Si hace cinco o diez años alguien me hubiera dicho que terminaría de defensor de Santos en alguna materia, seguro me le hubiera reído en la cara, y ese insulto no se hubiera quedado así. Ahora no es que me haya caído del caballo, ni visto la luz del camino a ningún Damasco (ni saboreado ninguna deliciosa mermelada patria). Para mí Santos sigue teniendo el apellido muy mal puesto, sin género de dudas, pero eso no me impide comprender la necesidad histórica de defender con uñas y dientes, con alma y corazón, el actual Proceso de Paz. Los amigos que antes me vieron así y ahora me ven asá no ahorran mofas y epítetos burlescos. Uno de ellos, muy católico y conservador, el otro día me tildó de “¡abogado del diablo!”.

El término “abogado del diablo” me recuerda la película de 1997 protagonizada por Al Pacino (el Diablo), Charlize Theron (de belleza diabólica) y Keanu Reeves, que allí hace de marido de Charlize y joven abogado que sucumbe frente a las tentaciones del poder y de su propia ambición. Sin embargo, el término no es reciente; su origen data de 1587, cuando el papa Sixto V instituyó en la Iglesia Católica la función de Promotor Fidelis (Promotor de la Fe). Este cargo fue rebautizado popularmente como Advocatus Diaboli (Abogado del Diablo), dado que su función consistía en oponerse a los argumentos del Abogado de Dios (Advocatus Dei), quien a su vez era el encargado de postular y defender la beatificación o canonización del aspirante a tal gloria. El Abogado del Diablo debía ser muy crítico con respecto a las virtudes del candidato, dudar de la veracidad de los milagros que se le atribuían y debatir todos los testimonios y pruebas a su favor. La función fue abolida en 1983 por Juan Pablo II, pero el término se quedará con nosotros por siempre: nunca nos faltarán santos, diablos y abogados.

Procuradores y abogados del patriarca Uribe ya hay más que suficientes en este país; muchos le rezan a diario para que resucite de entre los expresidentes, le sea devuelto su Reino y venga con su espada a salvarnos del infierno castrochavista al que Santos nos arrastra. Hasta organizan marchas sabatinas con menos gente que un velorio de campesino, y más parecen procesiones invocando el retorno del mesías. La fracasada marcha del pasado 2 de abril fue recibida en Bogotá por una lluvia que no se sabe bien si era el cielo que lloraba anticipadamente la muerte de Edgar Perea o era San Pedro negándose a aceptar semejante desfachatez. Al final no pasó nada, salvo en algunas regiones, como Córdoba y Chocó, donde el Clan Úsuga apoyó decididamente la marcha con su paro armado, mostrando con ello que aquí ha corrido mucha agua, pero que este país sigue siendo el mismo: todavía no logra lavarse la cara de tanta sangre, la cual es la que aún posibilita las peores amenazas.

El uribismo no cesa en su triste afán de desinformar. Previo a la marcha no bastó con lo de los policías chilenos de Pachito. Tampoco con el refrito amenazante de que Burger King se iba del país. No fue suficiente con el terrorismo mediático de que nos íbamos a quedar sin electricidad en la oscura y horrible noche Santista. En la esquina de mi casa cerraron un carrito de perros y me quedé esperando a que también le echaran la culpa a Juan Manuel. La máquina de falacias no para, ahora resulta que este cachaco nacido en cuna de oro es un infiltrado de las Farc, y eso es como decir que George W. Bush era un agente doble de Osama Bin Laden. Pero aquí se dice, se trina y se cree que Santos es Santiago. Y hasta que la marihuana engorda.

Juan Manuel no es Santo de mi devoción, en otro país yo sería su enemigo íntimo. Sin embargo, aquí y ahora, y por salir al fin del infierno de esta antigua y anacrónica guerra fratricida, no me resta sino defender, de buena fe y con esperanza, el proceso de negociación que está liderando su gobierno. Para los uribistas Santos es el diablo, el traidor, el que osó desafiar a su todopoderoso padre político. Mientras tanto yo, al defender el proceso de La Habana (con sus reveses y desaciertos) me he convertido, según ellos, en el abogado de Santos. No es el único sapo que me tendré que tragar: mamerto, guerrillero, terrorista, son palabras que forman parte del vocabulario habitual de muchos de quienes me quieren definir a mí y a tantos y tantos que hemos coincidido en la apuesta por la Paz. El peor legado que nos dejan estos 15 años de uribismo es la polarización. A quien no es uribista, se le acusa de ¡Santista!; y viceversa. Blancos o negros, sin grises, sin amarillos, sin azules, ni rojos, ni verdes. Si socavar las débiles e infantiles posiciones políticas del uribismo es ser el abogado del diablo, pues hoy me habré de declarar diablo viejo; eso sí, me pongo ese sambenito, pero al menos que me dejen disfrutar de las mieles de Charlize Theron.

Twitter: @jaimefgarcia, @OpinaElDiablo Facebook: Jaime Francisco García Gómez