Por Diana Carol Forero

No somos el Diablo, aunque algunos intentarán buscarnos cachos y cola, tridente y patas de cabra. No somos el diablo ni dejamos una estela con olor a azufre, no arruinamos cosechas ni incitamos al pecado, nada tenemos que ver con la compra de conciencias o de almas; esas lides se las dejamos a algunos políticos para nada bien intencionados.

Escapamos del infierno, sí, y para eso fue necesario hacer acopio de todo nuestro valor, pues esa fuga pudo habernos valido la muerte y en ese caso la historia que les voy a contar no hubiera podido ser.

Esta historia tiene todo que ver conmigo, con ustedes, con nosotros, con todos. Es la historia de miles de jóvenes campesinos, y de los suburbios, de los estratos dos, uno y cero, y de los que por no tener hogar, ni siquiera tienen estrato. También de quienes nunca pudieron pisar un aula de clase, y de los que tampoco supieron qué se sentía asistir al cine o a una obra de teatro, comer un helado o una pizza, subir una escalera eléctrica o un ascensor, viajar en avión o en tren, utilizar un cajero electrónico o tener siquiera un registro civil.

Jóvenes como mi esposo, que fue reclutado por un grupo armado ilegal a los nueve años de edad, el mismo que apenas un par de años después asesinó a su padre y a su hermana. Jóvenes que permanecieron en filas más tiempo del que creyeron ser capaces, sin fugarse por físico miedo, pavor, desesperanza. Hasta que la vida se abrió paso en medio de la muerte y trajo consigo el milagro de una nueva esperanza.

A él lo conocí en 2009, tras un bombardeo en el que murieron dos niños, uno de doce y una de dieciséis. Yo llevaba casi una década muerta en vida, sin encontrar la salida. Cuando ingresé al grupo armado ilegal, a mis veintitrés, tenía tanto dolor en el alma que quería ponerle fin a mi existencia; diez años después, la muerte de esas criaturitas me partió el corazón y me hizo desear con tal convicción estar viva, que me alcanzó vida para contagiarla. Lo conocí y un par de meses después estaba embarazada. Ocultamos nuestra gravidez lo mejor que pudimos, como un tesoro que debía ser preservado a toda costa, pues era lo único bueno que nos había pasado nunca, y entrañaba la promesa de una felicidad que siempre nos había sido esquiva.

Las primeras semanas fueron terribles. Los mareos, los vómitos y el malestar se apoderaron por completo de mí, pues en el páramo, que recorríamos por ese entonces, la altura incrementa la presión del aire. Las semanas siguientes no fueron mejores; para cuando cumplía 5 meses de gestación tenía unos seis kilos menos y unas ojeras que parecían hamacas, me temblaban las piernas y a duras penas podía con mi propio peso. Él hacía caminatas dobles y triples, para devolverse por mi maleta y luego por mí. Esos detalles, en un lugar en el que nadie se debe preocupar por nadie, pues cada quien responde por sí mismo, donde una supuesta “igualdad” obliga a niñas de trece años a cargar a sus espaldas el mismo peso en arrobas que apenas tolera un hombre hecho y derecho, esos detalles –digo– le valieron mi admiración y respeto, mi amor y consideración a toda prueba.

Para cuando el comandante descubrió mi gravidez estábamos en pleno operativo del ejército y no podían traer un médico para hacerme “el procedimiento”. Pero el destino conspiraba a nuestro favor aunque el “jefe” maldijera mil veces y amenazara con querer sacarme el crío a patadas. Cuando mi estado empezó a complicar la movilidad de la unidad debieron dejarme en una finca -no sin antes amedrentar a sus pobladores, pues si algo me ocurría estando bajo su cuidado, eran responsables de ello, según sus normas-.

Mi hijo nació por cesárea a nueve horas en ambulancia de allí, tuvieron que remitirme de urgencia pues no pude dar a luz y completaba casi las 42 semanas. Un par de meses después logré reunirme con mi compañero en una casa abandonada en medio de la montaña, adonde le permitieron ir para conocer a su hijo. Me advirtieron que tenía dos días para dejar a nuestro bebé y volver a esa vida que no es vida, donde uno no es uno, sino una cosa que cumple órdenes sin cuestionar. Pero desde la primera vez que lo abracé, que vi esa carita sonriente y confiada y sentí palpitar su corazón contra el mío, supe que ese era mi destino y que nada podría separarnos jamás. Dos días, dijeron. Yo calculé el tiempo que me tardaría volver a mi pueblo y supe que era suficiente para escapar.

Emprendimos la huida un martes a las dos de la mañana, bordeando precipicios y riachuelos, ocultándonos y cambiándonos de ropa cada cierto trayecto, a fin de no ser notados. Le temíamos a la guerrilla, a los paras, al ejército, a la policía, a nuestra propia sombra.

Cuatro días después nos desmovilizamos, pues no podíamos seguir escondiéndonos eternamente, no si queríamos darle una vida digna a nuestro niño. Llevamos cinco años en proceso de reintegración y vale aclarar que no nos dan casa, carro ni beca. No recibimos sueldo ni nos regalan mercados. Poco más de ciento cincuenta mil pesos constituyen el apoyo para quienes cursan responsablemente formación académica para adultos, desde ciclo uno al seis; sirve, claro, como ayuda para los transportes, pero huelga reconocer que con esa suma no sobrevive ni un habitante de calle. Nada nos sale gratis y debemos esforzarnos por pagarlo todo, como lo hacen otros cuarenta millones de colombianos. En desarrollo del servicio social, trabajamos en beneficio de la comunidad de manera gratuita y desinteresada, no solo porque es un compromiso del proceso, lo hacemos porque sentimos que de alguna manera contribuimos a mejorar las condiciones de las personas a las que anteriormente quizás les hicimos daño. Hoy me esfuerzo para poder aportar a la economía de nuestra pequeña familia y estudio Talento Humano y Psicología, pues quiero apoyar de una manera más decidida el camino de quienes escapan de la guerra.

No somos el Diablo, aunque alguna vez le vendimos el alma a los Señores de la Guerra, pero hubo un momento en el que desandamos nuestros pasos y hoy somos empleados, hermanos, amigos, vecinos, padres, tíos y abuelos. Sobrevivimos al infierno y ahora levantamos la cabeza aceptando nuestros errores, pidiendo perdón por ellos.

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(Imagen tomada de https://i0.wp.com)