Por John William Archbold

A finales del siglo XIX fue inaugurado en el barrio Montmartre de París un lugar que bien podría considerarse el ancestro de los restaurantes temáticos contemporáneos: El Café Infierno, un sombrío rincón de la Ciudad Luz, que parecía rendir homenaje a aquella esquina de la conciencia que acorralaba los impulsos a través del temor. Desde la excéntrica decoración hasta el “Pase y sea maldito” con que solía saludar el maître, sin olvidar los nombres bizarros que se le adjudicaba a los licores y el demoniaco uniforme de los camareros. Todo parecía extraído de la página más sádica de La Divina Comedia de Alighieri. Era el lugar favorito de filósofos testarudos y artistas apóstatas, que disfrutaban de un trozo del Gehena ardiendo muy lejos de las murallas de Jerusalén.

Etimológicamente, Satanás significa ‘resistidor’. La Biblia nos deja claro que El Diablo no es otra cosa que un revolucionario que se rehusó a cumplir la voluntad del Altísimo. Por eso se me hace imposible creer que sea el encargado de castigar a quienes siguen su mal ejemplo. Resulta absurdo pensar que la finalidad de su sedición sea la de convertirse en el lacayo que recoge e incinera la basura que desecha El Creador. No, esa debe ser otra mentira del dogma cristiano.

El Infierno es muy seguramente un lugar atractivo, donde fluyen ríos de Vodka que refrescan fiestas electrónicas permanentes. Debe estar lleno de rameras que aman su trabajo y ofrecen servicios completos a cambio de módicas sumas. Probablemente tenga docenas de auditorios en los que se presentan constantes conversatorios con los mejores escritores de la literatura universal. En alguno de ellos Hemingway y Virginia Woolf discuten con Ciorán sobre el carácter filosófico del suicidio, al tiempo que Sócrates, Aristóteles y Platón sostienen una disputa acalorada con Camus, Satre y Nietzsche.

Pero no todo debe ser una delicia; imagino que los tormentos se imparten cada fin de semana, ante la incertidumbre entre ir a ver la nueva Obra de Shakespeare, protagonizada por Marilyn Monroe o el musical que estrena Wilde, estelarizado por Frank Sinatra, sin mencionar las exposiciones en las que Da Vinci alternará con Miguel Angel, Renoir y Klimt (Van Gogh lamentablemente no estaría invitado porque se encontraría en terapia intensiva con el Dr. Freud).

El evento del mes sin duda alguna es el concierto de Freddie Mercury y Michael Jackson, cuyo telón se abre con un dueto entre Janis Joplin y Amy Winehouse. Es necesario ahorrar dinero; desde ya se venden las boletas para el concierto de Cerati y se da inicio a la preventa del reencuentro de The Beatles y The Rolling Stones en un mismo espectáculo para dentro de veinte años. Aunque, no hay que preocuparse demasiado por el peso de la billetera: Aristóteles Onassis siempre está presto a dar buenos consejos sobre finanzas.

Como no todo puede ser perfecto, Galileo Galilei y Nicolás Copérnico, quienes estuvieron presentes en el infierno durante varios siglos, fueron reclamados en extradición desde la Embajada de las Alturas cuando a Juan Pablo II se le ocurrió la brillante idea de admitir el error de la iglesia medieval al condenarlos. Por cierto, ese señor no está por allá, pero sí varios de sus antecesores. De hecho el papa Alejandro VI se ha hecho muy amigo del Marqués de Saade. Ambos parecen muy interesados en los Sex Shops; en especial tienen una predilección por los látigos de cuero. Se rumora que hay algo raro entre ellos… vaya uno a saber.

Si esa es la idea que Dios tiene del tormento eterno por fin podré comprender de qué se trata el amor que predican sus fieles. Así que le solicito encarecidamente que no dispense la redención de mis pecados, sino que me inscriba con letra indeleble en el libro de las almas perdidas.

No sé ustedes, pero yo voy pa´esa...

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