La culpa la tuvo Eva. Mujer díscola y traviesa, desobediente y sonsacadora, necia y curiosa, provocadora, transgresora. Una mala influencia. ¿Habrá alguien más responsable que ella por el mundo tan violento, tan caótico, tan mezquino en el que vivimos?

No lo creo. Ni siquiera la astuta y rastrera serpiente. Ni siquiera el tonto de Adán que por pendejo le hizo caso. Su bobera lo exime. No nos engañemos, la falta entera, toda, recayó y sigue recayendo en Eva. ¿Para qué justificarla, para qué exonerarla? Adán simplemente siguió los pasos de su mujer cual borrego. Fue ella, su costilla imprudente, quien lo tentó, quien lo indujo a desobedecer a Dios, quien lo llevó a cometer el pecado original que le costó a la humanidad la expulsión del Paraíso.

Fue ella quien desoyó las órdenes del Creador. Ella, a quien Dios en su infinita bondad y misericordia hizo a partir de un insignificante hueso para que el hombre no estuviese tan solito, tuvo la osadía de burlarlo, de cometer la infracción terrible cuyo precio fue perder para siempre privilegios que jamás recuperaremos. No le bastó con tener el mundo a sus pies, no se conformó con gozar de todo menos de esa sola cosa negada a los hombres; aspiró a más, a llevarse a la boca lo único que no podía comer del Jardín del Edén. ¡Qué golosa, qué antojada!

Y no contenta con eso, con saciar su propia curiosidad, le dio de aquel fruto a su marido, provocación que desató la hecatombe y condenó a todos los seres humanos que descendemos de ellos dos, a una vida llena de dificultades, de enfermedades, de muerte, de vergüenza hasta por algo tan inofensivo como la desnudez propia. Por ella las mujeres llevamos la peor parte de la reprimenda. Todas las que nacimos luego de ese episodio nefasto y que no tuvimos la suerte de venir a este mundo equipadas con dos testículos y una verga, fuimos sentenciadas a parir hijos con mucho dolor -como si nos estuviésemos partiendo en dos-, a someternos al dominio de los hombres, y a no desear más que a nuestros maridos. Eso, por lo menos, es lo que dicen Las Sagradas Escrituras. Al traste con la vida eterna y con la dicha de vivir empelota; y todo porque a Eva se le hizo agua la boca deseando lo ajeno, lo prohibido. Tanta desgracia junta simplemente porque la muy cretina necesitaba descubrir a qué sabía esa manzana que nunca antes había probado, ese fruto al que no podía ni debía darle ni un mordisco. ¡Ay, Eva, tú y tus antojos nos jodieron a todos, pero más, mucho más, a las mujeres!

Para cristianos, judíos y musulmanes, la historia de la primera mujer sobre la faz de La Tierra es la misma, la que nos enseñan a todos desde chiquitos en los colegios y en las casas con láminas de colores, como quien cuenta un cuento inofensivo. Un hombre y una mujer semidesnudos, hojitas de parra tapando las partes pudendas, un señor de barbas blancas furioso, una serpiente cizañera, una manzana, un árbol, un desacato, un castigo. La misma historia repetida miles de millones de veces aquí y allá y más allá. La misma historia machista que arrastramos en el subconsciente como un yunque pesado que no nos suelta, un lastre del que no terminamos de desprendernos.

Cuando La Biblia empezó a escribirse, casi un milenio antes de Cristo, la realidad de la mujer era esa, la que podemos leer en pasajes terribles del Antiguo Testamento consignada ahí por escribas, todos hombres, elegidos por Dios. Esas creencias religiosas incontrovertibles, esas “verdades” de a puño, nos mantuvieron por miles de años relegadas a un segundo plano, a la cocina, al patio de las casas, al salón de costura, a estar siempre preñadas, a no musitar palabra, a no opinar, pues éramos consideradas seres inferiores y poco virtuosos, seres peligrosos que debían ser sometidos, castigados, apedreados. Seres sucios e impuros, destinados a aprender del hombre en silencio y en plena sumisión, no a enseñarle, pues por ello creó Dios primero a Adán y no al revés. En La Biblia se encuentran toda clase de perlas que demuestran que para los hombres, e inclusive, para las mujeres criadas bajo esos preceptos, nosotras, las que tenemos vagina, llevamos siglos siendo el coco, el diablo perverso al que es mejor cortarle las alas. Tan es así, que tuvieron que inventarse hasta a un Dios misógino para convencer al mundo de la malignidad de lo femenino y de la necesidad de mantener los alcances de las mujeres a raya.

Aún hoy se siguen apedreando mujeres por adúlteras o porque sus maridos descubrieron que no eran vírgenes al momento del matrimonio o porque no llevan cubiertas sus cabezas. Y todo porque eso es lo que ordenan escrituras escritas hace miles de años. Aún hoy se sigue creyendo que cuando a una mujer la mata su pareja, lo hace por amor. Aún hoy, cuando las leyes han avanzado tanto y no van ya de la mano de ninguna creencia religiosa, se justifica eso, que nuestros maridos dispongan hasta de nuestras vidas escudándose ahí, en nada más y nada menos que en lo mucho que nos quieren y en lo poco que soportan perdernos. Es algo tan común, tan normal, que no nos inmutamos al leer periódicos con titulares del tipo: “El amor la mató”. ¿Cómo extrañarnos de semejante despropósito si la mayor parte del mundo cree en religiones que se basan en un libro según el cual el castigo para el hombre violador es casarse con la mujer violada?

Hoy, año 2016, a inicios del siglo XXI, ¿cuántos aún siguen creyendo que mientras el hombre es la imagen y gloria de Dios pues procede de Él, la mujer le pertenece al hombre pues fue hecha a partir del hombre, no de Dios? La respuesta es tan perturbadora como el número de creyentes en el mundo entero que siguen a rajatabla todas y cada una de las enseñanzas bíblicas y no ponen en duda nada de lo transmitido generación tras generación por sus iglesias. Iglesias todas lideradas por hombres, nunca por mujeres. En la Iglesia Católica, culto mayoritario en nuestro país, los curas tienen prohibido casarse (y no precisamente porque estén casados con Dios), las mujeres no pueden ser curas (evidentemente porque para esa religión la única mujer virtuosa quedó embarazada por obra y gracia del Espíritu Santo y ascendió virgen a los cielos), y el Papa, que es la mayor autoridad eclesiástica, no puede ser mujer (tampoco quienes lo eligen). Eso sin contar que para los creyentes más radicales, los que siguen al pie de la letra lo que dice la Iglesia, no somos dueñas ni de nuestros cuerpos ni de nuestros destinos, pues hasta la planificación familiar es pecado. Lo correcto es llenarse de hijos. ¿Abortar? ¡Ni aunque el embarazo sea producto de una violacion! Eso es para diablas asesinas.

Cuando en 1954 -y gracias enteramente a la lucha del presidente Rojas Pinilla y a un grupo de mujeres que no desistieron hasta ser escuchadas- se nos otorgó el derecho al voto, a ser elegidas y a ocupar cargos públicos, y comenzamos a ser consideradas por fin ciudadanas en Colombia, con derechos políticos iguales a los de los hombres; mucha gente protestó igualito como lo hacen ahora por la aprobación del matrimonio igualitario porque, con Biblia en mano, aseguraban que el voto femenino y la intervención de la mujer en la política no sólo podía destruir los hogares y romper la paz de las familias colombianas, sino que además era peligroso otorgarle ese “privilegio” a personas sin las debidas capacidades intelectuales o académicas, a brutas. ‘El Catolicismo’, periódico oficial de la curia, dirigido por el sacerdote Mario Rebollo, se opuso al voto femenino con uñas y dientes: las mujeres en las casas y en las cocinas, no en las urnas, mucho menos en las instituciones. Ese era el panorama en el que crecieron nuestras abuelas y nuestras madres hace nada.

Llevamos entonces muy poco tiempo luchando por convencer a los hombres y hasta a nosotras mismas (porque en este país las mujeres somos tan machistas como los hombres y en algunas ocasiones hasta más machistas que ellos) de que no es como Santo Tomás de Aquino creía: las mujeres no somos un error de la naturaleza, no venimos de un esperma en mal estado. Tampoco es como Martín Lutero pensaba: los hombres no tienen hombros anchos y caderas estrechas porque estén dotados de inteligencia, y las mujeres no tenemos caderas anchas y hombros estrechos porque seamos brutas y mucho menos porque hayamos sido hechas sólo para tener hijos y quedarnos en casa. ¿Tenía San Agustín razón al afirmar que no hay nada tan poderoso para envilecer el espíritu de un hombre que las caricias de una mujer? Claro que no la tenía.

O tal vez sí hayan estado en lo correcto todos esos sabios y santos por tantos milenios, tal vez sea cierto que somos unas diablas que toca tener enjauladas de alguna manera. Tal vez se justifique el miedo enorme que nos han tenido desde siempre y que no dejan de tenernos. Tal vez por eso, en estos tiempos de supuesta igualdad de derechos, no nos pagan lo mismo que a los hombres por realizar el mismo trabajo que ellos (a pesar de estar igual de capacitadas), para tenernos controladitas, así sea privilegiando a los maridos con mejores salarios que los de sus mujeres para que sean ellos quienes sigan detentando el poder económico en la mayoría de hogares.

Las evidencias, sin embargo, demuestran que la lucha por la equidad es imparable. La brecha salarial se cerrará tarde o temprano. Ya somos más mujeres en las universidades que hombres en las aulas. Y cada vez vemos con mayor frecuencia a mujeres tan o más "exitosas" laboralmente que sus maridos. Mujeres proveedoras que hasta "mantienen a sus esposos". Y todo eso ha sido posible porque somos muchas, millones, las que nos hemos empoderado en las últimas décadas, las que estamos criando a nuestras hijas y nietas y sobrinas sin tanta telaraña en la cabeza, somos muchas las que dejamos de tragarnos el cuentico patético de Adán y Eva, las que luchamos a diario para dejar atrás los prejuicios y talanqueras y obstáculos que no nos dejaban avanzar, las que ya no nos sentimos culpables ni pecadoras ni nos creemos inferiores ni nos avergonzamos por menstruar una vez al mes o por antojarnos de lo que no nos pertenece; ya nos permitimos aspirar a más, a tenerlo todo. Así que ahora son otros quienes corren peligro de quedar enculebrados como nos enculebraron a nosotras por tantos años con el mito de la serpiente y el pecado original. Porque aunque sí hay una culebra en todo este meollo, no es la del Edén, es la deuda altísima que la humanidad tiene con nosotras y que aún no termina de pagar.

Y, mal que bien, ya no tememos cobrar ni pedimos perdón por antojarnos.

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