Me has mentido. Me convenciste de que soy tuyo y solo tuyo; de que soy un ser ruin, infectado, lujurioso, criminal. Jugaste con mi ingenuidad de criatura falible. Me usaste todo este tiempo. Aborrecí mi rostro en el espejo y me esmeré en apartarme de la maldad que cargo desde mi nacimiento. Me avergoncé de mis apetitos, de mis ínfulas, de mi ambición. Me obligué a postergar mi pereza y mis fornicaciones para las horas altas, a escondidas, a salvo incluso de las miradas de mis cómplices. Deshonré a mis enemigos con perdones falsos y me fui quedando sin adversarios, solo en medio de los amores fastidiosos e hipócritas.

Mientras omitías lo sustancial acerca de nosotros, de ti y de mí, ibas consolidando tu embustera imagen de ser solícito e incondicional, 24/7 de pura presencia divina a mi servicio, susurro al oído en las mañanas, sosiego en el cansancio de las noches, promesas de regalos, belleza y eternidades. Patrañas. Seducción calculada para ablandar mi voluntad y jugar a tu antojo con mis días, cosiendo en mis palmas y en mis plantas tus infames hilos de titiritero. Cuántas veces me arrimaste al borde del abismo sin dejarme caer. Y luego el reclamo, la cuenta de cobro, la exigencia de obediencia y lealtad, la obligación del rito, y de nuevo la amenaza del abismo en medio de las pesadillas.

Me fui quedando con una sola de mis mitades, incompleto como una moneda de una cara, asumiendo mi castración con la resignación de los condenados felices. ¿Qué más iba a hacer? Si tú eras mi confortador, mi esperanza, mi amigo. Y me fallaste. Me hiciste crecer deforme, asimétrico, desequilibrado. Por tu culpa ahora soy un tullido del alma.

Y te ensañaste. Me lanzaste a este otro abismo. A este país repleto de algunos de tus servidores más aventajados. No quiero ser como ellos. Me insultan sus disfraces de patriotas. Me agobian sus instigaciones, sus perversidades, sus hogueras con libros y con gente que se chamusca.

Y luego callaste. Cuando ya no pude volver sobre mis pasos para encontrar la mitad que me habías robado, me dejaste solo con las preguntas a medio hacer, aventurando monólogos inútiles, ensayando la risa inútil, arrastrando mis pasos de hombre renunciado, lúgubre, lateral, como las casas de los barrios viejos.

¿Dónde están tus ejércitos? ¿Para qué han servido tus palabras, tus monumentos, tus prohibiciones, tus trompetas, tus juramentos, tus espadas? ¿Para qué necesitas a un súbdito inconcluso, cojeando sus represiones, alejado del calor de la pasión, de la carne, de los temblores de la vida? ¿Por qué me has negado la aventura de ejercer lo que has hecho de mí? Siento envidia de los otros, de quienes lograron rebelarse, de los que me acechan en los callejones para hacerme daño. Al menos no están ciegos y expiarán sus culpas sin las sorpresas de los idiotas.

Dios mío, Dios de Abraham y de Moisés, de Elías y de David, de Cristo y de Pablo; Dios de las espadas de los cruzados y sus masacres, de las piras de los inquisidores y sus masacres, de los conquistadores y sus masacres; Dios de los traficantes de esclavos, de los cazadores de negros, crueles y encapuchados; Dios de los sacerdotes que ocultan erecciones debajo de las sotanas; Dios del nuevo imperio, bombardeando ciudades indefensas; Dios de la voracidad y de la barbarie y de la sangre de los infieles; Dios de mis mayores, de mi estirpe, de la tradición que no puedo quitarme de las espaldas. ¿Por qué no me dijiste nunca que eras también El Diablo?

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