No somos el país más feliz del mundo. Todo lo contrario, Colombia es un infierno. Vivir aquí es una aventura peligrosa y desagradable. La postración de la salud, la impunidad rampante producto de una justicia inoperante, la criminal inequidad, la proliferación de carteles de todo tipo, la corrupción generalizada y una interminable guerra fratricida sustentan esa realidad. Es un infierno, repito, lo cual hace que me pregunte constantemente quién ejerce aquí la función del Diablo. Trataré de dar, pues, en este artículo, con el Satanás colombiano. Con el 'opositor’ por excelencia (que es el significado hebreo de la palabra).

¿Y qué adversarios más perfectos podrían haber sino los guerrilleros, unos tipos sin duda perversos que llevan más de 50 años echando bala en el monte? No existiría discusión en ese sentido, de no ser porque se supone que esa fuerza maligna tendría que encontrar una contraparte bondadosa en su enfrentado: el Estado colombiano. Pero sucede que éste último ha resultado todavía más pérfido y siniestro que su contraparte; al igual que su supuesta antítesis, también ha asesinado, secuestrado y desaparecido personas a través de sus fuerzas de seguridad, y, al igual que su pretendido Satán, ha extorsionado y robado valiéndose de unos agobiantes recaudos de impuestos que terminan desapareciendo por arte de birlibirloque. Pero además ha dejado morir niños de hambre, ancianos por desatención médica, jóvenes a manos de la delincuencia, aparte de un largo etcétera de infamias que no cabrían aquí. Entonces no, la guerrilla no es el adversario, como se creería a primera vista.

Quizás entonces ese adversario maligno, ese Belial que llamaban los judíos, sea la droga, a la que solemos atribuirle el origen de todos nuestros males contemporáneos. Esos males llegan a nosotros a través de los Mefistófeles de aquella: los narcotraficantes, que son los encargados de comprar almas de colombianos de cualquier extracción social. Pero tampoco; la droga por sí misma no implica nada malo. Lo malo es la prohibición de ésta, gracias a la cual se produce ese estiércol del Diablo, que es el dinero, en cantidades industriales y -por eso mismo- corruptoras. Eso sin mencionar que, según Goethe, Mefistófeles era el prototipo de la elegancia y la sofisticación, cosa bastante alejada de la corronchísima ramplonería que caracteriza a los narcotraficantes colombianos. De modo que tampoco es la droga la respuesta.

Y si el problema -como dije- es la prohibición, ¿no hallaré entonces la respuesta que busco en su principal promotor, o sea Estados Unidos? Tiene sentido. Estados Unidos se equipara a la Bestia del Nuevo Testamento, que según el experto en la materia, Isaac Asimov, era Roma, la potencia de entonces. Cito el Apocalipsis: "Vi cómo salía del mar una bestia, que tenía diez cuernos y siete cabezas…y sobre las cabezas nombres de blasfemia". Asimov especula que esos nombres corresponden a los emperadores romanos, a quienes los primeros cristianos les negaban la obligatoria adoración. La falla es que aquí en Colombia no sólo no nos negamos a plegarnos a lo que digan esa especie de emperadores modernos que son los presidentes gringos, sino que ni siquiera nos avergüenza adorar a todo lo que huela a americano. Por lo tanto tampoco cuadra esto.

Puesto que no logro identificar a esa entidad malévola con entes abstractos, intentaré hacerlo con una persona concreta. Teniendo en cuenta que ya he hablado del 'Diablo', y que esa expresión procede de la voz latina 'Diavolo' (calumniador, que se interpone), estoy seguro de que ya algunos hicieron la asociación mental automática y pensaron en un falso mesías, en un anticristo que con sus falacias y mentiras de Tuiter obstaculiza la paz de este país. Pero no. Se supone que el Diablo es un personaje sabio, y mal podría ser sabio alguien a quien principalmente siguen rebaños de borregos y bandadas de loros amaestrados que sólo repiten lo que él dice. De hecho, ese falso mesías, más que al Diablo, se parece al Jehová del Antiguo Testamento, un ser energúmeno e irascible que incita al genocidio y a la guerra.

No me queda más que pasar a Lucifer, al rebelde, al Ángel Caído, al que llevado por la vanidad se rebeló contra su Dios y se negó a servirlo ("Non serviam"). Ese sujeto correspondería en Colombia a Juan Manuel Santos, quien no quiso ser una marioneta del divinizado Álvaro Uribe, como éste lo pretendía, y se le rebeló. Sí, hablo del mismo que, en su infinita vanidad, ha soñado y sigue soñando con ganar el Premio Nobel de la Paz a toda costa. Pero Lucifer (Luzbel: luz bella) era bellísimo, de ahí su arrogancia y su vanidad, mientras que difícilmente se encuentra un ser humano más feo que Santos. Nada por ahí tampoco.

No es, entonces, el Leviatán de las Farc ('la culebra'). No es tampoco el Belcebú de Uribe, ni su amenazante demonio del castrochavismo, que nunca llega. No es el dragón de Estados Unidos. Tampoco es el vanidoso de Santos. Tal vez lo que ocurre es que no ha habido nunca en este caos monumental una figura opositora contra la cual luchar, porque todo el mundo aquí parece tirar para su lado.

Tal vez lo que pasa es que Colombia no es otra cosa que un infierno de pacotilla, que ni siquiera da para tener su propio Diablo.

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