay ningún Ed Hutcheson de Deadline America a quien tratar de amedrentar (así su respuesta fuese "That's the social networks, baby. The social networks! And there's nothing you can do about it. Nothing!"), porque lo que está al mando ya no es el cuarto poder -la prensa-, sino el quinto. Es decir: nosotros. Nosotros y nuestros celulares.
Todos y nadie a la vez.

(Imagen tomada de www.wradio.com.co)