La vida está llena de episodios, de irritaciones mayores y menores. Una de las menores es la actividad del monstruo de las lavadoras, un ente que parece habitar en esos aparatos, al menos en los que he tenido. Por muy cuidadoso que sea para poner pares iguales de medias en la máquina, el ente –no sé cómo llamarlo– hace estragos con ellas y se asegura de que alguna sin pareja emerja al final del lavado. Eso sin contar con que en ocasiones las telas que entran de un color terminan saliendo de otro. ¿Será que es un monstruo que se come todo a su paso, pero por alguna misteriosa razón vomita la comida dejándola de un color diferente? No lo sé, pero para esto último hay una explicación de aparente lógica: leí mal las instrucciones de lavado. Pero para lo de las medias no encuentro explicación, salvo la existencia del monstruo.


Imagino que esta criatura -que bien puede ser un duende juguetón, nunca lo he visto- está coligado con un cartel internacional de fabricantes de medias, de tal forma que la desaparición de pares de medias hace necesaria la permanente compra de pares nuevos. Claro, es posible que con los calcetines que quedan se puedan formar pares aproximados, más si son de colores oscuros, pero no dejo de pensar que eso es una solución provisional. Sin embargo, dentro de nosotros hay una inhibición, una voz interior que nos dice que algo está mal si salimos a la calle con un par de medias que no coincide. Quizá nadie se dé cuenta, pero sentimos que algo no funciona. Al final, el monstruo triunfante emerge: cada tanto adquiero nuevos pares medias. El cartel de las medias ha triunfado.
No creo que esto sea uno de los grandes problemas de la existencia, pero sí uno de los grandes enigmas de la humanidad. De allí que la explicación más obvia a la desaparición de los pares de calcetines sea la existencia de un monstruo, duende burlón o animal desconocido. Cuando no podíamos explicar algo, creábamos dioses o monstruos. Los fabricantes juegan por un lado con ese misterio y a la vez cultivan una especie de rituales para espantar a la criatura. Han producido medias con puntas y talones de colores vivos como el naranja, morado, lila o fucsia. En teoría, es imposible no distinguirlos.
Quizá la existencia de esta situación, llevó a otros a escribir a los fabricantes para señalar la relación extraña entre las lavadoras y las medias. Alguien llamó la atención sobre el problema y una solución como la de los bordes coloreados fue inventada. No faltó el que afirmó: ”Ve, tan fácil que era todo”. En estos días es muy difícil tener una idea que otro no habría tenido. Después de conocer la solución, y lo sencilla de esta, la pregunta que surge es ¿Por qué no se me ocurrió a mí?
La respuesta es que no estaba buscando una solución al misterio. No se me ocurrió buscarla. Preferí quejarme de eso en lugar de resolverlo. Porque el hecho es que nada nos encanta tanto como quejarnos, jugar al papel de víctimas e, incluso, culpar a otro del problema: “La culpa es de los fabricantes por no tener en cuenta las lavadoras”. O en un terreno distinto: “Yo sí sabía, pero usted no me dijo nada”. Nada más cómodo que quejarnos, y un poco de incomodidad y misterio son muy útiles para ello.
O sea que el monstruo de las lavadoras es al final mi amigo, un viejo amigo. No me gusta perder viejos amigos; además siempre hay algo misterioso en su actividad; y como muchos investigadores paranormales saben, nada más prosaico que la explicación al fenómeno. A la vez, esto es desagradable, porque necesitamos algo de misterio en nuestra existencia. Lo misterioso tiene significado oculto, y si no lo hay, todo en nuestra vida se volvería trivial, una sucesión de actos banales sin mayor sentido.
Entonces no es que quiera poner fin a las actividades del monstruo de las lavadoras; la realidad es que quiero lo mejor de los dos mundos. He empezado a comprar una sucesión de medias con talones y puntas de colores vivos como identificación, y a la vez conservo varios “old style”. No me faltarán pares de medias que combinen perfectamente, pero el monstruo de las lavadoras seguirá haciendo de las suyas, sembrando confusión y misterio en mis calcetines.
Así, las quejas pueden ser indefinidas, pero la solución está, y podría destruir el problema para siempre, si quisiera; pero no. No quiero perder el misterio y el placer de quejarme.

(Imagen tomada de www.modablogger.com)