Los planos iniciales nos muestran, a través de un travelling, una tierra árida. Mientras aparecen los créditos la cámara se detiene en la órbitas vacías de una cabeza de vaca llena de moscas, como ominosa advertencia de la miseria; luego vemos la imagen de un campesino que la observa con atención. Parece concluir que ahí solo quedan huesos, por lo que monta en su caballo mientras el plano general se abre y podemos verlo alejarse en medio de una tierra cuarteada, sin agua y sin árboles; solo algunos arbustos sobreviven. Sabemos después que en su andar el campesino encuentra a un grupo de fanáticos religiosos que, arrodillados, rinden honor a un personaje, que la voz en off que canta, llama el Beato Sebastian. Esta es la poderosa secuencia inicial de una de las famosas obras del Cinema Novo brasileño: “Dios y el diablo en la tierra del Sol”

En 1964 las Fuerzas Militares brasileñas depusieron al Presidente Joao Goulart, poniendo fin a la turbulencia política que tuvo sus raíces en el golpe de estado de 1930, el inicio del Estado Novo de Getulio, su posterior caída y la conflictiva época que siguió. En 1961 los militares habían forzado la renuncia de Janio Quadros y su sustitución por Goulart. Luego de su derrocamiento comenzó una serie de gobiernos militares que se prolongaron hasta 1985, el mismo año en el que un joven de 26 años llamado Glauber Rocha hizo su segundo largometraje, y la primera de sus grandes obras maestras: Dios y el diablo en la tierra del Sol. En su obra, Glauber Rocha buscaba dar dignidad a la figura del Cangaceiro, una especie de forajido de la árida zona del Noreste brasileño conocida como el Sertao. Imbuido por las ideas marxistas, Rocha muestra como los hechos parecen decidir el destino de los personajes. Obtuvo, sin embargo una película, que puede leerse como paráfrasis brillante de los movimientos revolucionarios y contrarrevolucionarios que se dieron en nuestra América en esos años, y que ha llegado hasta la Colombia de hoy.

Al seguir la película conocemos la historia del vaquero Manuel y su esposa Rosa, una pareja de campesinos que se ve obligada a abandonar su casa después de asesinar al terrateniente del lugar. Manuel busca un cambio, que se refleja en el diálogo: “Son tiempos malos, pero puede caer un milagro del cielo”. Buscando la figura de un salvador que los libere de la tiranía de los latifundistas, se unen a la comitiva del Beato Sebastián. Su revolución es pretendidamente pacífica y pretende conseguir las tierras del Sertão para sus fieles seguidores del pueblo; en forma poética promete que “el Mar será desierto y el desierto Mar.” Sin embargo, nada es gratuito, el acceso a la Tierra Prometida implica saqueos, muertes, penitencias y sacrificios, incluido el del hijo de Rosa y Manuel.

Sebastián puede verse como el retrato de muchos líderes que en su momento consideraron injusto el sistema social imperante. Todos aquellos que nuestro continente tomaron las armas para hacer una sociedad más justa, tienen mucho del Beato Sebastián: la violencia, el mesianismo cuasi religioso que llenó a nuestros países de héroes laicos con un trasfondo religioso. Soñaban con una sociedad igualitaria y tenían nombres como Camilo, Manuel Pérez, Domingo Lain, el Elegido o el Che. En nombre de una sociedad más equitativa se cometieron excesos que tenían una justificación: era el precio necesario para obtener el mundo nuevo. “Necesidad histórica” se llamó a lo que simplemente era una forma de absolver el crimen. Para algunos, llevaban el mensaje de Dios; para otros eran tenebrosos mensajeros de muerte, el Diablo en la tierra. Los excesos, la sevicia de los crímenes del Beato Sebastián, pueden ser vistos como una representación de un grupo de fanáticos sumergidos en el sueño de una América mas justa que solo representó un baño de sangre en nuestra sociedad. Algunos lo hicieron por unas pocas vacas y gallinas; pero como Sebastián, con el tiempo quisieron más, hasta que solo la muerte pudo frenar su voracidad. Hoy se olvidan sus excesos y queda su sueño. Dios y Diablo a la vez, por estas tierras.

Hubo gente que se opuso a esos excesos. De la misma forma que en Colombia lo hicieron las mujeres, Rosa se niega a participar en la fiebre mística colectiva y acaba asesinando al beato para recuperar a su fanatizado marido. Dejan este camino religioso, pero sus sueños de vivir mejor, más allá de lo que les ofrece la sociedad, vuelven a aflorar. Sus caminos se cruzan de nuevo con otro salvador de las gentes, un cangaceiro llamado Corisco que, como el difunto beato Sebastián, también se enfrenta a la injusticia y a la pobreza que imponen los ricos sobre los desposeidos. Sin embargo, los métodos del bandolero son sanguinarios y crueles, y se alejan de la vía religiosa que en un principio seguía Manuel. Su brutalidad casi infantil parece parodiar los juicios revolucionarios que en los 70 desangraron a Colombia, gente que soñó una revolución y que fue devorada por ella. Corisco impone orden entre sus hombres, ejecutando a quienes dudan o discuten su liderazgo. No es posible evitar la comparación con las ejecuciones hechas por la guerrilla a sus popios miembros, entre las cuales tienen una resonancia siniestra nombres como Fabio Vásquez Castaño o Hernando Pizarro LeonGomez.

En la película vemos cómo luego aparece el Paramilitarismo. Los asaltos a iglesias y haciendas ponen en guardia al clero y al gobierno, quienes, para solucionar el problema del bandolerismo, envían a un mercenario especialista en la búsqueda y muerte de cangaceiros; su nombre es Antonio das Mortes. Sin embargo, este personaje, tras su larga trayectoria como matador, está ahora plagado de dudas y contradicciones. Con todo, acepta el dinero que le ofrecen y se enfrenta a Corisco, el último representante del Cangaço (modo de vida de los bandidos) después del asesinato del bandolero más mítico que ha existido: Lampião. Antônio vence y pone fin a la vida de Corisco, cosa que implica una nueva victoria para la injusticia social que se imparte en las tierras del noreste de Brasil, azotadas por ese sol abrasador que impera en el relato. No parece haber respuesta a la inequidad, ni sueños cumplidos de un mundo mejor al final de la película. Los pasos del demonio en la tierra.

Este breve resumen se queda corto en la calidad visual y la complejidad de la estructura del relato que mezcla la naración cinematográfica con los trovadores de la edad media. Los símbolos religiosos son también símbolos políticos. Influenciado por la ideología marxista imperante, Rocha hace una brutal denuncia de las condiciones de vida de los campesinos, la opresión de los terratenientes y el apoyo de la Iglesia al statu quo. Es cine puro, con fuertes influencias de Sergei Eisenstein y el Neorrealismo italiano. Cine que detrás de los parajes salvajes encierra una ácida crítica social y política hacia los estamentos gobernantes en América Latina y hacia nuestra tendencia.

Las fuertes imágenes del relato, de algo menos de dos horas, describen una realidad intemporal de Brasil, pero también de América Latina. El campesino Manuel es también una metáfora de los sin tierra colombianos, a merced de las fuerzas existentes en nuestra sociedad. Por un lado, los llamados “Salvadores”, quienes como auténticos fanáticos imponen la dominación sobre sus seguidores. Como Corisco, quien puede ser visto como un brillante líder guerrillero, cuya causa de justicia deviene en brutalidad y asesinato a la manera de guerrilleros como Tirofijo, o Fabio Vásquez Castaño. Asimismo, un personaje como Antonio Das Mortes puede ser visto como un representante de los Paramilitares, al servicio de fuerzas oscuras, que pese a estar lleno de dudas, no parece detenerse. Una mezcla de Dios y el Diablo en esta tierra de calor interminable que no parece alcanzar para todos. Un mundo de salvadores y soñadores en esta tierra, diablos y dioses, que solo al final crean monstruos, parece decirnos al final el autor. Con sus máscaras, aún caminan por esta tierra.

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