Las flores hoy sobran. Las tarjetas, los chocolates, los mensajitos. Todo eso está de más. El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, no es una fecha para que nos recuerden lo valiosas que somos porque podemos "dar a luz", porque somos el centro de la familia o porque aportamos ternura al hogar.

Hoy no nos repitan esas frases trilladas llenas de lugares comunes en donde la figura de la mujer es el centro, el principio, y el fin. No salimos de la costilla de nadie y tampoco recae sólo sobre nosotras edificar un hogar o mantenerlo a flote a como dé lugar. Este día, si acaso, es una fecha para recordar que la lucha por nuestros derechos sigue. Esa lucha que iniciaron otras valientes cuando ni siquiera para sumar votos nos tenían en cuenta. Esa lucha que costó muertes y humillaciones, pero que nos tiene ahora en colegios, universidades y en puestos de trabajo a la par de quienes sí tienen pipí para orinar de pie y no tienen ovarios ni útero para parir.

Pero no hemos llegado a la meta. No sé qué tan lejos estamos, pero lo estamos. La gran mayoría de nosotras seguimos viendo el techo de cristal y a muchas nos sigue dando miedo romperlo aún teniendo con qué. Hombres y mujeres, por respeto y porque es lo justo, lo decente, lo digno, continuemos con esta lucha que lleva poco más de un siglo para llevarla a buen término. Hoy no es un día para repetir que somos iguales. ¿Iguales a los hombres? Pues no, no lo somos. ¿Cómo serlo? Nacimos con tetas y vagina, pasamos gran parte de nuestra vida soportando ciclos menstruales y cólicos, y, luego de una relación sexual, somos nosotras las únicas que podemos terminar con la panza llena de huesitos, y en países como Colombia, terminar además trayendo al mundo a un hijo no deseado. O terminar muertas por un aborto mal practicado. ¿Cómo ser iguales si no somos dueñas ni de nuestro propio cuerpo?

No tenemos tampoco la misma fuerza física que ellos y lloramos con más facilidad. Hasta nuestro cerebro es más pequeño. Hay muchas actividades, por más feministas que seamos, por más guerreras y luchadoras y berracas, que no podemos hacer como ellos. No podemos patear tan fuerte ni lanzar tan lejos. Hablando de pelotas, claro está. Y hay infinidad de labores que ellos no pueden hacer como nosotras.

No somos iguales, no somos inferiores, no somos superiores. Somos mujeres y los hombres son hombres. Y aunque luchemos con dientes y uñas y cabeza y corazón por la tan anhelada igualdad de derechos entre unos y otros, somos seres bien distintos gracias a nuestro género. ¡Y qué bien que así sea! Diferentes, sí, pero con los mismos derechos y las mismas oportunidades (por lo menos en el papel, en la realidad es otro cantar). Nadie puede ni debe ser discriminado por lo que sea que tenga entre las piernas, pues ahí no está la valía de una persona. Es ese el meollo del asunto. Tampoco debemos temer por nuestras vidas solo por el hecho de ser físicamente más "frágiles" (¿saben cuántas mujeres mueren anualmente a mano de sus parejas o exparejas? La cifra es aterradora).

Aprovecho entonces este día para recordarle a todo aquel que quiera oír, que a igual cargo (es decir a igual trabajo), igual salario. Porque por ahí, por la dignidad laboral, es por donde el sistema sigue marcando la gran diferencia. Es ahí en donde radica gran parte de la igualdad y el respeto que tanta falta nos hace, en cerrar esa brecha salarial. No en los mensajitos cursis y empalagadores que invaden las redes en esta fecha. Hoy, si acaso, es un día para recordarle a ellas y a ellos que las labores de la casa, incluyendo la crianza de los hijos, deben ser compartidas. Y que si tienen hijas, no las deben discriminar comprando para ellas solo princesas y ollitas y cocinitas y traperitos; y para los varones, power rangers y trenes y aviones y dinosaurios. O de lo contrario el ciclo machista y abusivo se va a repetir una y otra y otra vez.

Hoy, si acaso, es un día para empezar a quitar las telarañas de nuestras propias cabezas porque aunque estemos en 2016 y el panorama sea otro, uno bien distinto al de ese fatídico 25 de marzo de 1911 en que tantas mujeres murieron quemadas pidiendo lo justo, hay poco que celebrar y sí mucho que continuar reclamando. Por ejemplo, que dejen de matarnos porque se creen nuestros dueños, o porque quién nos manda a caminar por ahí tan solitas o a ir vestidas tan provocativas. Si nos matan o nos violan, la culpa entera, toda, es del asesino, del violador. No de nosotras. ¿Cuándo entenderá la sociedad eso tan simple como que uno más uno es dos?

Y el plus: a partir de hoy, especialmente si es de esos que se llenó la boca diciendo que sí valora y respeta a la mujer; cuando le vuelva a sacar la piedra un fulano de tal cualquiera o un conocido, no lo llame hijo de puta para ofenderlo. No sea tan cafre. Y si usted es mujer, no llame perra a la moza de su marido mientras a él le dice "Don Luis". Es de quinta que nos tratemos así.

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