No habría que explicarlo, porque al hacerlo se corre el riesgo de legitimar el juego de los antagonismos de género, cuya regla principal es que los participantes masculinos deben callar sus críticas para que éstas no se interpreten como una afrenta a las representantes de un grupo oprimido, o quizás, como ocurre con frecuencia, someterse a la dictadura de la aclaración entre paréntesis, en la cual el criticador jura por todos los dioses que no es un machista, un misógino, un maltratador de mujeres.

No habría que explicarlo, pero parece que se ha vuelto una costumbre que un hombre deba pedir permiso para discrepar de la opinión de una mujer, e incluso, que esté obligado a disculparse por su disenso, aún cuando no se derive de lo que él y su contendiente tengan entre las piernas. Quizás se trate de un daño colateral de la cruenta batalla por la igualdad que las voceras de las causas feministas vienen librando, con razón, hace tiempo.

No habría que explicarlo, pero lo explico: mi profunda animosidad, personal e intelectual, por la doctora Carolina Sanín, no guarda relación alguna con el hecho de que ella sea una mujer.

Sé que ella pensará lo contrario. Así se lo dirá a ella misma frente al espejo; así se lo hará saber a sus pocos amigos, a sus decenas de discípulos y al puñado de seguidores que compran sus libros, devoran sus columnas y la siguen en las redes sociales. Será una más de las muchas muestras de su incapacidad para aceptar que los demás, los mortales que no alcanzan su extraordinario nivel, se atrevan a tener un parecer distinto del suyo. Será una cortina de humo, expelida en medio de confusas acusaciones de sexismo e intolerancia, para camuflar su vacuidad, su intransigencia y su soberbia.

He visto a la doctora Carolina descalificar a sus contradictores, asumiendo su derecho a meterlos en el costal de los estúpidos, de los inmorales, de los incapaces; la he visto ejercer su talante de caprichosa chillona de jardín infantil, bloqueando amigos virtuales que le dicen verdades en la cara. También he leído sus oprobiosas respuestas públicas. A los aficionados a los toros les dice: “…vayan a que se los coma un travesti bien vergón…”; a alguien que consideró “flojo” uno de sus videos de Youtube le pregunta con ingenio: “¿Flojo como el esfínter de su mamá, o menos?”; no sé bien si refiriéndose a unas elecciones o a un partido de fútbol, anuncia con inusitada ironía: “Va ganando Ano firme, comezón en el glande”. Además de lo, por decirlo de alguna manera, poco elegantes que resultan sus imprecaciones, llama la atención su obsesión por los culos humanos; en esta reiteración enfermiza por los esfínteres, los anos y la sodomía, podría tal vez encontrarse alguna explicación al odio que siente la doctora por el mundo.

Uno podría excusar esta exhibición de malas maneras si la doctora fuera una representante adelantada de la literatura que dice cultivar, una escritora original y profunda, un genio o una genio o una genia. Pero no. Sus intentos de ficción son amasijos de párrafos predecibles, escritos a media lengua; sus columnas divagan en medio de esfuerzos desaforados por parecer erudita e interesante; y bueno, ya hemos visto los ejemplos de sus publicaciones en Facebook, ese basurero de la cultura en el que a veces ocurren los milagros de la sensatez. Así que no se la puede eximir de su falta de argumentos y de maneras porque ella no es un paradigma de las letras universales, ni de la filosofía occidental, ni de ninguna cosa; porque no está al mismo nivel de Sor Juana Inés de la Cruz, ni de Virginia Woolf, ni de Marguerite Yourcenar, ni de ninguna escritora importante, como nos quiere hacer creer, aullando que le han editado siete libros, que estudió en Los Andes, que hizo un PhD en Yale, que enseñó literatura en Estados Unidos, que le publican sus textos insufribles en revistas y periódicos de cierta envergadura, como si todos los diplomas del mundo, colgados en una pared, tuvieran el poder de convertir a su dueño en una voz autorizada, en un icono del arte, en un referente del pensamiento, en un orientador de la opinión pública.

La doctora Carolina no es ninguna de esas cosas. Y ahora resulta que quienes, especialmente los hombres, no podemos estar de acuerdo con sus tesis y con sus burdas maneras de exponerlas, somos, no unos contradictores legítimos, sino una caterva de trogloditas que odiamos a las mujeres, que la odiamos a ella porque lo es.

La señora (creo que no es doctora en nada) Yolanda Reyes, ha usado su espacio en el periódico El Tiempo para alimentar esa teoría. Ha dicho, a propósito de un lamentable episodio ocurrido en un evento de la Feria del Libro, que a Carolina Sanín se la ataca por su condición de mujer emancipada; que el prejuicio masculino ha querido silenciarla, banalizar sus posturas; que los medios de comunicación no se burlarían de la seriedad de una académica rigurosa y una escritora brillante como la doctora, si fuera un hombre. Según Marianne Ponsford, otra de nuestras intelectuales, esta columna de Reyes, hiperbólica y falaz, merece sin duda alguna, el Premio Simón Bolívar de periodismo.

No, Yolanda. No es por ser mujer que algunos estamos en desacuerdo con la doctora Carolina. No es por su defensa de las causas feministas o animalistas. Es por su alarde injustificado, por la innecesaria soberbia de sus exposiciones públicas, por la mediocridad de sus argumentaciones y por su insoportable falta de respeto por los demás.

No, Marianne. No es por ser mujer que la columna de Reyes no merece el Premio Simón Bolívar, ni ningún premio de periodismo. Es porque es un texto liviano en su lenguaje y pueril en su pretensión militante. Reconozco, eso sí, que esta columna tampoco se ganará ningún premio. En eso somos iguales Yolanda y yo.

No, doctora Carolina. No es por ser mujer que no la considero un faro, ni un ejemplo, ni un paradigma. Ya expliqué las razones, aunque no tenía que hacerlo.

Colombia es un país miserable que se ha ensañado con las mujeres, que las ha humillado, que ha querido volver invisibles sus reclamos, que ha ignorado sus llamados de auxilio, que les ha cobrado con sangre y lágrimas sus aspiraciones de igualdad; y existen miles de ellas, trabajadoras, madres, intelectuales, periodistas, artistas, víctimas de todas las violencias, que no se merecen a una portavoz tan limitada, incivil y pendenciera como usted, doctora Carolina. Porque esa vocería suya, que muchas de ellas no han pedido, vulgariza su causa, sus conquistas y su sueño de que nadie nunca vuelva a jugar con su dignidad.

Así como no basta con tener la pared repleta de diplomas para ser un intelectual, tampoco es suficiente ser mujer para hablar a favor de las mujeres.

Twitter: @desdeelfrio, @OpinaElDiablo Facebook: Jorge Muñoz Cepeda

(Imagen tomada de http://images.et.eltiempo.digital/)